– No -contestó éste riendo-, no quiero pensar lo que les hará a esos aprendices.
Esa noche nada tuvo que ver con la anterior. Arnau y Guillem se pusieron a atender a los muchos heridos del ballenero, a curarlos y a ayudarlos a bajar hasta las barcas que debían llevarlos a tierra. Hasta el ballenero sí que llegaban las flechas de los castellanos. Un nuevo contingente de soldados abordó la nave y cuando ya casi había transcurrido la noche intentaron descansar un poco para la nueva jornada.
La primera luz volvió a despertar las gargantas de los catalanes, y los gritos, los insultos y las risas atronaron de nuevo en el puerto de Barcelona.
Arnau había agotado sus saetas y junto a Guillem, a resguardo, se dedicó a contemplar la batalla.
– Mira -le dijo su amigo señalando las galeras castellanas-, se están acercando mucho más que ayer.
Era cierto. El rey de Castilla había decidido terminar cuanto antes con la mofa de los catalanes y se dirigía directamente hacia el ballenero.
– Diles que dejen de reírse -comentó Guillem con la vista fija en las galeras castellanas que se acercaban.
Pedro III se aprestó a defender el ballenero y se acercó a él tanto como las tasques se lo permitieron. La nueva batalla se libró junto a Guillem y Arnau; casi podían tocar la galera real y distinguían con claridad al rey y a sus caballeros.
Las dos galeras se pusieron de costado, cada una a un lado de las tasques. Los castellanos dispararon unos trabucos que llevaban montados a proa. Arnau y Guillem se volvieron hacia la galera real. No había daños. El rey y sus hombres seguían en cubierta y la nave no parecía afectada por los disparos.
– ¿Eso es una bombarda? -preguntó Arnau señalando el cañón hacia el que se dirigió Pedro III.
– Sí -contestó Guillem.
Había visto cómo la subían a la galera mientras el rey preparaba su flota creyendo que los castellanos pensaban atacar Mallorca.
– ¿Una bombarda en un barco?
– Sí -volvió a contestar Guillem.
– Debe de ser la primera vez que se arma una galera con una bombarda -dijo Arnau, con la atención puesta en las órdenes que el rey estaba dando a sus artilleros-; nunca había visto…
– Yo tampoco…
Su conversación se vio interrumpida por el estruendo que hizo la bombarda tras disparar una gran piedra. Los dos se volvieron hacia la galera castellana.
– ¡Bravo! -gritaron al unísono cuando la piedra desarboló la nave.
Todos los barcos catalanes vitorearon el disparo.
El rey ordenó que cargasen la bombarda de nuevo. La sorpresa y la caída del mástil impidieron que los castellanos contestaran al fuego con sus trabucos. El siguiente disparo acertó de lleno en el castillo de la nave y la destrozó.
Los castellanos empezaron a apartarse de las tasques.
El constante escarnio y la bombarda de la galera real hicieron recapacitar al castellano y al cabo de un par de horas ordenó a su flota que abandonara el asedio y se dirigiese hacia Ibiza.
Desde cubierta, Arnau y Guillem observaron junto a varios oficiales del rey la retirada de la armada castellana. Las campanas de la ciudad empezaron a repicar.
– Ahora tendremos que desencallar este barco -comentó Arnau.
– Ya lo haremos nosotros -oyó a sus espaldas. Arnau se volvió y se encontró con un oficial que acababa de abordar el ballenero-. Su majestad os espera en la galera real.
El rey había tenido dos noches enteras para enterarse de quién era Arnau Estanyol. «Rico -le dijeron los consejeros de Barcelona-, inmensamente rico, majestad.» El rey asentía con poco interés a cada comentario que sobre Arnau le hacían los consejeros: su etapa como bastaix, su lucha a las órdenes de Eiximèn d'Esparça, su devoción por Santa María. Sin embargo, sus ojillos se abrieron al oír que era viudo. «Rico y viudo -pensó el monarca-; si nos libramos de ésta…»
– Arnau Estanyol -lo presentó en voz alta uno de los camarlengos del rey-. Ciudadano de Barcelona.
El rey, sentado en una silla en cubierta, estaba flanqueado por multitud de nobles, caballeros consejeros y prohombres de la ciudad que se habían acercado a la galera real tras la retirada de los castellanos. Guillem se quedó junto a la borda, detrás de quienes rodeaban a Arnau y al rey.
