Al perro Encontrado no le gustó Marcial. Era tanto lo que había que contar, tantas las novedades, tantos los altos y bajos de esperanza y de ánimo vividos en estos días, que a Cipriano Algor no se le ocurrió, durante el camino entre el Centro y la alfarería, hablarle al yerno de la misteriosa aparición del animal y sus consiguientes singularidades de comportamiento. Se impone, sin embargo, por amor a la verdad, avivado por el escrúpulo del narrador, no dejar sin mención un único y veloz afloramiento del inopinado episodio a la memoria omisa del alfarero, que no consiguió desarrollarse porque Marcial, con más que justificado pesar, interrumpió el relato del suegro para preguntarle por qué endemoniada razón ni a él ni a Marta se les había ocurrido informarle de lo que estaba sucediendo en casa, la idea de los muñecos, los diseños, los experimentos de modelado, Incluso parece que no existo para ustedes, comentó con amargura. Pillado en falta, Cipriano Algor hilvanó una explicación en que participaba el nerviosismo y la concentración de toda creación artística, la ninguna amabilidad con que el mandado de turno del teléfono solía atender las llamadas de los parientes de los guardas que vivían fuera del Centro, y, finalmente, unas cuantas palabras decorativas, medio atropelladas, para acabar de llenar y rematar el discurso. Felizmente, la vista del camión quemado contribuyó a desviar las atenciones de una discrepancia capaz de convertirse en querella familiar, que adelantémoslo, de amenaza no pasará, aunque Marcial Gacho haga intención de retomar el asunto cuando se encuentre a solas con su mujer, en el dormitorio y con la puerta cerrada. Con desahogo visible, Cipriano Algor dejó a un lado las figuras de barro para exponerle las sospechas que el incendio había hecho nacer en su espíritu, posición esta que Marcial, todavía molesto por la desconsideración de que fuera víctima, contestó con cierta brusquedad en nombre de la deontología, de la conciencia ética y de la limpieza de procesos que, por definición, siempre han distinguido a las fuerzas armadas, en general, y a las autoridades administrativas y policiales, en particular. Cipriano Algor encogió los hombros, Dices eso porque eres guarda del Centro, si fueras tú un paisano como yo, verías las cosas de otra manera, El hecho de que sea guarda del Centro no hace de mí un policía o un militar, respondió Marcial, secamente, No lo hace, pero te quedas cerca, en la frontera, Ahora está obligado a decirme si le avergüenza que un guarda del Centro esté aquí a su lado, en su furgoneta, respirando el mismo aire. El alfarero no respondió en seguida, se arrepentía de haber cedido otra vez al estúpido y gratuito apetito de irritar al yerno, Por qué hago esto, se preguntó a sí mismo, como si no estuviese harto de conocer la respuesta, este hombre, este Marcial Gacho quería quitarle a la hija, verdaderamente se la quitó cuando se casó con ella, se la quitó sin remedio ni retorno, Aunque, cansado de decir no, acabe yéndome a vivir con ellos al Centro, pensó. Después, hablando lentamente, como si tuviese que arrastrar cada palabra, dijo, Perdona, no quería ofenderte ni ser desagradable contigo, a veces no puedo evitarlo, es como si fuera más fuerte que yo, y no vale la pena que me preguntes por qué, no te respondería, o te diría mentiras, pero hay razones, si las buscamos las encontramos siempre, razones para explicar cualquier cosa nunca faltan, incluso no siendo las ciertas, son los tiempos que mudan, son los viejos que cada hora que pasa envejecen un día, es el trabajo que deja de ser lo que había sido, y nosotros que sólo podemos ser lo que fuimos, de repente descubrimos que ya no somos necesarios en el mundo, si es que alguna vez lo fuimos, pero creer que lo éramos parecía bastante, parecía suficiente, y era en cierta manera eterno, durante el tiempo que la vida durase, que eso es la eternidad, nada más que eso. Marcial no habló, sólo puso la mano izquierda sobre la mano derecha del suegro, que sostenía el volante. Cipriano Algor tragó en seco, miró la mano que, suave, pero firme, parecía querer proteger la suya, la cicatriz torcida y oblicua que dilaceraba la piel de un lado a otro, marca última de una quemadura brutal que no se sabe por qué misteriosa circunstancia no llegó a alcanzar las venas subyacentes. Inexperto, inhábil, Marcial había querido echar una mano en la alimentación del horno, quedar bien ante la joven que era su novia desde hacía pocas semanas, quizá más ante el padre, demostrarle que era un hombre hecho, cuando en realidad apenas acababa de salir de la adolescencia y la única cosa de la vida y del mundo acerca de la cual creía saber todo lo que hay que saber era que quería a la hija del alfarero. A quien por estas certidumbres pasó algún día, no le