Arnau pasaba cabizbajo junto a nobles y mercaderes. Él sólo acarreaba piedra, y se arrodillaba ante su Virgen para rogarle que lo librara de aquella araña que lo perseguía.
Cuando finalizaron los oficios religiosos, Barcelona entera se dirigió hacia el puerto. Allí estaba Pedro III, ataviado para la guerra y rodeado por sus barones. Mientras el infante don Jaime, conde de Urgel, permanecía en Cataluña a fin de defender las fronteras del Ampurdán, Besalú y Camprodon lindantes con los condados peninsulares del rey de Mallorca, los demás partirían con el rey a la conquista de la isla: el infante don Pedro, senescal de Cataluña; mosén Pere de Monteada, almirante de la flota; Pedro de Eixèrica y Blasco de Alagó; Gonzalo Diez de Árenos y Felipe de Castre; el padre Joan de Arbórea; Alfonso de Llòria; Galvany de Anglesola; Arcadic de Mur; Arnau d'Erül; el padre Gonzalvo García; Joan Ximénez de Urrea, y muchos otros nobles personajes y caballeros, dispuestos para la guerra junto con sus tropas y respectivos vasallos.
Maria, que se encontró con Arnau fuera de la iglesia, los señaló, gritando, y lo obligó a seguir la dirección de su dedo.
– ¡El rey! El rey, Arnau. Míralo. ¡Qué porte! ¿Y su espada?, ¡menuda espada! Y aquel noble. ¿Quién es, Arnau? ¿Lo conoces? Y los escudos, las armaduras, los pendones…
Maria arrastró a Arnau de un extremo a otro de la playa hasta que llegaron a Framenors. Allí, apartados de nobles y soldados, un numerosísimo grupo de hombres, sucios y desharrapados, sin l escudos ni armaduras, sin espadas, vestidos sólo con una camisa larga y raída, polainas y gorros de cuero, estaban embarcando ya en los leños que los llevarían a las naves.
¡Aquellos hombres sólo iban armados con un machete y una lanza!
– ¿ La Compañía? -preguntó Maria a su esposo.
– Sí. Los almogávares.
Los dos se sumaron al silencioso respeto con que los ciudadanos de Barcelona observaban a los mercenarios contratados por el rey Pedro. ¡Los conquistadores de Bizancio! Hasta los niños y las mujeres, impresionados por las espadas y armaduras de los nobles, como le había sucedido a Maria, los miraban con orgullo. Luchaban a pie y a pecho descubierto, confiando única y exclusivamente en su destreza y habilidad. ¿Quién iba a reírse de su indumentaria, de sus camisas o de sus armas?
Lo habían hecho los sicilianos, le habían contado a Arnau: se habían reído de ellos en el campo de batalla. ¿Qué resistencia podían oponer unos desharrapados contra nobles a caballo? Sin embargo, los almogávares los derrotaron y conquistaron la isla. Lo hicieron también los franceses; la historia se contaba por toda Cataluña, allá donde cualquiera quisiera escucharla. Arnau la había oído en varias ocasiones.
– Dicen -le susurró a Maria- que unos caballeros franceses apresaron a un almogávar y lo llevaron a presencia del príncipe Carlos de Salerno, quien lo insultó tachándolo de miserable, pobre y salvaje y se burló de las tropas catalanas.- Ni Arnau ni Maria apartaban la mirada de los mercenarios, que continuaban subiendo a los leños de los barqueros-. Entonces, el almogávar, en presencia del príncipe y sus caballeros, retó al mejor de sus hombres. Él lucharía a pie, armado tan sólo con su lanza; el francés a caballo, con todo su armamento. -Arnau calló unos instantes, pero Maria se volvió hacia él instándolo a continuar-. Los franceses se rieron del catalán, pero aceptaron el desafío. Partieron todos hacia un campo cercano al campamento francés. Allí, el almogávar venció a su oponente tras matar al caballo y aprovecharse de la falta de agilidad del caballero en la lucha a pie. Cuando se disponía a degollarlo, Carlos de Salerno le concedió la libertad.
– Es cierto -añadió alguien a sus espaldas-. Luchan como verdaderos demonios.
