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– ¿Por qué para los presos, padre?

– Están presos por deberle dinero a Grau y éste tiene la obligación de pagar su alimentación.

– ¿Y si no lo hiciera?

Seguían caminando en dirección a la playa.

– Los liberarían, y Grau no quiere qut lo hagan. Paga los aranceles reales, paga al alcaide y paga la comida de los presos. Es la ley.

– Pero…

– Déjalo, hijo, déjalo.

Ambos continuaron en silencio camino de su casa.

Aquella tarde, Arnau y Bernat se encaminaron hacia la cárcel para cumplir su extraño cometido. Por boca de Joan, que en su trayecto desde la escuela de la catedral hasta la casa de Pere tenía que cruzar la plaza, sabían que los ánimos no se habían calmado y, ya en la calle de la Mar, que desembocaba en la plaza viniendo desde Santa María, empezaron a oír los gritos de la muchedumbre. El gentío se había congregado alrededor del palacio del veguer, donde se encontraba almacenado el trigo que se había retirado por la mañana y donde, también, estaban encarcelados los deudores de Grau.

La gente quería el trigo y las autoridades de Barcelona no disponían de los efectivos necesarios para un ordenado suministro. Los cinco consejeros, reunidos con el veguer, intentaban dar con una solución.

– Que juren -dijo uno-. Sin juramento no hay trigo. Cada comprador deberá jurar que la cantidad que solicita es la necesaria para el sustento de su familia y que no solicita más que aquella que según el reparto puede corresponderle.

– ¿Será suficiente? -dudó otro.

– ¡El juramento es sagrado! -le contestó el primero-. ¿Acaso no juran los contratos, la inocencia o las obligaciones? ¿Acaso no acuden al altar de san Félix para jurar los testamentos sacramentales?

Así se anunció desde un balcón del palacio del veguer. La gente corrió la voz hasta aquellos que no habían podido escuchar la solución propuesta, y los devotos cristianos que se apelotonaban reclamando el cereal se dispusieron a jurar… una vez más en su vida.

El trigo volvió a la plaza, donde el hambre no había desaparecido. Unos juraron. Otros sospecharon, y se repitieron las acusaciones, los gritos y las reyertas. El pueblo volvió a enardecerse y a reclamar el trigo que según el fraile carmelita tenían escondido las autoridades.

Arnau y Bernat se hallaban todavía en la desembocadura de la calle de la Mar, en el extremo opuesto al palacio del veguer, donde se había iniciado la venta del trigo. La gente gritaba a su alrededor desaforadamente.

– Padre -preguntó Arnau-, ¿quedará trigo para nosotros?

– Confío en que sí, hijo. -Bernat trató de no mirar a su hijo. ¿Cómo iba a quedar trigo para ellos? No habría trigo ni para una cuarta parte de los ciudadanos.

– Padre -le dijo Arnau-, ¿por qué los presos tienen el trigo asegurado y nosotros no?

Escudándose en el griterío, Bernat hizo como si no hubiera oído la pregunta; con todo no pudo dejar de mirar a su hijo: estaba famélico, sus brazos y sus piernas se habían convertido en delgadas extremidades, y en su enjuto rostro destacaban unos ojos saltones que en otras épocas sonreían despreocupadamente. -Padre, ¿me habéis oído?

«Sí -pensó Bernat-, pero ¿qué puedo contestarte? ¿Que los pobres estamos unidos al hambre?, ¿que sólo los ricos pueden comer?, ¿que sólo los ricos pueden permitirse mantener a sus deudores?, ¿que los pobres no valemos nada para ellos?, ¿que los hijos de los pobres valen menos que uno de los presos encarcelados en el palacio del veguer?» Bernat no le contestó.

– ¡Hay trigo en el palacio! -gritó uniéndose al vocerío del pueblo-. ¡Hay trigo en el palacio! -repitió más alto todavía cuando los más cercanos a él callaron y se volvieron para mirarlo. Pronto fueron muchos los que fijaron su atención en aquel hombre que aseguraba que había trigo en el palacio-. ¿Cómo, si no lo hubiera, podían comer los presos? -volvió a gritar, levantando la bolsa de dinero de Grau-. ¡Los nobles y los ricos pagan la comida de los presos! ¿De dónde sacan los alcaides el trigo para los presos? ¿Acaso salen a comprarlo como nosotros?

La multitud fue abriéndose para dejar pasar a Bernat, que estaba fuera de sí. Arnau lo seguía tratando de llamar su atención.