costará imaginar qué entusiásticos sentimientos eran los suyos mientras arrastraba, rama tras rama, la lefia del cobertizo, y luego la empujaba horno adentro, qué supremo premio habrían sido para él en aquellos momentos la sorpresa encantada de Marta, la sonrisa benévola de la madre, la mirada seria y rotundamente aprobadora del padre. Y de súbito, sin que se llegase a entender por qué, teniendo en cuenta que en la memoria de los alfareros nunca había sucedido tal cosa, una llamarada delgada, rápida y sinuosa como la lengua de una cobra irrumpió bufando desde la boca del horno, y fue a morder cruelmente la mano del muchacho, próxima, inocente, desprevenida. Ahí nació la sorda antipatía que la familia Gacho pasó a profesar a los Algores, no sólo imperdonablemente descuidados e irresponsables, sino, según el inflexible juicio de los Gachos, también descaradamente abusivos por haberse aprovechado de los sentimientos de un muchacho ingenuo para hacerlo trabajar de balde. No es sólo en aldeas apartadas de la civilización donde los apéndices cerebrales humanos son capaces de generar ideas así. Marta curó muchas veces la mano de Marcial, muchas veces la consoló y refrescó con su soplo, y tanto perseveró la voluntad de ambos que pasados unos años pudieron casarse, aunque no se unieron las familias. Ahora el amor de éstos parece estar adormecido, qué le vamos a hacer, debe de ser efecto natural del tiempo y de las ansiedades del vivir, mas si la sabiduría antigua todavía sirve para alguna cosa, si todavía puede ser de alguna utilidad en las ignorancias modernas, recordemos con ella, discretamente, para que no se rían de nosotros, que mientras haya vida, habrá esperanza. Sí, es cierto, por más espesas y negras que estén las nubes sobre nuestras cabezas, el cielo allá arriba estará permanentemente azul, pero la lluvia, el granizo y los rayos les caen siempre a los de abajo, verdaderamente no sabe una persona qué ha de pensar cuando tiene que hacerse entender con ciencias de éstas. La mano de Marcial ya se ha retirado, entre los hombres la costumbre es así, las demostraciones de afecto, para ser viriles, tienen que ser rápidas, instantáneas, hay quien afirma que esto se debe al pudor masculino, tal vez lo sea, pero reconózcase que mucho más de hombre, en la acepción completa de la palabra, habría sido, y por supuesto no menos viril, que Cipriano Algor detuviera la furgoneta para abrazar allí mismo al yerno y agradecerle el gesto con las únicas palabras merecidas, Gracias por haber puesto tu mano sobre la mía, esto era lo que debería haber dicho, y no estar aprovechándose ahora de la seriedad del momento para quejarse del ultimátum que le ha sido impuesto por el jefe del departamento de compras, Imagínate, darme quince días para retirar la loza, Quince días, Es verdad, quince días, y sin tener quien me ayude, Siento no poderle echar una mano, Claro que no puedes, ni tienes tiempo ni sería conveniente para tu carrera que se te vea de mozo de carga, pero lo peor es que no sé cómo me voy a librar de unos cacharros que ya nadie quiere, Todavía podrá vender algunas piezas, Para eso basta con las que tenemos en la alfarería, Pues entonces parece realmente complicado, Ya veremos, tal vez las deje por ahí, en el camino, La policía no lo va a permitir, Si esta tartana, en lugar de furgoneta, fuese uno de esos camiones que levantan la caja, sería facilísimo, un botoncito eléctrico y hala, en menos de un minuto estaría todo en la cuneta, Escaparía una vez o dos de la policía de carretera, pero acabarían por pillarlo in fraganti, Otra solución sería encontrar en el campo una cueva, no necesitaría ser muy honda, y meter todo ahí dentro, imagínate la gracia que tendría si dentro de mil o dos mil años pudiéramos presenciar los debates de los arqueólogos y los antropólogos sobre el origen y las razones de la presencia de tal cantidad de platos, tazas y ollas de barro, y su problemática utilidad en un sitio deshabitado como éste, Deshabitado, ahora, de aquí a mil o dos mil años no es imposible que la ciudad haya llegado hasta donde nos encontramos en este momento, observó Marcial. Hizo una pausa, como si las palabras que acababa de pronunciar hubiesen exigido que volviera a pensar en ellas, y, con el tono perplejo de quien, sin comprender cómo lo había conseguido, ha llegado a una conclusión lógicamente impecable, añadió, O el Centro. Ahora bien, sabiéndose que en la vida de este suegro y este yerno, la desafortunada cuestión del Centro ha sido de todo menos pacífica, es de extrañar que las consecuencias de la inesperada alusión del guarda interno Marcial Gacho se hayan quedado en eso, que la peligrosa frase O el Centro no hubiese disparado inmediatamente una nueva discusión, repitiéndose todos los desencuentros ya conocidos y el mismo