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, cortar derecho, cortar amarras, cortar el mal de raíz, perdido por diez perdido por cien, hombre perdido no quiere consejos, abandonar ante la meta, están verdes no sirven, mejor pájaro en mano que ciento volando, éstas y muchas más, y todas para decir una sola cosa, Lo que no quiero es lo que no puedo, lo que no puedo es lo que no quiero. Marta se aproximó al padre, le pasó la mano por la cara con un gesto demorado y tierno, casi maternal, Será lo mejor, si es eso lo que realmente desea, murmuró, no mostró más satisfacción que la poquísima que palabras tan pobres, tan pedestres, serían capaces de comunicar, pero tenía la seguridad de que el padre iba a comprender que no las escogió por indiferencia, sino por respeto. Cipriano Algor puso la mano sobre los hombros de la hija, después la atrajo hacia sí, le dio un beso en la frente y, en voz baja, pronunció la breve palabra que ella quería oír y leer en los ojos, Gracias. Marcial no preguntó Gracias por qué, aprendió hace mucho tiempo que el territorio donde se movían ese padre y esa hija, más que familiarmente particular, era de algún modo sagrado e inaccesible. No le afectaba un sentimiento de celos, sólo la melancolía de quien se sabe definitivamente excluido, no de este territorio, que nunca podría pertenecerle, sino de un otro en el que, si ellos estuvieran allí o si alguna vez él pudiese estar allí con ellos, encontraría y reconocería, por fin, a su propio padre y a su propia madre. Se descubrió a sí mismo pensando, sin demasiada sorpresa, que, puesto que el suegro había decidido vivir en el Centro, la idea de los padres de vender la casa del pueblo y mudarse con ellos sería irremediablemente abandonada, por mucho que les costase y por mucho que protestasen, en primer lugar porque es una norma inflexible del Centro, determinada e impuesta por las propias estructuras habitacionales internas, no admitir familias numerosas, y en segundo lugar porque, no habiendo existido nunca una relación de entendimiento entre los miembros de estas dos, fácilmente se imagina el infierno en el que se les podría convertir la vida si se viesen reunidas en un mismo reducido espacio. A pesar de ciertas situaciones y de ciertos desahogos que podrían inducir a una opinión contraria, Marcial no merece que lo consideremos un mal hijo, las culpas del desencuentro de sentimientos y voluntades en su familia no son sólo suyas, y sin embargo, demostrándose así una vez más hasta qué punto el alma humana es un pozo infestado de contradicciones, está contento por no tener que vivir en la misma casa que aquellos que le dieron el ser. Ahora que Marta está embarazada, ojalá el ignoto destino no confirme en ella y en él aquella antigua sentencia que severamente reza, Hijo eres, padre serás, como tú hagas, así te harán. Es bien cierto que, de una manera u otra, por una especie de infalible tropismo, la naturaleza profunda de hijo impele a los hijos a buscar padres de sustitución siempre que, por buenos o malos motivos, por justas e injustas razones, no puedan, no quieran o no sepan reconocerse en los propios. Verdaderamente, a pesar de todos sus defectos, la vida ama el equilibrio, si mandara sólo ella haría que el color oro estuviera permanentemente sobre el color azul, que todo lo cóncavo tuviese su convexo, que no sucediese ninguna despedida sin llegada, que la palabra, el gesto y la mirada se comportaran como gemelos inseparables que en todas las circunstancias dijeran lo mismo. Siguiendo vías para cuyo desarrollo pormenorizado no nos reconocemos ni aptos ni idóneos, pero de cuya existencia e intrínseca virtud comunicativa tenemos absoluta certeza, tanto como de las nuestras propias, fue el conjunto de observaciones que acaban de ser expendidas lo que hizo nacer en Marcial Gacho una idea, en seguida transmitida al suegro con el filial alborozo que se adivina, Es posible traer lo que queda de loza de una sola vez, anunció, Ni siquiera sabes cuánta queda, pienso que todavía unas cuantas furgonetas, objetó Cipriano Algor, No hablo de furgonetas, lo que digo es que la loza no será tanta que un camión vulgar no pueda resolver el asunto en una sola carga, Y de dónde vamos a sacar ese precioso camión, preguntó Marta, Lo alquilamos, Será muy caro, no tendré dinero suficiente, dijo el alfarero, pero la esperanza ya le hacía temblar la voz, Un día bastará para este trabajo, si juntamos nuestro dinero, el nuestro y el suyo, estoy seguro de que lo conseguiremos, y además siendo yo guarda interno, tal vez me hagan un descuento, no