– ¿Cuántas habéis venido?
– Eulàlia y yo.
Un brillante traje verde corría hacia ellas.
– ¿Habéis traído dinero?
– Sí, claro…
– ¿Y Francesca? -preguntó Eulàlia al llegar junto a Aledis.
– Detenida -repitió ésta. Eulàlia hizo amago de preguntar pero Aledis la hizo callar con un gesto-. No sé por qué. -Aledis miró a las jóvenes… ¿Qué no podrían conseguir ellas?-. No sé por qué está detenida -repitió-, pero lo sabremos; ¿no es cierto, chicas?
Ambas le contestaron con una picara sonrisa.
Joan arrastró el barro de los bajos de su hábito negro por toda Barcelona. Su hermano le había pedido que fuese en busca de Mar. ¿Cómo iba a presentarse ante ella? Después había intentado llegar a un pacto con Eimeric y en lugar de ello, como uno de aquellos vulgares villanos a los que él condenaba, había caído en sus engaños y le había proporcionado mayores indicios de culpabilidad. ¿Qué podía haber denunciado Elionor? Por un momento pensó en visitar a su cuñada, pero el solo recuerdo de la sonrisa que le dirigió en casa de Felip de Ponts lo hizo desistir. Si había denunciado a su propio esposo, ¿qué iba a decirle a él?
Bajó por la calle de la Mar hasta Santa María. El templo de Arnau. Joan se detuvo y lo contempló. Todavía rodeada de anda-mios de madera, por los que los albañiles se movían sin descanso, Santa María ya mostraba lo que sería su orgullosa fábrica. Todos los muros exteriores, con sus contrafuertes, estaban terminados, al igual que el ábside y dos de las cuatro bóvedas de la nave central; las nervaduras de la tercera bóveda, cuya piedra de clave había sido pagada por el rey para que se cincelase en ella la figura ecuestre de su padre, el rey Alfonso, se empezaban a elevar en un arco perfecto, soportadas por complicados andamiajes, a la espera de que la piedra de clave equilibrase los esfuerzos y el arco se mantuviese por sí solo. Únicamente faltaban las dos últimas bóvedas principales y Santa María estaría cubierta del todo.
¿Cómo no enamorarse de aquella iglesia? Joan recordó al padre Albert y la primera vez que Arnau y él habían pisado Santa María. ¡Ni siquiera sabía rezar! Años más tarde, mientras él aprendía a rezar, a leer y a escribir, su hermano acarreaba piedras hasta allí mismo. Joan recordó las sangrantes llagas con las que Arnau apareció durante los primeros días, y sin embargo… sonreía. Observó a los maestros de obras de los diferentes oficios que se afanaban en las jambas y arquivoltas de la fachada principal, en su estatuaria, en sus puertas remachadas, en la tracería, distinta en cada una de sus puertas, en las verjas de hierro forjado y en las gárgolas con todo tipo de figuras alegóricas, en los capiteles de las columnas y en las vidrieras, sobre todo en las vidrieras, esas obras de arte llamadas a filtrar la mágica luz del Mediterráneo para juguetear, hora a hora, casi minuto a minuto, con las formas y los colores del interior del templo.
En el imponente rosetón de la fachada principal ya podía vislumbrarse su futura composición: en su centro, un pequeño rosetón polibulado desde cuyo diámetro partían, como flechas caprichosas, como un sol de piedra concienzudamente labrado, los maineles destinados a dividir el rosetón principal; tras éstos, las narices de tracería daban paso a una fila de trilóbulos en forma ojival y, después de ello, otra fila de cuatrilóbulos, éstos redondeados, que cerraban definitivamente el gran rosetón. Entre toda esa tracería, igual a la que decoraba los estrechos ventanales de la fachada, se irían incrustando las vidrieras emplomadas; de momento, sin embargo, el rosetón aparecía como una inmensa tela de araña, de piedra finamente labrada, a la espera de que los maestros vidrieros acudieran a rellenar los huecos.
