– ¿Qué propones?
– ¿Qué es lo que deseas?
– Ya lo sabes: ¡su ruina!
– Según dicen, Grau es ya un anciano y sus negocios los llevan sus hijos y su esposa. ¡Imagínate! Sus finanzas están en un equilibrio precario; si les fallase alguna operación, todo se desmoronaría y no podrían hacer frente a sus compromisos. Lo perderían todo.
– Compra sus deudas. -Arnau habló fríamente, sin mover un solo músculo de su cuerpo-. Hazlo con discreción. Quiero ser su acreedor y no quiero que se enteren. Haz que falle una de sus operaciones… No, una no -se corrigió-, ¡todas! -gritó, golpeando la mesa tan fuerte que temblaron hasta los libros-.Todas las que puedas -añadió en voz baja-. No quiero que se me escapen.
20 de septiembre de 1355
Puerto de Barcelona
El rey Pedro III, al mando de su flota, arribó victorioso a Barcelona tras la conquista de Cerdeña. Toda Barcelona acudió a recibirlo. Desembarcó, entre el fervor popular, por un puente de madera alzado sobre el mar frente al convento de Framenors.Tras él, nobles y soldados desembarcaron en una Barcelona vestida de fiesta para celebrar la victoria sobre los sardos.
Arnau y Guillem cerraron la mesa y acudieron a recibir a la armada. Después, con Mar, se sumaron a los festejos que la ciudad había preparado en honor del rey; rieron, cantaron y bailaron, escucharon historias, comieron dulces y cuando el sol empezaba a ponerse y la noche de septiembre a refrescar, volvieron a casa.
– ¡Donaha! -gritó Mar cuando Arnau abrió la puerta.
La joven entró en su casa, contenta por la fiesta, y siguió llamando a Donaha a gritos, pero al llegar al umbral de la cocina se detuvo en seco. Arnau y Guillem se miraron. ¿Qué ocurría? ¿Le habría pasado algo a la esclava?
Corrieron a su vez.
– ¿Qué…? -empezó a preguntar Arnau por encima del hombro de Mar.
– No creo que estos gritos sean los más adecuados para recibir a un pariente al que hace tiempo que no ves, Arnau -dijo una voz masculina no del todo desconocida.
Arnau había empezado a apartar a Mar, pero se quedó con la mano sobre su hombro.
– ¡Joan! -logró gritar al cabo de unos segundos.
Mar vio cómo Arnau se acercaba, con los brazos abiertos y balbuceando, a aquella figura de negro que la había asustado. Guillem abrazó a la muchacha junto al quicio de la puerta.
– Es su hermano -le susurró.
Donaha estaba escondida en un rincón de la cocina.
– ¡Dios! -exclamó Arnau al abrazar a Joan-. ¡Dios! ¡Dios! ¡Dios! -continuó diciendo mientras lo levantaba en volandas, una y otra vez.
Joan logró separarse de Arnau, sonriente.
– Me partirás en dos…
Pero Arnau no lo escuchó.
– ¿Por qué no me has avisado? -le preguntó, cogiéndole esta vez de los hombros-. Deja que te vea. ¡Has cambiado! -Trece años, intentó decir Joan, pero Arnau no le dejó-. ¿Cuánto hace que estás en Barcelona?
– He venido…
– ¿Por qué no me has avisado?
Arnau zarandeaba a su hermano a cada pregunta.
– ¿Vuelves para quedarte? Di que sí. ¡Por favor!
Guillem y Mar no pudieron evitar una sonrisa. El fraile los vio sonreír.
– ¡Basta! -gritó, separándose de Arnau un paso-. Basta. Me matarás.
Arnau aprovechó la distancia para examinarlo. Sólo los ojos pertenecían al Joan que había abandonado Barcelona: vivos, brillantes; por lo demás estaba casi calvo, delgado y demacrado… y ese hábito negro que le colgaba de los hombros lo hacía todavía más tétrico. Tenía tres años menos que él, pero parecía mucho mayor.
– ¿No comías? Si no tenías suficiente con el dinero que te mandaba…
– Sí -lo interrumpió Joan-, más que suficiente. Tu dinero ha servido para alimentar… mi espíritu. Los libros son muy caros, Arnau.
– Haberme pedido más.
Joan hizo un gesto con la mano y se sentó a la mesa, de cara a Guillem y Mar.