Arnau hizo amago de hincar la rodilla en tierra, pero el rey le ordenó que se levantase.
– Estamos muy satisfechos de vuestra acción -habló el rey-; vuestra osadía e inteligencia han sido cruciales para ganar esta batalla.
El rey calló y Arnau dudó. ¿Debía hablar o esperar? Todos los presentes tenían la vista puesta en él.
– Nosotros -continuó el monarca-, en agradecimiento a vuestra acción, deseamos favoreceros con nuestra gracia.
¿Y ahora? ¿Debía hablar? ¿Qué gracia podía concederle el rey? Ya tenía todo cuanto podía desear…
– Os concedemos en matrimonio a nuestra pupila Elionor, a quien dotamos con las baronías de Granollers, Sant Vicenç dels Horts y Caldes de Montbui.
Todos los presentes murmuraron; algunos aplaudieron. ¡Matrimonio! ¿Había dicho matrimonio? Arnau se volvió en busca de Guillem pero no logró encontrarlo. Los nobles y caballeros le sonreían. ¿Había dicho matrimonio?
– ¿No estáis contento, señor barón? -preguntó el rey al verlo con la cabeza vuelta.
Arnau se volvió hacia el rey. ¿Señor barón? ¿Matrimonio? ¿Para qué quería él todo eso? Nobles y caballeros cañaron ante el silencio de Arnau. El rey lo atravesaba con la mirada. ¿Elionor había dicho? ¿Su pupila? ¡No podía…, no debía desairar al rey!
– No…, quiero decir, sí, majestad -titubeó-. Os agradezco vuestra gracia.
– Sea, pues.
Pedro III se levantó y su corte se cerró a su alrededor. Algunos palmearon la espalda de Arnau al pasar junto a él y le felicitaron con frases que le resultaron ininteligibles. Arnau se quedó solo, allí donde antes había estado rodeado de gente. Se volvió hacia Guillem, que seguía acodado en la borda.
Desde donde estaba, Arnau abrió las manos, pero el moro le contestó gesticulando hacia el rey y su corte, y las escondió con rapidez.
La llegada de Arnau a la playa fue tan celebrada como la del mismo rey. La ciudad entera se abalanzó sobre él y fue de mano en mano, de uno a otro, recibiendo felicitaciones, palmadas y apretones de mano. Todo el mundo quería acercarse al salvador de la ciudad, pero Arnau no lograba reconocer ni oír a nadie. Ahora que todo le iba bien, que era feliz, el rey había decidido casarlo. Los barceloneses lo acompañaron, apretujados contra él, desde la playa a su mesa de cambio y cuando entró, permanecieron frente a la entrada, coreando su nombre, gritando sin cesar.
En cuanto entró, Mar se lanzó en sus brazos. Guillem ya había llegado y estaba sentado en una silla; no había contado nada. Joan, que también había acudido a la mesa, le observaba con su taciturno aspecto habitual.
Mar se quedó sorprendida cuando Arnau, quizá con más fuerza de la que hubiera querido, se desembarazó de su abrazo. Joan fue a felicitarlo pero Arnau tampoco le hizo caso. Al final, se dejó caer en una silla, junto a Guillem. Los demás lo miraban sin atreverse a decir nada.
– ¿Qué te pasa? -se atrevió a preguntar al fin Joan.
– ¡Que me casan! -gritó Arnau, levantando los brazos por encima de la cabeza-. El rey ha decidido convertirme en barón y casarme con su pupila. ¡Ése es el favor que me hace por ayudarle a salvar su capital! ¡Casarme!
Joan pensó unos instantes, ladeó la cabeza y sonrió.
– ¿Por qué te quejas? -le preguntó.
Arnau lo miró de reojo. A su lado, Mar había empezado a temblar. Sólo la vio Donaha, en la puerta de la cocina, que acudió rauda a ayudarla a mantenerse en pie.
– ¿Qué es lo que te disgusta? -insistió Joan. Arnau siquiera lo miró. Mar sintió la primera arcada tras oír las palabras del fraile-. ¿Qué hay de malo en que contraigas matrimonio? Y con la pupila del rey. Te convertirás en barón de Cataluña.