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Con apreciable y tranquilizadora unanimidad sobre el significado de la palabra, los diccionarios definen como ridículo todo cuanto se muestre digno de risa y chanza, todo lo que merezca escarnio, todo lo que sea irrisorio, todo lo que se preste a lo cómico. Para los diccionarios, la circunstancia parece no existir, aunque, obligatoriamente requeridos a explicar en qué consiste, la llamen estado o particularidad que acompaña a un hecho, lo que, entre paréntesis, claramente nos aconseja no separar los hechos de sus circunstancias y no juzgar unos sin ponderar otras. Sea pues ridículo de modo supino este Cipriano Algor que se extenúa bajando la pendiente de la cueva cargando en los brazos la indeseada loza en vez de simplemente lanzarla desde arriba a voleo, reduciéndola in continenti a cascotes, que fue como despreciativamente la clasificó al describirle a la hija los trámites y episodios de la traumática operación de transbordo. No hay, sin embargo, límites para el ridículo. Si algún día, como Marta presumió, un muchacho de la aldea rescata del amontonamiento y se lleva a casa un plato rajado, podremos tener la seguridad de que el inconveniente defecto ya venía del almacén, o quizá, por el inevitable entrechocar de los barros, provocado por las irregularidades de la carretera, se produjera durante el transporte desde el Centro hasta la cueva. Basta ver con qué precauciones baja Cipriano Algor el declive, con qué atención posa en el suelo las diferentes piezas de loza, cómo las coloca hermanas con hermanas, cómo las encaja cuando es posible y aconsejable, bastará ver la irrisoria escena que se ofrece ante nuestros ojos para afirmar que aquí no se ha partido ni un solo plato, ni una taza ha perdido su asa, ninguna tetera se ha quedado sin pico, la loza apilada cubre en filas regulares el recodo de suelo escogido, rodea los troncos de los árboles, se insinúa entre la vegetación baja, como si en algún libro de los grandes estuviese escrito que sólo de esta manera debería quedar ordenada hasta la consumación del tiempo y la improbable resurrección de los restos. Se diría que el comportamiento de Cipriano Algor es absolutamente ridículo, pero aun en este caso sería bueno que no olvidásemos la importancia decisiva del punto de vista, estamos refiriéndonos esta vez a Marcial Gacho que, en su visita a casa el día de descanso, y cumpliendo lo que normalmente se entiende como deberes elementales de solidaridad familiar, no sólo ayudó al suegro en la descarga de la loza, sino que también, sin dar ninguna muestra de extrañeza o de dudosa perplejidad, sin preguntas directas o rodeos, sin miradas irónicas o compasivas, siguió tranquilamente su ejemplo, llegando al extremo de, por iniciativa propia, ajustar un bamboleo peligroso, rectificar un alineamiento defectuoso, reducir una altura excesiva. Por tanto es natural esperar que, en caso de que Marta repita aquella peyorativa y desafortunada palabra que empleó en la conversación con el padre, su propio marido, gracias a la irrecusable autoridad de quien con sus ojos ha visto lo que había que ver, la corrija, No son escombros. Y si ella, a quien venimos conociendo como alguien que de todo necesita explicación y claridad insistiera en que sí señor, que son escombros, que es ése el nombre que desde siempre se ha dado a los detritus y materiales inútiles que se tiran en las hondonadas hasta llenarlas, excluida de esa designación las sobras humanas, que tienen otro nombre, ciertamente Marcial le dirá con su voz seria, No son escombros, yo estuve allí. Ni ridículo, añadiría, si la cuestión se presentase.