– Bien, preséntame a tu ahijada. Observo que ha crecido desde tu última carta.
Arnau hizo una seña a Mar y ésta se acercó a Joan. La chica bajó la mirada, turbada ante la severidad que se leía en los ojos del sacerdote. Cuando el fraile dio por finalizado su examen, Arnau le presentó a Guillem.
– Guillem -dijo Arnau-.Ya te he hablado mucho de él en mis cartas.
– Sí. -Joan no hizo ademán de alargar la mano y Guillem retiró la que había adelantado hacia él-. ¿Cumples con tus obligaciones cristianas? -le preguntó.
– Sí…
– Fra Joan -añadió Joan.
– Fra Joan -repitió Guillem.
– Aquélla es Donaha -intervino rápidamente Arnau.
Joan asintió sin siquiera mirarla.
– Bien -dijo dirigiéndose a Mar e indicándole con la mirada que podía sentarse-, eres la hija de Ramon, ¿verdad? Tu padre fue un gran hombre, trabajador y cristiano temeroso de Dios, como todos los bastaixos. -Joan miró a Arnau-. He rezado mucho por él desde que Arnau me dijo que había muerto. ¿Qué edad tienes, muchacha?
Arnau ordenó a Donaha que sirviera la cena y se sentó a la mesa. Entonces, se dio cuenta de que Guillem seguía de pie, alejado de ella, como si no se atreviera a sentarse ante el nuevo invitado.
– Siéntate, Guillem -le pidió-. Mi mesa es la tuya.
Joan no se inmutó.
La cena transcurrió en silencio. Mar estaba inusualmente callada, como si la presencia de aquel recién llegado le hubiera quitado la espontaneidad. Joan, por su parte, comió frugalmente.
– Cuéntame, Joan -le dijo Arnau cuando terminaron-. ¿Qué ha sido de ti? ¿Cuándo has vuelto?
– He aprovechado el regreso del rey. Tomé un barco hasta Cerdeña cuando me enteré de la victoria y desde allí hasta Barcelona.
– ¿Has visto al rey?
– No me ha recibido.
Mar pidió permiso para retirarse. Guillem la imitó. Ambos se despidieron de fra Joan. La conversación se prolongó hasta la madrugada; alrededor de una botella de vino dulce, los dos hermanos recuperaron los trece años de separación.
37
Para tranquilidad de la familia de Arnau, Joan decidió trasladarse al convento de Santa Caterina.
– Ése es mi lugar -le dijo a su hermano-, pero vendré a visitaros todos los días.
Arnau, a quien no se le había escapado que tanto su ahijada como Guillem se habían sentido algo incómodos durante la cena de la noche anterior, no insistió más de lo estrictamente necesario.
– ¿Sabes qué me ha dicho? -le susurró a Guillem al mediodía, después de comer, cuando todos se levantaban de la mesa. Guillem acercó el oído-. ¿Que qué hemos hecho para casar a Mar?
Guillem, sin cambiar de postura, miró a la muchacha, que estaba ayudando a Donaha a recoger la mesa. ¿Casarla? Pero si sólo era… ¡Una mujer! Guillem se volvió hacia Arnau. Ninguno de los dos la había mirado jamás como lo hacían ahora.
– ¿Dónde ha ido nuestra niña? -le susurró Arnau a su amigo.
Los dos miraron de nuevo a Mar: ágil, bella, serena y segura.
Entre escudilla y escudilla, Mar los miró también a ellos durante un instante.
Su cuerpo mostraba ya la sensualidad de una mujer; sus curvas se marcaban con claridad y sus pechos destacaban bajo la camisa. Tenía catorce años.
Mar volvió a mirarlos y los vio embobados. En esta ocasión no sonrió; pareció azorarse pero fueron sólo unos instantes.
– ¿Qué miráis vosotros dos? -les espetó-. ¿Acaso no tenéis nada que hacer? -añadió de pie frente a ambos, seria.
Los dos asintieron a la vez. No cabía duda: se había convertido en una mujer.
– Tendrá la dote de una princesa -le comentó Arnau a Guillem, ya en la mesa de cambios-. Dinero, ropa y una casa…, no, ¡un palacio! -Bruscamente, se volvió hacia su amigo-. ¿Qué hay de los Puig?