«Les queda mucho por hacer», pensó Joan ante la visión del centenar de hombres que trabajaban entregados a la ilusión de todo un pueblo. En aquel momento llegó un bastaix cargado con una enorme piedra. El sudor corría desde su frente hasta sus pantorri-llas y todos sus músculos se dibujaban, tensos, vibrando al ritmo de los pasos que le acercaban a la iglesia. Pero sonreía; lo hacía igual que lo había hecho su hermano. Joan no pudo apartar la mirada del bastaix. Desde los andamios, los albañiles dejaron cuanto estaban haciendo y se asomaron para ver la llegada de las piedras que más tarde deberían trabajar. Tras el primer bastaix apareció otro, y otro, y otro más, todos encorvados. El ruido del cincel contra las piedras se rindió ante los humildes trabajadores de la ribera de Barcelona y durante unos instantes Santa María entera quedó hechizada. Un albañil rompió el silencio desde lo alto del templo. Su grito de ánimo rasgó el aire, reverberó en las piedras y penetró en el interior de cuantos presenciaban la escena.
«Ánimo», susurró Joan sumándose al clamor que se había desatado. Los bastaixos sonreían, y cada vez que uno descargaba una piedra, el griterío aumentaba. Después, alguien les ofrecía agua, y los bastaixos alzaban los botijos sobre la cabeza dejando que ésta resbalase por su rostro antes de bebería. Joan se vio a sí mismo en la playa, persiguiendo a los bastaixos con el pellejo de Bernat. Luego levantó la vista al cielo. Debía ir a por ella: si ésa era la penitencia que le imponía el Señor, iría en busca de la muchacha y le confesaría la verdad. Rodeó Santa María hasta la plaza del Born, el Pla d'en Llull y el convento de Santa Clara para abandonar Barcelona por el portal de San Daniel.
No le fue difícil a Aledis encontrar al señor de Bellera y a Genis Puig. Aparte de la alhóndiga, destinada a los comerciantes que llegaban a Barcelona, la ciudad condal contaba tan sólo con cinco hostales. Ordenó a Teresa y Eulàlia que se escondiesen en el camino que llevaba a Montjuïc hasta que ella fuera a buscarlas. Aledis permaneció en silencio mientras veía cómo se iban, con los recuerdos azuzando sus sentimientos…
Cuando perdió de vista el refulgir de los trajes de sus muchachas, inició la busca. Primero el hostal del Bou, muy cerca del palacio del obispo, junto a la plaza Nova. El marmitón la despidió de malos modos cuando se presentó por la parte trasera y le preguntó por el señor de Bellera. En el hostal de la Massa, en Portaferrissa, también cerca del palacio del obispo, una mujer que amasaba harina en la parte trasera le dijo que allí no se hospedaban aquellos señores; entonces Aledis se dirigió al hostal del Estanyer, junto a la plaza de la Llana. En él, otro muchacho, muy descarado, miró a la mujer de arriba abajo.
– ¿Quién se interesa por el señor de Bellera? -preguntó.
– Mi señora -contestó Aledis-; ha venido siguiéndole desde Navarcles.
El muchacho, alto y delgado como un palo, fijó la mirada en los pechos de la meretriz. Después, alargó la mano derecha y sopesó uno.
– ¿Qué interés tiene tu señora en ese noble?
Aledis aguantó sin moverse, esforzándose por esconder una sonrisa.
– No me corresponde a mí saberlo. -El muchacho empezó a manosear con fuerza. Aledis se acercó a él y le rozó la entrepierna con la mano. El muchacho se encogió al contacto-. Sin embargo -dijo ella arrastrando las palabras-, si están aquí, quizá yo tenga que dormir esta noche en el huerto mientras mi señora…
Aledis acaricio la entrepierna del joven.
– Esta misma mañana -balbuceó el chico-, han venido dos caballeros en busca de alojamiento.
Esta vez sí sonrió. Por un momento pensó en separarse del muchacho pero… ¿por qué no? Hacía tanto tiempo que no tenía sobre sí un cuerpo joven, inexperto, movido sólo por la pasión…