– ¿Qué hacéis, padre?

– ¿Acaso los alcaides se ven obligados a jurar como nosotros?

– ¿Qué os sucede, padre?

– ¿De dónde sacan los alcaides el trigo para los presos? ¿Por qué no podemos dar de comer a nuestros hijos y sí a los presos?

La muchedumbre enloqueció más todavía tras las palabras de Bernat. En esta ocasión los medidores oficiales no pudieron retirar a tiempo el trigo y la gente los asaltó. Pere Juyol y el veguer estuvieron a punto de ser linchados. Salvaron la vida gracias a algunos alguaciles, que los defendieron y los escoltaron hasta el palacio. Pocos vieron sus necesidades satisfechas, ya que el trigo se desparramó por la plaza y fue pisoteado por la multitud, mientras algunos, en vano, intentaban recogerlo antes de ser ellos mismos pisoteados por sus conciudadanos.

Alguien gritó que la culpa era de los consejeros y la multitud se diseminó en busca de los prohombres de la ciudad, escondidos en sus casas.

Bernat no permaneció ajeno a la locura colectiva y gritó como el que más, dejándose llevar por las riadas de gente enardecida.

– Padre, padre.

Bernat miró a su hijo.

– ¿Qué haces aquí? -le preguntó sin dejar de andar y entre grito y grito.

– Yo…, ¿qué os sucede, padre?

– Vete de aquí. Éste no es lugar para niños.

– ¿Dónde voy a…?

– Toma. -Bernat le entregó dos bolsas de dinero: la suya propia y la destinada a presos y alcaides.

– ¿Qué tengo que hacer con…? -preguntó Arnau.

– Vete, hijo. Vete.

Arnau vio cómo desaparecía su padre entre la multitud. Lo último que atisbo de él fue el odio que escupían sus ojos.

– ¿Adonde vais, padre? -gritó cuando ya lo había perdido de vista.

– En busca de la libertad -le contestó una mujer que también observaba cómo la multitud se derramaba por las calles de la ciudad.

– Ya somos libres -se atrevió a afirmar Arnau.

– No hay libertad con hambre, hijo -sentenció la mujer.

Llorando, Arnau corrió contracorriente tropezando con el gentío.

Las algaradas duraron dos días enteros. Las casas de los consejeros y muchas otras residencias nobles fueron saqueadas y el pueblo, loco y encolerizado, anduvo de un lugar a otro, primero en busca de comida…, después en busca de venganza.

Durante dos días enteros la ciudad de Barcelona se vio sumida en el caos ante la impotencia de sus autoridades hasta que un enviado del rey Alfonso, con tropas suficientes, puso fin a los alborotos. Cien hombres fueron detenidos y muchos otros multados. De aquellos cien, diez fueron ejecutados en la horca tras un juicio sumarísimo. De los llamados a testificar en el juicio, pocos fueron los que no reconocieron en Bernat Estanyol, con su lunar en el ojo derecho, a uno de los principales instigadores de la revuelta ciudadana de la plaza del Blat.

16

Arnau corrió toda la calle de la Mar hasta casa de Pere Juyol sin siquiera dedicar una mirada a Santa María. Los ojos de su padre estaban grabados en sus retinas, y sus gritos resonaban en sus oídos. Nunca lo había visto así. ¿Qué os pasa, padre? ¿Es cierto que no somos libres como dice esa mujer? Entró en casa de Pere sin reparar en nada ni en nadie y se encerró en su habitación. Joan lo encontró llorando.

– La ciudad se ha vuelto loca… -dijo nada más abrir la puerta de la habitación-. ¿Qué te pasa?

Arnau no contestó. Su hermano dio una rápida mirada en derredor.

– ¿Y padre? -Arnau moqueó y señaló con la mano en dirección a la ciudad-. ¿Está con ellos?

– Sí -logró balbucear Arnau.

Joan revivió las algaradas que había tenido que sortear desde el palacio del obispo hasta su casa. Los soldados habían cerrado las puertas de la judería y se habían apostado delante de ellas para evitar que la asaltara la muchedumbre, la cual se dedicaba ahora a saquear las casas de los cristianos. ¿Cómo podía estar Bernat con ellos? Las imágenes de grupos de exaltados derribando las puertas de los hogares de las gentes de bien y saliendo de ellos cargados con sus enseres volvieron a la memoria de Joan. No podía ser.