Un murmullo de asentimiento corrió entre los bastaixos. La mayoría miró hacia Arnau; todos ellos habían bebido el agua fresca de su pellejo.
Tras entregar las llaves de la capilla a Ramon con orden de que la cerrase, el padre Albert se dirigió a sus habitaciones para coger el libro de caja, que según las ordenanzas de los bastaixos debía permanecer en poder de una tercera persona. Por lo que recordaba, era imposible que el contenido de la caja cuadrase con los dineros que Grau entregaba al alguacil de la prisión para que alimentase a sus presos; aquél debía de ser muy superior. Sería una prueba irrefutable, pensó sonriendo.
Mientras el padre Albert buscaba el libro y volvía a Santa María, Ramon se encargó de cerrar con llave las rejas de la capilla. Observó entonces un destello en el interior, se acercó y, sin tocarlo, examinó el objeto del que provenía. No dijo nada a nadie. Cerró las rejas y se dirigió al grupo de bastaixos que esperaban al cura, rodeando a Arnau y a los soldados.
Ramon les susurró algo a tres de ellos y juntos abandonaron la iglesia sin que nadie lo advirtiera.
– Según el libro de caja -cantó el padre Albert mostrándoselo a los tres prohombres para que lo comprobasen-, en la caja había setenta y cuatro dineros y cinco sueldos. Contad los que hay en la bolsa -añadió dirigiéndose al oficial.
Antes de proceder a abrir la bolsa, el oficial negó con la cabeza. Allí dentro no podía haber setenta y cuatro dineros.
– Trece dineros -proclamó-, ¡pero! -gritó- el muchacho puede tener un cómplice que se haya llevado la parte que falta.
– ¿Y por qué ese cómplice iba a dejar los trece dineros en poder de Arnau? -dijo un bastaix.
Un murmullo de asentimiento acompañó la observación.
El oficial miró a los bastaixos. Por descuido, estuvo a punto de contestar, por prisa, por nerviosismo, pero ¿qué más daba? Algunos de ellos ya se habían acercado a Arnau y le palmeaban la espalda o le revolvían el cabello.
– Y si no fue el muchacho, ¿quién fue? -preguntó.
– Creo que sé quién ha sido -se oyó contestar a Ramon desde más allá del altar mayor.
Tras él, dos de los bastaixos con quienes había hablado arrastraban con dificultad a un hombre corpulento.
– Tenía que ser él -dijo entonces alguien en el grupo de los bastaixos.
– ¡Ése era el hombre! -exclamó Arnau al mismo tiempo.
El Mallorquí siempre había sido un bastaix conflictivo, hasta que los prohombres de la cofradía se enteraron de que tenía una concubina y lo expulsaron. Ningún bastaix podía mantener relaciones fuera del matrimonio. Y tampoco podía hacerlo su mujer; en ese caso, se apartaba al bastaix de la cofradía.
– ¿Qué dice ese niño? -gritó el Mallorquí al llegar al deambulatorio.
– Te acusa de haber robado la caja de los bastaixos -contestó el padre Albert.
– ¡Miente!
El sacerdote buscó la mirada de Ramon, quien asintió con un leve movimiento de cabeza.
– ¡Yo también te acuso! -gritó señalándolo.
– También miente.
– Eso tendrás oportunidad de demostrarlo en el caldero, en el monasterio de Santes Creus.
Se había cometido un delito en una iglesia y las constituciones de Paz y Tregua establecían que la inocencia debería demostrarse mediante la prueba del agua caliente.
El Mallorquí empalideció. Los dos oficiales y los soldados miraron extrañados al cura, pero éste les indicó que guardasen silencio. Ya no se utilizaba la prueba del agua caliente, pero todavía, en muchas ocasiones, los clérigos recurrían a la amenaza de sumergir los miembros del sospechoso en un caldero de agua hirviendo.
El padre Albert entrecerró los ojos y miró al Mallorquí.
– Si el niño y yo mentimos, seguro que aguantarás el agua hirviendo en tus brazos y en tus piernas sin confesar tu delito.
– Soy inocente -farfulló el Mallorquí.