rosario de recriminaciones sordas o explícitas. La razón de que ambos hayan permanecido silenciosos, suponiendo que sea posible, para quien, como nosotros, observa desde el lado de fuera, desvelar lo que, con toda probabilidad, ni para ellos está claro, es el hecho de que esas palabras constituyeron, en la boca de Marcial, sobre todo en el contexto en que fueron pronunciadas, una novedad absoluta. Se podrá decir que no es así, que, por el contrario, al admitir la posibilidad de que el Centro haga desaparecer en un día futuro, por imparable absorción territorial, los campos que la furgoneta ahora va atravesando, el guarda interno Marcial Gacho estaría subrayando, por su cuenta, y aplaudiendo, en su fuero interno, la potencia expansiva, tanto en el espacio como en el tiempo, de la empresa que le paga sus modestos servicios. La interpretación sería válida y liquidaría definitivamente la cuestión si no se hubiese producido aquella casi imperceptible pausa, si aquel instante de aparente suspensión del pensar no correspondiese, permítase la osadía de la propuesta, a la aparición de alguien simplemente capaz de pensar de otra manera. Si fue así, es fácil de comprender que Marcial Gacho no haya podido avanzar por el camino que se le abría, dado que ese camino estaba destinado a una persona que no era él. En cuanto al alfarero, ése lleva vividos años más que suficientes para saber que la mejor manera de hacer que una rosa muera es abrirla a la fuerza cuando todavía no pasa de ser una pequeña promesa de flor. Guardó, por tanto, en la memoria las palabras del yerno e hizo como que no se había dado cuenta de su verdadero alcance. No volvieron a hablar hasta que entraron en la aldea. Como de costumbre cuando traía del Centro al yerno, Cipriano Algor se detuvo ante la puerta de sus mal avenidos compadres, justo el tiempo para que Marcial entrara, diera un beso a la madre, y al padre, si estaba en casa, se informara de cómo andaban de salud desde la última vez y saliera después de haber dicho, Mañana vengo más despacio. En general, eran más que suficientes cinco minutos para que la rutina del sentimiento filial se cumpliese, el resto de las expansiones y lo más sustancial de las conversaciones quedaban para el día siguiente, unas veces almorzando, otras no, pero casi siempre sin la compañía de Marta. Hoy, sin embargo, los cinco minutos no bastaron, ni los diez, y fueron casi veinte los que tuvieron que consumirse antes de que Marcial reapareciese. Entró en la furgoneta bruscamente y cerró la puerta con fuerza. Tenía la cara seria, casi sombría, una expresión endurecida de adulto para la que la juventud de sus facciones todavía no estaba preparada. Has tardado mucho hoy, está alguien enfermo, algún problema en la familia, preguntó el suegro, solícito, No, no es nada grave, perdone que le haya obligado a esperar tanto, Vienes enfadado, No es nada grave, ya se lo he dicho, no se preocupe. Están casi llegando, la furgoneta gira a la izquierda para comenzar a subir la ladera que conduce a la alfarería, al cambiar de velocidad Cipriano Algor recuerda que ha pasado por donde vive Isaura Estudiosa sin haber pensado en ella, y es en este momento cuando un perro baja la cuesta corriendo y ladrando, segunda sorpresa que Marcial tiene hoy, o tercera, si la visita a los padres resultó ser la segunda. De dónde sale este perro, preguntó, Apareció por aquí hace unos días y dejamos que se quedara, es un animal simpático, le pusimos de nombre Encontrado, aunque, si lo pensamos bien, los encontrados somos nosotros, y no él. Cuando la furgoneta llegó al final de la rampa y se detuvo, unas cuantas cosas sucedieron simultáneamente, o con intervalos mínimos de tiempo, Marta apareció en la puerta de la cocina, el alfarero y el guarda interno salieron del coche, Encontrado gruñó, Marta vino hacia Marcial, Marcial fue hacia Marta, el perro dio un gruñido profundo, el marido abrazó a la mujer, la mujer abrazó al marido, luego se besaron, el perro dejó de gruñir y atacó una bota de Marcial, Marcial sacudió la pierna, el perro no soltó la presa, Marta gritó, Encontrado, el padre gritó lo mismo, el perro dejó la bota e intentó morder el tobillo, Marcial le dio un puntapié con intención pero sin demasiada violencia, Marta dijo, No le pegues, Marcial protestó, Me ha mordido, Es porque no te conoce, A mí no me conocen ni los perros, estas palabras terribles salieron de la boca de Marcial como si llorasen, dolor y queja insoportables cada una de ellas, Marta rodeó con las manos los hombros del marido, No repitas eso, claro que no lo repitió, no era necesario, hay ciertas cosas que se dicen una vez y nunca más, Marta oirá estas palabras dentro de su cabeza hasta el último día de su vida, y en cuanto a Cipriano Algor, si pretendiésemos saber lo que es