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– ¿Qué significa esto? -bramó Arnau-. ¿Cómo os atrevéis a interrumpir…?

El oficial siguió andando hasta plantarse frente a Arnau.

– ¿Eres Arnau Estanyol, cónsul de la Mar, barón de Granollers…?

– Bien lo sabéis, oficial -le interrumpió Arnau-, pero…

– Por orden del tribunal de la Santa Inquisición, quedáis detenido. Acompañadme.

Los missatges del tribunal hicieron un amago de defender a su cónsul, pero Arnau los detuvo con un gesto.

– Haced el favor de apartaros -rogó Arnau al oficial de la Inquisición.

El hombre dudó unos instantes. El cónsul, con gesto calmo, insistió con la mano indicándole que se situase más cerca de la puerta y al fin, sin dejar de vigilar a su detenido, el oficial dio los suficientes pasos para que Arnau recuperara la visión de los familiares del marinero muerto.

– Sentencio a favor de la viuda y los hijos -expuso con tranquilidad-. Deberán recibir la mitad del salario total de la travesía y no los dos meses que pretende el señor de la nave. Así lo ordena este tribunal.

Arnau golpeó con la mano, se puso en pie y se encaró al oficial de la Inquisición.

– Vamos -le dijo.

La noticia de la detención de Arnau Estanyol se propagó por Barcelona y desde allí, en boca de nobles, mercaderes o simples payeses, por gran parte de Cataluña.

Algunos días más tarde, en una pequeña villa del norte del principado, un inquisidor que en aquel momento estaba atemorizando a un grupo de ciudadanos recibía la noticia de boca de un oficial de la Inquisición. Joan miró al oficial. -Parece que es cierto -insistió.

El inquisidor se volvió hacia el pueblo. ¿Qué les estaba diciendo? ¿Arnau detenido?

Volvió a mirar al oficial y éste asintió con la cabeza. ¿Arnau?

La gente empezó a moverse inquieta. Joan intentó continuar pero no pudo pronunciar palabra. Una vez más se volvió hacia el oficial y percibió una sonrisa en sus labios.

– ¿No continuáis, fra Joan? -se adelantó éste-. Los pecadores os están esperando.

Joan se volvió de nuevo hacia el pueblo.

– Partimos hacia Barcelona -ordenó.

De vuelta a la ciudad condal, Joan pasó muy cerca de las tierras del barón de Granollers. Por poco que se hubiera desviado de su ruta, habría podido ver cómo el carlán de Montbui y otros caballeros sometidos a Arnau recorrían las tierras amedrentando a unos payeses que volvían a estar sometidos a los malos usos que un día Arnau derogó. «Dicen que ha sido la propia baronesa quien ha denunciado a Arnau», aseguró alguien.

Pero Joan no pasó por las tierras de Arnau. Desde que inició el regreso no cruzó palabra con el oficial ni con ninguno de los hombres que formaban la comitiva, ni siquiera con el escribano. Sin embargo no pudo dejar de oír.

– Parece ser que lo han detenido por hereje -dijo uno de los soldados lo suficientemente alto para que Joan pudiera oírlo.

– ¿El hermano de un inquisidor? -añadió otro a gritos.

– Nicolau Eimeric logrará que confiese todo lo que lleva dentro -intervino entonces el oficial.

Joan recordó a Nicolau Eimeric. ¿Cuántas veces lo había felicitado por su labor como inquisidor?

– Hay que combatir la herejía, fra Joan… Hay que buscar el pecado bajo la apariencia de bondad de la gente; en su alcoba, en sus hijos, en sus esposos.

Y él lo había hecho. «No hay que dudar en torturarlos para que confiesen.» Y él también lo había hecho, sin descanso. ¿Qué tortura le habría aplicado a Arnau para que se confesase hereje?

Joan apresuró el paso. El sucio y ajado hábito negro caía a plomo sobre sus piernas.

– Por su culpa me veo en esta situación -comentó Genis Puig sin dejar de andar de un lado a otro de la estancia-.Yo, que disfruté…

– De dinero, de mujeres, de poder -lo interrumpió el barón.

Pero el paseante no hizo caso del barón.