– Ya te he dicho que tendrás oportunidad de demostrarlo -reiteró el cura.
– Si eres inocente -intervino Ramon-, explícanos qué hace tu puñal en el interior de la capilla.
El Mallorquí se volvió hacia Ramon.
– ¡Es una trampa! -respondió con rapidez-. Alguien lo habrá colocado allí para inculparme. ¡El muchacho! ¡Seguro que ha sido él!
El padre Albert volvió a abrir las rejas de la capilla del Santísimo y apareció con un puñal.
– ¿Es éste tu puñal? -le preguntó aproximándoselo al rostro.
– No…, no.
Los prohombres de la cofradía y varios bastaixos se acercaron al cura y le pidieron el puñal para examinarlo.
– Sí que es el suyo -dijo uno de los prohombres, sosteniéndolo en la mano.
Seis años atrás y debido a los muchos altercados que se producían en el puerto, el rey Alfonso prohibió llevar machete o armas parecidas a los bastaixos y demás personas no cautivas que trabajasen en él. La única arma permitida eran los puñales romos. El Mallorquí se había negado a acatar la orden real alardeando de su magnífico puñal con punta, que había enseñado una y otra vez para excusar su desobediencia. Sólo ante la amenaza de expulsión de la cofradía había accedido a llevarlo a casa del herrero para que lo limara.
– Mentiroso -estalló uno de los bastaixos.
– Ladrón -gritó otro.
– ¡Alguien me lo habrá robado para inculparme! -protestó mientras forcejeaba con los dos hombres que lo retenían.
Entonces hizo su aparición el tercero de los bastaixos que había ido con Ramon en busca del Mallorquí y que había registrado su casa para encontrar el dinero robado.
– Aquí está -gritó levantando una bolsa y entregándosela al cura, quien a su vez se la dio al oficial.
– Setenta y cuatro dineros y cinco sueldos -cantó el oficial tras contar su contenido.
A medida que el oficial contaba, los bastaixos habían ido cerrando el círculo en torno al Mallorquí. ¡Ninguno de ellos podía tener tanto dinero! Cuando terminó la cuenta, se echaron encima del ladrón. Hubo insultos, patadas, puñetazos, escupitajos. Los soldados se mantuvieron al margen y el oficial se encogió de hombros mirando al padre Albert.
– ¡Estamos en la casa de Dios! -gritó entonces el sacerdote tratando de apartar a los bastaixos-. ¡Estamos en la casa de Dios! -continuó gritando hasta que logró acercarse al Mallorquí, hecho un ovillo en el suelo-. Este hombre es un ladrón, cierto, y además un cobarde, pero merece un juicio. No podéis actuar como delincuentes. Llevádselo al obispo -ordenó al oficial.
Cuando el cura se dirigió al oficial, alguien volvió a patear al Mallorquí. Muchos le escupieron mientras los soldados lo levantaban y se lo llevaban.
Cuando los soldados abandonaron Santa María llevándose al Mallorquí, los bastaixos se acercaron a Arnau sonriéndole y pidiéndole disculpas. Luego, empezaron a retirarse hacia sus casas. Al final, frente a la capilla del Santísimo, otra vez abierta, sólo quedaron el padre Albert, Arnau, los tres prohombres de la cofradía y los diez testigos que exigían las ordenanzas cuando se trataba de la caja de los bastaixos.
El cura introdujo los dineros en la caja y anotó en el libro la incidencia sucedida durante la noche. Había amanecido y ya se había ido a avisar a un cerrajero para que recompusiera las tres cerraduras; todos tenían que esperar hasta que se volviera a cerrar la caja.
El padre Albert apoyó un brazo en el hombro de Arnau. Sólo entonces lo recordó sentado bajo el cadáver de Bernat, que colgaba de una soga. Apartó de su mente el fuego. ¡Sólo era un niño! Miró hacia la Virgen. «Se hubiera podrido en la puerta de la ciudad -le dijo en silencio-; ¡qué más da, pues! Sólo es un muchacho que ahora no tiene nada; ni padre, ni trabajo con el que alimentarse…»