Cuando entraron en casa había, cada una en su género, dos novedades de bulto. El carpintero finalmente había entregado las cajas, y Marta leyó en su libro que, en caso de relleno por vía líquida, no es prudente esperar de un molde más de cuarenta copias satisfactorias, Quiere decir, dijo Cipriano Algor, que necesitaremos treinta moldes por lo menos, cinco para cada doscientos muñecos, será mucho trabajo antes y mucho trabajo después y no tengo seguridad de que con nuestra inexperiencia los moldes nos salgan perfectos, Cuándo calcula que habrá retirado toda la loza del almacén del Centro, preguntó Marta, Creo que no llegaré a necesitar la segunda semana entera, tal vez dos o tres días sean suficientes, La segunda semana es ésta, corrigió Marcial, Sí, segunda de las cuatro, pero primera del transporte, la tercera será la segunda de fabricación, explicó Marta, Con tanta confusión de semanas que no y de semanas que sí no me extraña que tú y tu padre andéis algo desnortados, Cada uno de nosotros por nuestras propias razones, yo, por ejemplo, estoy embarazada y todavía no me he acostumbrado a la idea, Y padre, Padre hablará por sí mismo, si quiere, No sufro peor desorientación que la de tener que fabricar mil doscientas figuras de barro y no saber si lo voy a conseguir, cortó Cipriano Algor. Estaban en la alfarería, alineadas en el tablero las seis figuras parecían aquello que dramáticamente eran, seis objetos insignificantes, más grotescos unos que otros por lo que representaban, pero todos iguales en su lancinante inutilidad. Para que el marido pudiese verlos, Marta había retirado los paños mojados que los envolvían, pero casi se arrepentía de haberlo hecho, era como si aquellos obtusos monigotes no mereciesen el trabajo que habían dado, aquel repetido hacer y deshacer, aquel querer y no poder, aquel experimentar y enmendar, no es verdad que sólo las grandes obras de arte sean paridas con sufrimiento y duda, también un simple cuerpo y unos simples miembros de arcilla son capaces de resistir a entregarse a los dedos que los modelan, a los ojos que los interrogan, a la voluntad que los requiere. En otra ocasión pediría que me dieran vacaciones, podría ayudar en algo, dijo Marcial. A pesar de aparentemente completa en su formulación, la frase contenía prolongaciones problemáticas que no necesitaron de enunciado para que Cipriano Algor las percibiera. Lo que Marcial había querido decir, y que, sin haberlo dicho, acabó diciendo, era que, estando a la espera de un ascenso más o menos previsible al escalón de guarda residente, sus superiores no se quedarían satisfechos si se ausentase con vacaciones precisamente a estas alturas, como si la noticia pública de su ascenso en la carrera no pasara de episodio banal, de ordinaria importancia. Esta prolongación, sin embargo, era obvia y ciertamente la menos problemática de cuantas otras más hubiese. La cuestión esencial, involuntariamente subyacente tras las palabras dichas por Marcial, seguía siendo la preocupación por el futuro de la alfarería, por el trabajo que se hacía y por las personas que lo ejecutaban y que, mejor o peor, de él habían vivido hasta ahora. Aquellos seis muñecos eran como seis irónicos e insistentes puntos de interrogación, cada uno queriendo saber de Cipriano Algor si era tan confiado que pensaba disponer, y por cuánto tiempo, querido señor, de las fuerzas necesarias para gobernar solo la alfarería cuando la hija y el yerno se vayan a vivir al Centro, si era tan ingenuo hasta el punto de considerar que podría atender con satisfactoria regularidad los encargos siguientes, en el caso providencial de que fueran hechos, y, en fin, si era suficientemente estúpido para imaginar que de aquí en adelante sus relaciones con el Centro y el jefe del departamento de compras, tanto las comerciales como las personales, serían un continuo y perenne mar de rosas, o, como con incómoda precisión y amargo escepticismo preguntaba el esquimal, Crees tú que me van a querer siempre. Fue en ese momento cuando el recuerdo de Isaura Madruga pasó por la mente de Cipriano Algor, pensó en ella ayudándolo como empleada en el trabajo de la alfarería, acompañándolo al Centro sentada a su lado en la furgoneta, pensó en ella en diversas y cada vez más íntimas y apaciguadoras situaciones, almorzando en la misma mesa, conversando en el banco de piedra, dando de comer al perro Encontrado, recogiendo los frutos del moral, encendiendo el farol que está sobre la puerta, apartando el embozo de las sábanas de la cama, eran sin duda demasiados pensamientos y demasiado arriesgados para quien ni