Era como si la cercanía de esos dos jóvenes, hubiera devuelto a don Anselmo el gusto de la vida. Ya nadie lo encontraba durmiendo a pierna suelta en la arena, ya no andaba como los sonámbulos, y hasta su odio contra los gallinazos disminuyó. Siempre iban juntos los tres, el viejo entre el Joven y Bolas, abrazados como churres. Don Anselmo parecía menos sucio, menos harapiento. Un día los mangaches lo vieron estrenar un pantalón blanco, y creyeron que era regalo de Juana Baura, o de alguno de esos viejos principales que al encontrarlo en una chichería lo abrazaban y le invitaban un trago, pero había sido un obsequio de Bolas y el Joven por la Navidad.
Fue por esa época que Angélica Mercedes contrató a la orquesta de manera formal. Bolas se había conseguido un tambor y unos platillos, los manejaba con habilidad y era incansable: cuando el joven y el arpista abandonaban el rincón para mojarse los labios y entonar el cuerpo, Bolas seguía, ejecutaba solos. Tal vez fuera el menos inspirado de los tres, pero era el más alegre, el único que se permitía de cuando en cuando una canción de humor.
De noche tocaban donde Angélica Mercedes, de mañana dormían, almorzaban juntos en casa de Patrocinio Naya y allí ensayaban en las tardes. En el ardiente verano se iban río arriba, hacia el Chipe, se bañaban y discutían las nuevas composiciones del Joven. Se habían ganado el corazón de todos, los mangaches los tuteaban y ellos tuteaban a grandes y chicos. Y cuando la Santos, comadrona y abortera, se casó con un municipal, la orquesta vino a la fiesta, tocó gratis y el Joven Alejandro estrenó un vals pesimista sobre el matrimonio, que ofende al amor, lo seca y quema. Y, desde entonces, en cada bautizo, confirmación, velorio o noviazgo mangache, la orquesta tocaba infaliblemente y de balde. Pero los mangaches les correspondían con regalitos, invitaciones, y algunas mujeres llamaron a sus hijos Anselmo, Alejandro, hasta Bolas. La fama de la orquesta se consolidó y esos que se llamaban inconquistables la propagaron por la ciudad. A casa de Angélica Mercedes acudían principales, forasteros y, una tarde, los inconquistables trajeron a la Mangachería a un blanco vestido de chasqui, que quería dar una serenata. Vino a buscar a la orquesta de noche, en una camioneta que levantó polvo. Pero a la media hora regresaron los inconquistables, solos: «El padre de la muchacha se calentó, llamó a los cachacos, se los han llevado a la comisaría». Los tuvieron presos una noche y, a la mañana siguiente, don Anselmo, el joven y Bolas volvieron contentos; habían tocado para los guardias y éstos les invitaron café y cigarrillos. Y, poco después, ese mismo blanco se robó a la muchacha de la serenata, y cuando regresó con ella para el matrimonio, contrató a la orquesta para tocar en la boda. De todas las chozas venían mangaches donde Patrocinio Naya, para que don Anselmo, el Joven y Bolas pudieran ir bien vestidos. Unos prestaban zapatos, otros camisas, los inconquistables proporcionaron trajes y corbatas. Desde entonces fue costumbre que los blancos contrataran a la orquesta para sus fiestas y sus serenatas. Muchos conjuntos mangaches se deshacían y rehacían luego con nuevos miembros, pero éste siguió siendo el mismo, no creció ni disminuyó, y don Anselmo tenía blancos los pelos, curva la espalda, arrastraba los pies, y el joven había dejado de serlo, pero su amistad y su sociedad se conservaban intactas.
Años después murió Domitila Yara, la santera que vivía frente a la chichería de Angélica Mercedes, Domitila Yara la beata siempre vestida de negro, rostro velado y medias oscuras, la única santera que nació en el barrio. Pasaba Domitila Yara y los mangaches, arrodillados, le pedían la bendición: ella musitaba unos rezos, los persignaba en la frente. Tenía una imagen de la Virgen, con cintas rosadas, azules y amarillas que hacían de cabellera, y forrada en papel celofán. Pendían de la imagen unas flores de alambre y serpentina y, bajo el corazón lacerado, se veía una oración escrita a mano, encarcelada en un marquito de lata. La imagen se mecía en la punta de un palo de escoba y Domitila Yara la llevaba siempre consigo, en alto, como un gallardete. Donde había partos, muertes, enfermedades, desgracias, acudía la santera con su imagen y sus rezos. De sus dedos apergaminados, colgaba hasta el suelo un rosario de cuentas enormes como cucarachas. Decían que Domitila Yara había hecho milagros, que hablaba con santos y, en las noches, se azotaba. Era amiga del padre García y solían pasear juntos, lentos y sombríos, por la plazuela Merino y la avenida Sánchez Cerro. El padre García vino al velorio de la santera. No podía entrar, a empellones apartaba a los mangaches amontonados frente a la choza, y ya renegaba cuando consiguió llegar al umbral. Vio entonces a la orquesta, tocando tristes junto a la muerta. Se enloqueció: desfondó el tambor de Bolas de un patadón y también quiso romper el arpa y arrancar las cuerdas de la guitarra, y, mientras tanto, a don Anselmo, «peste de Piura», «pecador», «fuera de aquí». «Pero padre», balbuceaba el arpista, «le tocábamos en homenaje», y el padre García «profanan una casa limpia», «dejen en paz a la difunta». Y los mangaches acabaron por exasperarse, no era justo, insultaba al viejo por las puras, no permitían. Y al fin entraron los inconquistables, alzaron en peso al padre García y las mujeres pecado, pecado, todos los mangaches se condenarían. Lo llevaron hasta la avenida, debatiéndose en el aire como una tarántula, y los churres que gritaban «quemador, quemador, quemador». El padre García no volvió a pisar la Mangachería y, desde entonces, habla en el púlpito de los mangaches como modelos de malos ejemplos.