perdemos nada intentándolo, Sólo un hombre para la carga y descarga, no sé si seré capaz, apenas puedo ya con los brazos y las piernas, No estará solo, iré con usted, dijo Marcial, Eso no, pueden reconocerte, y sería malo para ti, No creo que haya peligro, sólo he ido una vez al departamento de compras, si llevo gafas oscuras y una boina en la cabeza puedo ser cualquier persona, La idea es buena, muy buena, dijo Marta, podríamos lanzarnos ya a la fabricación de muñecos, Eso es lo que pienso, dijo Marcial, También yo, confesó Cipriano Algor. Se quedaron mirándose, callados, sonrientes, hasta que el alfarero preguntó, Cuándo, Mañana mismo, respondió Marcial, aprovecharemos mi libranza, sólo habrá otra ocasión de aquí a diez días, y entonces no valdrá la pena, Mañana, repitió Cipriano Algor, eso quiere decir que ya podríamos comenzar a trabajar de lleno, Así es, dijo Marcial, y ganar casi dos semanas, Me has dado un alma nueva, dijo el alfarero, después preguntó, Cómo lo haremos, aquí en el pueblo no creo que haya camiones para alquilar, Lo alquilamos en la ciudad, saldremos por la mañana para tener tiempo de elegir el mejor precio posible, Comprendo que así convenga, dijo Marta, pero creo que deberías almorzar con tus padres, la última vez no fuiste y ellos estarán disgustados. Marcial se crispó, No me apetece, y además, se volvió hacia el suegro y preguntó, A qué hora tiene que comparecer en el almacén, A las cuatro, Ahí está, almorzar con mis padres, ir luego a la ciudad, todo el camino hasta allí, alquilar el camión y estar a las cuatro para recoger la loza, no da tiempo, Les dices que tienes necesidad absoluta de almorzar más temprano, Incluso así no va a dar tiempo, y encima no me apetece, iré el próximo permiso, Por lo menos telefonea a tu madre, La llamaré, pero no te extrañe que vuelva a preguntarme cuándo nos mudamos. Cipriano Algor dejó a la hija y al yerno discutiendo la grave cuestión del almuerzo familiar de los Gachos y se aproximó al tablero donde estaban las seis figuras. Con extremo cuidado les retiró los paños mojados, las observó con atención, una a una, necesitaban sólo de algunos ligeros retoques en las cabezas y en los rostros, partes del cuerpo que, siendo las figuras de pequeño tamaño, poco más de un palmo de altura, inevitablemente tendrían que resentirse de la presión de las telas, Marta se encargará de ponerlas como nuevas, después quedarán destapadas, al descubierto, para que pierdan la humedad antes de meterlas en el horno. Por el cuerpo dolorido de Cipriano Algor pasó un estremecimiento de placer, se sentía como si estuviese principiando el trabajo más difícil y delicado de su vida de alfarero, la aventurada cochura de una pieza de altísimo valor estético modelada por un gran artista a quien no le importa rebajar su genio hasta las precarias condiciones de este lugar humilde, y que no podría admitir, de la pieza se habla, mas también del artista, las consecuencias ruinosas que resultarían de la variación de un grado de calor, ya sea por exceso ya sea por defecto. De lo que realmente aquí se trata, sin grandezas ni dramas, es de llevar al horno y cocer media docena de figurillas insignificantes para que generen, cada una de ellas, doscientas insignificantes copias, habrá quien diga que todos nacemos con el destino trazado, pero lo que está a la vista es que sólo algunos vinieron a este mundo para hacer del barro adanes y evas o multiplicar los panes y los peces. Marta y Marcial habían salido de la alfarería, ella para preparar la cena, él para profundizar las relaciones iniciadas con el perro Encontrado, quien, aunque todavía renitente a aceptar sin protesta la presencia de un uniforme en la familia, parece dispuesto a asumir una postura de tácita condescendencia siempre que el dicho uniforme sea sustituido, nada más llegar, por cualquier vestimenta de corte civil, moderna o antigua, nueva o vieja, limpia o sucia, da lo mismo. Cipriano Algor está ahora solo en la alfarería. Probó distraídamente la solidez de una caja, mudó de sitio, sin necesidad, un saco de yeso, y, como si apenas el azar, y no la voluntad, le hubiese guiado los pasos, se encontró delante de las figuras que había modelado, el hombre, la mujer. En pocos segundos el hombre quedó transformado en un montón informe de barro. Quizá la mujer hubiese sobrevivido si en los oídos de Cipriano Algor no sonase ya la pregunta que Marta le haría mañana, Por qué, por qué el hombre y no la mujer, por qué uno y no los dos. El barro de la mujer se amasó sobre el barro del hombre, son otra vez un barro solo.