Arnau notó cómo Maria se arrimaba a él y le cogía del brazo con fuerza, sin apartar la mirada de los mercenarios. «¿Qué buscas, mujer? ¿Protección? ¡Si supieras! Ni siquiera soy capaz de enfrentarme a mis debilidades. ¿Crees que alguno de ellos te haría más daño del que te estoy haciendo yo? Luchan como demonios.» Arnau los miró: hombres que partían a la guerra contentos, alegres, dejando atrás sus familias. ¿Por qué…, por qué no podía hacer él lo mismo?
El embarque de los hombres se alargó durante horas. Maria se fue a casa y Arnau terminó vagando por la playa, entre la gente; se encontró aquí y allá a algunos compañeros.
– ¿A qué tanta prisa? -le preguntó a Ramon, señalando las barcas que iban y venían sin cesar, llenas a rebosar de soldados-. Hace buen tiempo. No parece que pueda levantarse un temporal.
– Ya lo verás -le contestó Ramon.
En aquel instante se oyó el primer relincho; pronto se sumaron centenares de ellos. Los caballos habían estado esperando fuera de las murallas y ahora les tocaba embarcar. De las siete cocas destinadas al transporte de animales, algunas ya estaban llenas de caballos, aquellas que habían arribado junto a los nobles de Valencia o que se habían embarcado en los puertos de Salou, Tarragona o del norte de Barcelona.
– Vamonos de aquí -lo instó Ramon-; esto se va a convertir en un verdadero campo de batalla.
Justo cuando abandonaban la playa, llegaron los primeros animales de la mano de sus palafreneros. Enormes caballos de guerra que coceaban, piafaban y mordían, mientras sus cuidadores luchaban por controlarlos.
– Saben que van a la guerra -comentó Ramon, los dos guarecidos entre las barcas. -¿Lo saben?
– Claro. Siempre que embarcan es para ir a la guerra. Mira. -Arnau desvió la mirada hacia el mar. Cuatro cocas panzudas, con una quilla de poco calado, se acercaron todo lo que pudieron a la playa y abrieron las rampas de popa; éstas cayeron al agua y mostraron las entrañas de las embarcaciones-.Y los que no lo saben -continuó Ramon- se contagian de los demás.
Pronto la playa se llenó de caballos. Había centenares de ellos, todos grandes, fuertes y poderosos, caballos de guerra entrenados para el combate. Los palafreneros y escuderos corrían de un lado para otro tratando de sortear las coces y los mordiscos de los animales. Arnau vio a más de uno salir despedido por los aires o acabar coceado o pateado. La confusión era enorme y el ruido ensordecedor.
– ¿A qué esperan? -gritó Arnau.
Entonces Ramon volvió a señalar hacia las cocas.Varios escuderos, con el agua a la altura del pecho, llevaban algunos caballos hacia ellas.
– Ésos son los más expertos. Cuando estén dentro servirán de reclamo a la manada.
Así fue. Cuando los caballos llegaron al final de las rampas los escuderos los volvieron hacia la playa. Entonces, empezaron a relinchar frenéticamente.
Aquélla fue la señal.
La manada se metió en el agua levantando tanta espuma que durante unos instantes no se pudo ver nada. Detrás de ella y a los lados, encerrándola y dirigiéndola hacia las cocas, algunos expertos caballerizos hacían restallar los látigos. Los mozos habían perdido las riendas de sus caballos y la mayoría de los animales andaban sueltos por el agua, empujándose unos a otros. Durante un buen rato el caos fue totaclass="underline" gritos y restallar de látigos, animales relinchando y peleando por subir a las cocas y la gente animando desde la playa. Luego la tranquilidad volvió a reinar en el puerto. Cuando los caballos estuvieron cargados en las cocas se izaron las rampas de popa y las panzudas naves estuvieron listas.
La galera del almirante Pere de Monteada dio la orden de partir y los ciento diecisiete barcos empezaron a navegar. Arnau y Ramon volvieron a pie de playa.
– Allá van -comentó Ramon-, a conquistar Mallorca.
Arnau asintió en silencio. Sí, allá iban. Solos, dejando atrás sus problemas y sus miserias. Despedidos como héroes, con la mente en la guerra, sólo en la guerra. ¡Cuánto daría él por estar a bordo de una de esas galeras!