Pasado el Cinturón Industrial, en la carretera, ya en los terrenos baldíos ocupados por las chabolas, se ve un camión quemado. No hay señales de la mercancía que transportaba, salvo unos dispersos y ennegrecidos restos de cajas sin marbetes sobre el contenido y la procedencia. O la carga ardió con el camión, o consiguieron retirarla antes de que el fuego se intensificara. El suelo está mojado alrededor, lo que demuestra que los bomberos acudieron al siniestro, pero, por lo visto, llegaron tarde, dado que el camión ardió entero. Estacionados delante hay dos coches de la policía de tráfico, al otro lado de la carretera un vehículo militar de transporte de soldados. El alfarero redujo la velocidad para ver mejor lo que había sucedido, pero los policías, desagradables, mal encarados, le ordenaron que avanzase inmediatamente, apenas tuvo tiempo de preguntar si había muerto alguien, pero no le hicieron caso. Siga, siga, gritaban, y hacían gestos violentos con los brazos. Fue entonces cuando Cipriano Algor miró al lado y reparó en que había soldados moviéndose entre las chabolas. Por culpa de la velocidad no consiguió vislumbrar mucho más que esto, salvo que parecían estar haciendo salir de las casas a sus inquilinos. Era evidente que esta vez los asaltantes no se contentaron con saquear. Por algún motivo ignorado, nunca tal había sucedido antes, prendieron fuego al camión, tal vez el conductor hubiese resistido la violencia del robo de igual a igual, o fueron los grupos organizados de las chabolas los que decidieron cambiar de estrategia, aunque cueste comprender qué demonio de provecho esperan sacar de una acción violenta como esta que, por el contrario, sólo servirá para justificar acciones igualmente violentas de las autoridades, Que yo sepa, pensó el alfarero, es la primera vez que el ejército entra en los barrios de chabolas, hasta ahora las redadas siempre eran cosa de la policía, incluso los barrios contaban con ellas, los agentes llegaban, unas veces hacían preguntas, otras veces no, se llevaban detenidos a dos o tres hombres, y la vida continuaba como si nada fuese, más pronto o más tarde los presos acababan reapareciendo. El alfarero Cipriano Algor va olvidado de la vecina Isaura Estudiosa, esa a quien le ofreció un cántaro, y del jefe del departamento de compras del Centro, ese a quien no sabe si podrá convencer del atractivo estético de las figuras, su pensamiento está todo entregado a un camión que las llamas calcinaron hasta tal punto que ni vestigios quedaron de la carga que llevaba, si la llevaba. Si, si. Repitió la conjunción como quien, después de haber tropezado con una piedra, retrocede para volver a tropezar con ella, como si la golpeara una y otra vez a la espera de ver saltar de dentro una centella, pero la centella no se decidía a aparecer, ya Cipriano Algor había gastado en este pensar unos buenos tres kilómetros y casi desistía, ya Isaura Estudiosa se preparaba para disputar el terreno al jefe del departamento, cuando de súbito la chispa saltó, la luz se hizo, el camión no lo quemó la gente de las chabolas, fue la propia policía, era un pretexto para la intervención del ejército, Me apuesto la cabeza a que ha pasado esto, murmuró el alfarero, y entonces se sintió muy cansado, no por haber forzado demasiado la mente, sino por comprobar que el mundo es así, que las mentiras son muchas y las verdades ninguna, o alguna, sí, deberá de andar por ahí, pero en cambio continuo, tanto que no nos da tiempo a pensar en ella en cuanto verdad posible porque tendremos que averiguar primero si no se tratará de una mentira probable. Cipriano Algor miró de reojo el reloj, si lo que pretendía saber era la hora, de nada le sirvió el gesto, porque, habiendo sido hecho inmediatamente después del debate entre la probabilidad de las mentiras y la posibilidad de las verdades, fue como si hubiese estado a la espera de encontrar su conclusión en la disposición de las manillas, un ángulo recto que significaría sí, un ángulo agudo que antepondría un prudente tal vez, un ángulo obtuso diciendo rotundamente no, un ángulo llano es mejor que no pienses más en eso. Cuando, a continuación, volvió a mirar la esfera, las manillas sólo marcaban horas, minutos y segundos, se habían convertido nuevamente en auténticas, funcionales y obedientes manillas de reloj, Voy a tiempo, dijo, y era cierto, iba a tiempo, a fin de cuentas es como vamos siempre, a tiempo, con el tiempo, en el tiempo, y nunca fuera del tiempo, por mucho que de eso nos acusen. Estaba ahora en la ciudad, circulaba por la avenida que lo conducía al destino, delante, más rápido que la furgoneta, corría el pensamiento, jefe del departamento de compras, jefe del departamento, jefe de compras, Isaura Estudiosa, la pobre, se había quedado atrás. Al fondo, en la alta pared oscura que cortaba el camino, se veía una enorme valla blanca, rectangular, donde en letras de un azul brillante e intenso se leían de un lado a otro estas palabras, VIVA SEGURO, VIVA EN EL CENTRO. Debajo, colocada en el extremo derecho se distinguía también una línea breve, sólo dos palabras, en negro, que los ojos miopes de Cipriano Algor a esa distancia no conseguían descifrar, aunque no merecen menos consideración que las del mensaje grande, podríamos, si quisiéramos, designarlas complementarias, pero nunca meramente dependientes, PIDA INFORMACIÓN, era lo que aconsejaban. La valla aparece de vez en cuando, repitiendo las mismas palabras, sólo variables en el color, algunas veces exhibiendo imágenes de familias felices, el marido de treinta y cinco, la esposa de treinta y tres, un hijo de once años, una hija de nueve, y también, aunque no siempre, un abuelo y una abuela de albos cabellos, pocas arrugas y edad indefinida, todos obligando a sonreír a las respectivas dentaduras, perfectas, blancas, resplandecientes. A Cipriano Algor le pareció un mal augurio la invitación, ya estaba oyendo al yerno anunciando, por centésima vez, que vivirían en el Centro en cuanto llegase su ascenso a guarda residente, Todavía acabamos los tres en un cartel de ésos, pensó, como pareja joven tendrían a Marta y al marido, el abuelo sería yo si fuesen capaces de convencerme, abuela no hay, murió hace tres años, por ahora faltan los nietos, pero en su lugar podríamos poner a Encontrado en la fotografía, un perro siempre queda bien en los anuncios de familias felices, por muy extraño que parezca, tratándose de un irracional, confiere un toque sutil, aunque fácilmente reconocible, de superior humanidad. Cipriano Algor giró la furgoneta hacia la calle de la derecha, paralela al Centro, mientras iba pensando que no, que no podría ser, que en el Centro no aceptan perros ni gatos, quizá pájaros enjaulados, periquitos, canarios, jilgueros, picos de coral, y sin duda peces de acuario, sobre todo si son tropicales, de esos que tienen muchas aletas, gatos no, y perros todavía menos, era lo que nos faltaba, abandonar otra vez a Encontrado, con una vez es suficiente, en este momento se entrometió en el pensamiento de Cipriano Algor la imagen de Isaura Estudiosa junto al muro del cementerio, después con el cántaro apretado contra el pecho, después diciendo adiós desde la puerta, pero así como apareció tuvo que desaparecer, ya ve enfrente la entrada del piso subterráneo donde se dejan las mercancías y donde el jefe del departamento de compras comprueba los albaranes y las facturas y decide acerca de lo que entra y no entra.