La orquesta siguió mucho tiempo donde Angélica Mercedes. Nadie hubiera creído que un día se iría a tocar a la ciudad. Pero así fue y, al principio, los mangaches censuraron esa deserción. Después comprendieron que la vida no era como la Mangachería, cambiaba. Desde que comenzaron a abrirse casas de habitantas, las propuestas llovían sobre la orquesta y hay tentaciones que no se resisten. Además, aunque se fueran a tocar a Piura, don Anselmo, el Joven y Bolas siguieron viviendo en el barrio y tocando gratis en todas las fiestas mangaches.
Esta vez se puso feo de veras: la orquesta dejó de tocar, los inconquistables se quedaron inmóviles en la pista, sin soltar a sus parejas, mirando a Seminario y el Joven Alejandro dijo:
– Ahí comenzó verdaderamente la desgracia, porque ahí salieron a relucir los cachorritos.
– ¡Borracho! -gritó la Selvática-. Los provocaba todo el tiempo. Bien hecho que se muriera. ¡Abusivo!
El sargento soltó a la Sandra, dio un paso, ¿creía que estaba hablando a sus sirvientes, señor?, y Seminario, atorándose, así que eres respondoncito, también dio un paso, ¡so pedazo de!, otro, su formidable silueta onduló en las tablas bañadas de luz azul, verde y violeta y se detuvo de golpe, la cara llena de asombro. La carcajada de la Sandra se volvió chillido.
– Lituma lo estaba apuntando con la pistola -dijo la Chunga-. La sacó tan rápido que nadie se dio cuenta, como un jovencito en las de cowboys.
– Tenía derecho -balbuceó la Selvática-. No podía rebajarse más.
Inconquistables y habitantas se habían corrido hacia el bar, el sargento y Seminario se medían con los ojos. A Lituma no le gustaban los matones, señor, no le hacían nada y él los trataba como a sirvientes. Lo sentía, pero no se iba a poder, señor.
– No me eches el humo a la cara, Bolas -dijo la Chunga.
– ¿Y él también sacó su revólver? -dijo la Selvática.
– Sólo se pasaba la mano por la cartuchera -dijo el Joven-. Le hacía cariños como a un cachorrito.
– ¡Tenía miedo! -exclamó la Selvática-. Lituma le bajó los humos.
– Creí que ya no había hombres en mi tierra -dijo Seminario-. Que todos los piuranos se habían amujerado y amariconado. Pero todavía queda este cholo. Ahora sólo te falta ver quién es Seminario.
– Por qué tendrán siempre que pelearse, por qué no pueden vivir en paz y disfrutar juntos -dijo don Anselmo-. Qué linda sería la vida.
– Quién sabe, maestro -dijo el joven-. A lo mejor sería aburridísima y más triste que ahora.
– Le has quitado todas las gracias de una sola, primo -dijo el Mono-. ¡Bravo!
– Pero no te fíes, coleguita -dijo Josefino-. A la primera que te descuides saca su revólver.
– No sabes quién soy -repetía Seminario-. Por eso te empalas, cholito.
– Usted tampoco sabe quién soy yo -dijo el sargento-. Señor Seminario.
– Si no tuvieras esa pistola, no serías tan empalado, cholito -dijo Seminario.
– La cosa es que la tengo -dijo el sargento-. Y a mí nadie me trata como a su sirviente, señor Seminario.
– Y entonces la Chunga vino corriendo y se les puso en medio. ¡Eres más valiente! -dijo el Bolas.
– ¿Y ustedes por qué no la atajaron? -la mano del arpista hizo una tentativa para tocar a la Chunga, pero ella se replegó en el asiento y los dedos del viejo sólo la rozaron-. Estaban armados, Chunguita, era peligroso.
– Ya no, porque habían comenzado a discutir -dijo la Chunga-. Uno viene aquí a divertirse, nada de peleas. Hagan las paces, vengan al mostrador, tómense una cerveza, la casa invita.
Obligó a Lituma a guardar el revólver, hizo que se estrecharan la mano y los llevó al bar, cogidos del brazo, debía darles vergüenza, se portaban como churres, ¿sabía lo que eran?, un par de cojudos, a ver, a ver, a que no sacaban sus pistolitas y la mataban a ella y ellos se rieron, Chunga, Chunguita, mamita, reinita cantaban los inconquistables.
– ¿Se pusieron a tomar juntos a pesar de los insultos? -dijo la Selvática, asombrada.
– ¿Te lamentas por lo que no se balearon de una vez? -dijo el Bolas-. Qué mujeres, cómo les gusta la sangre.
– Pero si la Chunga los había invitado -dijo el arpista-. No podían desairarla, muchacha.