Выбрать главу

– Ya ves cómo son los piuranos, muchacha -dijo el arpista-.Jugarse la vida por puro orgullo.

– Qué orgullo -dijo la Chunga-. Por borrachos y para fregarme la vida.

Lituma soltó el tambor, había que sortear para ver quién comenzaba, pero qué importa, él lo convidó así que alzó la pistola, le tocaba, puso la boca del caño en su sien, se cierra los ojos y cerró los ojos, y se dispara y apretó el gatillo: tac y un castañeteo de dientes. Se puso pálido, todos se pusieron pálidos y abrió la boca y todos abrieron la boca.

– Cállate, Bolas -dijo el joven-. ¿No ves que está llorando?

Don Anselmo acarició los cabellos de la Selvática, le alcanzó su pañuelo de colores, muchacha, que no llorara, eran cosas pasadas, ya qué importaban, y el Joven encendió un cigarrillo y se lo ofreció. El sargento había colocado el revólver en la mesa y estaba bebiendo, despacio, de un vaso vacío, sin que nadie se riera. Su cara parecía salida del agua.

– Nada, no se agite -suplicaba el joven-. Le va a hacer daño, maestro, le juro que no pasó nada.

– Me has hecho sentir lo que nunca he sentido -tartamudeó el Mono-. Ahora te lo ruego, primo, vámonos.

Y José, como despertando, esto quedaría, primo, qué grande se había hecho, desde la escalera se elevó el zumbido de las habitantas, ululó la Sandra, el joven y Bolas cálmese, maestro, quédese tranquilo, y Seminario sacudió la mesa, silencio, iracundo, carajo, es mi turno, cállense.

Levantó el revólver, lo pegó a la sien, no cerró los ojos, su pecho se infló.

– Oímos el tiro cuando estábamos entrando a la barriada con los cachacos -dijo la Chunga-. Y el griterío. Pateábamos la puerta, los guardias la echaban abajo con sus fusiles y ustedes no nos abrían.

– Acababa de morir un tipo, Chunga -dijo el joven-. Quién iba a estar pensando en abrir la puerta.

– Se fue de bruces sobre Lituma -dijo el Bolas-, y con el choque se vinieron los dos al suelo. El amigo se puso a gritar llamen al doctor Zevallos, pero nadie podía moverse del susto. Y, además, ya todo era inútil.

– ¿Y él?-dijo la Selvática, muy bajito.

Él se miraba la sangre que le había salpicado, y se tocaba por todas partes creyendo seguramente que era sangre, y no se le ocurría levantarse, y aún estaba sentado, manoteándose, cuando entraron los cachacos, los fusiles a la mano, quietos, apuntando a todo el mundo, nadie se mueva, si le pasó algo al sargento verán. Pero nadie les hacía caso y los-inconquistables y las habitantas corrían atropellándose entre las sillas, el arpista daba tumbos, atrapaba a uno, quién fue, ante la escalera y obligó a retroceder a los que querían escapar. La Chunga, el Joven y Bolas se inclinaron sobre Seminario: boca abajo, todavía conservaba el revólver en la mano y una viscosa mancha crecía entre sus pelos. El amigo, de rodillas, se tapaba la cara, Lituma seguía palpándose.

– Los guardias qué pasó, sargento, ¿se le insolentó y tuvo que cargárselo? -dijo el Bolas-. Y él como mareado, diciendo que sí a todo.

– El señor se suicidó -dijo el Mono-, no tenemos nada que ver, déjennos salir, nos esperan nuestras familias.

Pero los guardias habían trancado la puerta y la custodiaban, el dedo en el gatillo del fusil, y echaban sapos y culebras por sus bocas y sus ojos.

– Sean humanos, sean cristianos, déjennos salir -repetía José-. Estábamos divirtiéndonos, no nos metimos en nada. ¿Por quién quieren que se lo juremos?

– Trae una frazada de arriba, Maribel -dijo la Chunga-. Para taparlo.

– Tú no perdiste la cabeza, Chunga -dijo el Joven.

– Después tuve que botarla, las manchas no salían con nada -dijo la Chunga.

– Les pasan las cosas más raras -dijo el arpista-. Viven distinto, mueren distinto.

– ¿De quién habla, maestro? -dijo el joven.

– De los Seminario -dijo el arpista. Tenía la boca abierta, como si fuera a añadir algo, pero no dijo nada más.