– Mis padres y mi hermano murieron como simples payeses, hambrientos, atacados por enfermedades que sólo se ceban en los pobres, y yo…

– Un simple caballero sin huestes que aportar al rey -añadió cansinamente el barón terminando la mil veces repetida frase.

Genis Puig se detuvo frente a Jaume, el hijo de Llorenç de Bellera.

– ¿Te parece gracioso?

El señor de Bellera no se movió del sillón desde el que había seguido la ronda de Genis por la torre del homenaje del castillo de Navarcles.

– Sí -le contestó al cabo de unos instantes-, más que gracioso. Tus motivos para odiar a Arnau Estanyol me parecen grotescos comparados con los míos.

Jaume de Bellera dirigió su mirada hacia lo alto de la torre.

– ¿Quieres dejar de dar vueltas de una vez?

– ¿Cuánto más tardará tu oficial? -preguntó Genis sin cesar de pasear por la torre.

Ambos esperaban la confirmación de las noticias que Margarida Puig había insinuado en una misiva previa. Genis Puig, desde Navarcles, había convencido a su hermana para que poco a poco, durante las muchas horas que Elionor pasaba sola en la que fue la casa familiar de los Puig, se ganara la confianza de la baronesa. No le costó mucho: Elionor necesitaba una confidente que odiara a su marido tanto como ella misma. Fue Margarida quien, de manera insidiosa, informó a Elionor de adonde se dirigía el barón. Fue Margarida la que inventó el adulterio de Arnau con Raquel. Ahora, en cuanto Arnau Estanyol fuera detenido por relacionarse con una judía, Jaume de Bellera y Genis Puig darían el paso que tenían previsto.

– La Inquisición ha detenido a Arnau Estanyol -confirmó el oficial tan pronto como entró en la torre del homenaje.

– Entonces Margarida tenía ra… -saltó Genis.

– Calla -le ordenó el señor de Bellera desde su sillón-.

Continúa.

– Lo detuvieron hace tres días, mientras impartía justicia en el tribunal del consulado.

– ¿De qué se le acusa? -preguntó el barón.

– No está muy claro; hay quien dice que de herejía, otros sostienen que por judaizante y otros por mantener relaciones con una judía. Todavía no lo han juzgado; está encerrado en las mazmorras del palacio episcopal. Media ciudad está a favor y media en contra, pero todos hacen cola ante su mesa de cambio para que les reintegren sus depósitos. Los he visto. La gente se pelea por recuperar su dinero.

– ¿Pagan? -intervino Genis.

– De momento, sí, pero todos saben que Arnau Estanyol ha prestado mucho dinero a gente sin recursos, y si no puede recuperar esos préstamos… Por eso la gente se pelea: dudan que la solvencia del cambista pueda sostenerse. Hay un gran revuelo.

Jaume de Bellera y Genis Puig intercambiaron una mirada.

– Empieza la caída -comentó el caballero.

– ¡Busca a la puta que me amamantó -ordenó el barón al oficial-, y enciérrala en las mazmorras del castillo!

Genis Puig se sumó al señor de Bellera y azuzó al oficial para que se apresurase.

– Esa endemoniada leche no era para mí -le había oído decir en multitud de ocasiones-, era para su hijo, Arnau Estanyol, y mientras él disfruta del dinero y del favor del rey, yo tengo que sufrir las consecuencias del mal que me transmitió su madre.

Jaume de Bellera había tenido que acudir al obispo para que la epilepsia que padecía no fuera considerada un mal del demonio. Sin embargo, la Inquisición no dudaría de que Francesca estaba endemoniada.

– Quisiera ver a mi hermano -le soltó Joan a Nicolau Eime-ric nada más presentarse en el palacio del obispo.

El inquisidor general entrecerró sus ojillos.

– Debes conseguir que confiese su culpa y que se arrepienta.

– ¿De qué se le acusa?

Nicolau Eimeric dio un respingo tras la mesa en la que le había recibido.

– ¿Pretendes que te diga de qué se le acusa? Eres un gran inquisidor pero… ¿acaso intentas ayudar a tu hermano? -Joan bajó la mirada-. Sólo puedo decirte que se trata de un tema muy serio. Te permitiré visitarlo siempre y cuando te comprometas a que el objetivo de tus visitas sea el de conseguir la confesión de Arnau.