siquiera había querido probar el bizcocho. Claro está que las palabras de Marcial no requerían respuesta, no habían sido más que la verificación de un hecho para todos evidente, lo mismo que decir simplemente Me gustaría ayudaros, pero no es posible, sin embargo, Cipriano Algor creyó que debería dar expresión a una parte de los pensamientos con que ocupó el silencio subsiguiente a lo dicho por Marcial, no de los pensamientos íntimos, que mantiene encerrados en la caja fuerte de su patético orgullo de viejo, sino de aquellos que, de un modo u otro, son comunes a cuantos viven en esta casa, los confiesen o no, y que pueden ser resumidos en poco más de media docena de palabras, qué será lo que nos reserva el día de mañana. Dijo él, Es como si estuviésemos caminando en la oscuridad, el paso siguiente tanto podrá ser para avanzar como para caer, comenzaremos a saber lo que nos espera cuando el primer encargo esté puesto a la venta, a partir de ahí podremos echar cuentas del tiempo que nos van a necesitar, si mucho, si poco, si nada, será como estar deshojando una margarita a ver qué contesta, La vida no es muy diferente a eso, observó Marta, Pues no, pero lo que nos vinimos jugando durante años ahora nos lo jugamos en semanas o en días, de pronto el futuro se ha acortado, si no me equivoco ya he dicho algo parecido a esto. Cipriano Algor hizo una pausa, después añadió encogiéndose de hombros, Prueba de que es la pura verdad, Aquí sólo hay dos caminos, dijo Marta, resoluta e impaciente, o trabajar como hemos hecho hasta ahora, sin darle más vueltas a la cabeza que las necesarias para el buen acabado de la obra, o suspenderlo todo, informar al Centro de que desistimos del encargo y quedarnos a la espera, A la espera de qué, preguntó Marcial, De que te asciendan, de que nos mudemos al Centro, de que padre decida de una vez si se quiere quedar o venir con nosotros, lo que no podemos hacer es seguir en esta especie de sí pero no, que ya dura semanas, Dicho de otra forma, dijo Cipriano Algor, que ni padre muere, ni comemos caldo, Le perdono lo que acaba de decir porque sé lo que pasa dentro de su cabeza, No se enfaden, por favor, pidió Marcial, para mal vivir ya me basta con lo que tengo que aguantar en mi propia familia, Calma, no te preocupes, dijo Cipriano Algor, aunque ante los ojos de alguien pudiera parecerlo, entre tu mujer y yo nunca habría un enfado real, Pues no, pero hay ocasiones en que me dan ganas de pegarle, amenazó Marta sonriendo, y miren que a partir de ahora será peor, tengan los dos mucho cuidado conmigo, según me cuentan las mujeres embarazadas tienen cambios bruscos de humor, tienen caprichos, manías, mimos, ataques de llanto, golpes de mal genio, prepárense para lo que viene, Yo ya estoy resignado, dijo Marcial, y dirigiéndose a Cipriano Algor, Y usted, padre, Yo ya lo estaba desde hace muchos años, desde que ella nació, Finalmente, todo el poder para la mujer, temblad, varones, temblad y temed, exclamó Marta. El alfarero no acompañó esta vez el tono jovial de la hija, antes bien habló serio y sereno como si estuviese recogiendo una a una palabras que se habían quedado atrás, en el lugar donde fueron pensadas y puestas a madurar, no, esas palabras no fueron pensadas, ni tenían que sazonar, emergían en aquel momento de su espíritu como raíces que hubieran subido repentinamente a la superficie del suelo, El trabajo proseguirá normalmente, dijo, satisfaré nuestros compromisos en tanto me sea posible, sin más quejas ni protestas, y cuando Marcial sea ascendido consideraré la situación, Considerará la situación, preguntó Marta, qué quiere eso decir, Vista la imposibilidad de mantener en funcionamiento la alfarería, la cierro y dejo de ser suministrador del Centro, Muy bien, y de qué va a vivir luego, dónde, cómo, con quién, picó Marta, Acompañaré a mi hija y a mi yerno a vivir en el Centro, si todavía me quieren con ellos. La imprevista y terminante declaración de Cipriano Algor tuvo efectos diferentes en la hija y en el yerno. Marcial exclamó, Por fin, y abrazó con fuerza al suegro, No puede imaginar la alegría que me da, dijo, era una espina que traía clavada dentro. Marta miraba al padre, primero con escepticismo, como quien no acaba de creer lo que oye, pero poco a poco el rostro se le fue iluminando de comprensión, era el trabajo servicial de la memoria trayéndole al recuerdo ciertas expresiones populares corrientes, ciertos restos de lecturas clásicas, ciertas imágenes tópicas, es verdad que no recordó todo lo que habría para recordar, por ejemplo, quemar barcos, cortar puentes, cortar por lo sano