– Creo que Josefino ya no vendrá a buscarme -dijo la Selvática-. Es tardísimo.

La puerta estaba abierta y por ella entraba el sol como un incendio voraz, todos los rincones del salón ardían. Sobre los techos de la barriada, el cielo aparecía altísimo, sin nubes, muy azul, y se veía también el lomo dorado del arenal y los chatos y ralos algarrobos.

– Te llevamos nosotros, muchacha -dijo el arpista-. Así te ahorras el taxi.

Silenciosas, impulsadas por las pértigas, las canoas se arriman a la orilla y Fushía, Pantacha y Nieves saltan a tierra. Se internan unos metros en la maleza, se acuclillan, hablan en voz baja. Entretanto, los huambisas varan las canoas, las ocultan bajo el ramaje, borran las pisadas del fango de la ribera y, a su vez, entran al monte. Llevan pucunas, hachas, arcos, haces de virotes colgados del cuello y en la cintura, cuchillos y los cañutos embreados del curare. Sus rostros, torsos, brazos y piernas desaparecen bajo los tatuajes y, como para las grandes fiestas, se han teñido también los dientes y las uñas. Pantacha y Nieves llevan escopetas, Fushía sólo revólver. Un huambisa cambia unas palabras con ellos, luego se agazapa y, elásticamente, se pierde en el boscaje. ¿El patrón se sentía mejor? El patrón no se había sentido nunca mal, quién inventaba eso. Pero que el patrón no levantara la voz: los hombres se ponían nerviosos. Siluetas mudas, desparramadas bajo los árboles, los huambisas otean a derecha e izquierda, sus movimientos son sobrios y sólo el destello de sus pupilas y las furtivas contracciones de sus labios revelan el anisado y los cocimientos que estuvieron bebiendo toda la noche, en torno a una fogata, en el bajío donde acamparon. Algunos mojan en el curare los vértices forrados de algodón de los virotes, otros soplan las cerbatanas para expulsar las escorias. Quietos, sin mirarse unos a otros, esperan mucho rato. Cuando el huambisa que partió surge como un suavísimo felino entre los árboles, el sol está ya alto y sus lenguas amarillas derriten los trazos de huiro y de achiote de los cuerpos desnudos. Hay una complicada geografía de luces y de sombras, se ha acentuado el color de los matorrales, las cortezas parecen más duras, más rugosas, y viene de arriba un ensordecedor vocerío de pájaros. Fushía se incorpora, habla con el recién llegado, vuelve donde Pantacha y Nieves: los muratos están cazando en el bosque, sólo hay mujeres y criaturas, no se ve jebe ni cueros. ¿Valdrá la pena ir, de todos modos? El patrón piensa que sí, nunca se sabe, a lo mejor lo han escondido esos perros. Los huambisas hablan ahora congregados en torno al recién venido. Lo interrogan sin atropellarse, con monosílabos y él responde a media voz, apoyando sus palabras con ademanes y ligeros movimientos de cabeza. Se dividen en tres grupos, el patrón y los cristianos se ponen al frente y así avanzan, sin apuro, paralelos, precedidos de dos huambisas que van abriendo el follaje a machetazos. La tierra murmura apenas a su paso y al contacto de sus cuerpos las altas yerbas y las ramas se ladean con un mismo chasquido, luego tras ellos se enderezan y juntan. Continúan la marcha largo rato y, de repente, la luz es más cruda y próxima, los rayos atraviesan oblicuamente la vegetación que ralea y es más baja, menos monótona, más clara. Se detienen y, a los lejos, se divisa ya el lindero del monte, un vasto claro, unas cabañas y las aguas quietas del lago. El patrón y los cristianos dan todavía algunos pasos y observan. Las cabañas se aglomeran sobre una elevación de tierra calva y grisácea a poca distancia del lago y, tras el poblado que se diría desierto, se extiende una playa lisa, color ocre. Por el flanco derecho, un brazo de bosque se estira y llega casi hasta las cabañas: por ahí, que Pantacha se hiciera ver y los muratos se aventarían hacia este lado. Pantacha da media vuelta, explica, hace gestos rodeado de huambisas que lo escuchan asintiendo. Se alejan en fila india, agazapados, apartando las lianas con las manos, y el patrón, Nieves y los otros tornan los ojos una vez más hacia el poblado. Ahora da síntomas de vida: entre las cabañas se adivinan siluetas, movimientos y unas figuras van lentamente hacia el lago, en formación, con bultos a la cabeza que deben ser rodetes o cántaros, escoltadas por sombras minúsculas, tal vez perros, tal vez niños. ¿Nieves ve algo? No ve jebe, patrón, pero esas cosas tendidas sobre horcones pueden ser cueros secándose al sol. El patrón no se lo explica, en la región hay gomales, ¿no habrán venido ya los patrones a recoger el jebe? Esos muratos, siempre tan flojos, difícil que se mueran trabajando. Los diálogos de los huambisas son cada vez más roncos, más enérgicos. En cuclillas o de pie o encaramados en los arbustos, miran fijamente las cabañas, las siluetas difuminadas de la playa, las sombras rastreras y ahora sus ojos no son dóciles sino indómitos y hay en ellos algo de la codiciosa temeridad que dilata las pupilas del otorongo hambriento, y hasta sus pieles tensas han cobrado la lustrosa tersura del jaguar. Sus manos denotan exasperación, aprietan las cerbatanas, palpan los arcos, los cuchillos, se golpean los muslos, y los dientes embadurnados de huiro, limados como clavos, castañetean o mordisquean bejucos, fibras de tabaco. Fushía se les acerca, les habla y ellos gruñen, escupen y sus muecas son a la vez risueñas, beligerantes, exaltadas. Junto a Nieves, una rodilla en el suelo, Fushía observa. Las figuras vuelven del lago, evolucionan lánguidas, pesadas, entre las cabañas y en algún lugar han encendido una fogata: un arbolito gris sube hacia el cielo brillante. Ladra un perro. Fushía y Nieves se miran, los huambisas acercan las pucunas a los labios y, asomados a los umbrales del bosque, sus ojos buscan pero el perro no aparece. Ladra de rato en rato, invisible, a salvo. ¿Y si un día entraran y en las cabañas estuvieran los soldados, esperándolos? ¿Nunca se le ocurrió al patrón? Eso nunca se le ocurrió. Sí, en cambio, y en cada viaje, que cuando regresaran a la isla, los soldados estarían apuntándolos desde el barranco. Encontrarían todo quemado, muertas a las mujeres de los huambisas y a la patrona se la habrían llevado. Al principio, a él le daba un poco de miedo, ahora no, nada más nervios. ¿Nunca tuvo miedo el patrón? Nunca tuvo, porque los pobres que tienen miedo se quedan pobres toda la vida. Pero eso no le hacía, patrón, Nieves siempre había sido pobre y la pobreza no le quitaba el miedo. Es que Nieves se conformaba y el patrón no. Había tenido mala suerte pero pasaría, tarde o temprano pasaría al lado de los ricachos. Quién lo dudaba, patrón, él conseguía siempre lo que quería. Y una explosión de voces sacude la mañana: aullantes, súbitos, desnudos, emergen de la lengua de bosque y corren hacia el poblado, gesticulando ascienden la ladera y entre los veloces cuerpos distantes se divisan los calzoncillos blancos de Pantacha, se oyen sus gritos que recuerdan la sarcástica risa de la chicua y ahora ladran muchos perros y las cabañas expulsan sombras, chillidos y una tenaz agitación, una especie de hervor conmueve la ladera por donde huyen tropezando, rebotando, chocando unas con otras, figuras que vienen hacia el bosque y se distinguen, por fin, nítidamente: son mujeres. Los primeros cuerpos pintarrajeados han llegado a la cumbre. Detrás de Nieves y Fushía, los huambisas lanzan alaridos, saltan, todo el ramaje vibra y ya no se escucha a los pájaros. El patrón se vuelve, señala el descampado y las mujeres fugitivas: pueden ir. Pero ellos permanecen en el sitio todavía unos segundos, estimulándose con rugidos, jadeando y pataleando y, de pronto, uno alza la pucuna, echa a correr, cruza la angosta maleza que los separa del claro y, cuando llega al terreno descubierto, los demás corren también, los cuellos hinchados por los gritos. El práctico y Fushía los siguen y en el descampado las mujeres alzan los brazos, miran al cielo, se revuelven, estallan en grupos y los grupos en solitarias siluetas que brincan, van y vienen, caen al suelo y después desaparecen, una tras otra, sumergidas por las pieles de resplandores negros y rojizos. Fushía