Cipriano Algor echó cuenta de la leña y la encontró poca. Durante años había andado complaciéndose en la idea de que habría de llegar la hora en que el viejo horno de leña sería derribado para que en su lugar surgiera un horno nuevo, de los modernos, de esos que trabajan con gas, capaces de ofrecer temperaturas altísimas, rápidos de calentar y de excelentes resultados en la cocción. En el fondo de sí mismo, sin embargo, intuía que nunca tal acabaría sucediendo, en primer lugar por el mucho dinero que la obra exigiría, fuera de su alcance, pero también por otras razones menos materiales, como saber de antemano que le daría pena derribar aquello que el abuelo había construido y después el padre perfeccionara, si lo hiciese sería como si, en sentido propio, los borrase de una vez por todas de la faz de la tierra, pues precisamente sobre la faz de la tierra está el horno. Tenía aún una otra razón, menos confesable, que despachaba en cinco palabras, Ya estoy viejo para eso, pero que objetivamente implicaba el uso de los pirómetros, de las tuberías, de los pilotos de seguridad, de los quemadores, es decir, otras técnicas y otros cuidados. No quedaba por tanto más remedio que seguir con el horno viejo alimentándolo a la vieja manera, con leña, leña y leña, tal vez esto sea lo que más cuesta soportar en los menesteres del barro. Así como el fogonero de las antiguas locomotoras de vapor, que se pasaba el tiempo echando paladas de carbón en la boca del fogón, el alfarero, por lo menos este Cipriano Algor, que no puede pagar a un ayudante, se fatiga durante horas metiendo el arcaico combustible horno adentro, ramajes que el fuego envuelve y devora en un instante, ramas que la llama va mordisqueando y lamiendo poco a poco hasta fragmentarlas en brasas, lo bueno es cuando podemos mimarlo con pinas y serrín, que arden más despacio y proporcionan más calor. Cipriano Algor se abastece en los alrededores de la población, encarga a los leñadores y agricultores unas cuantas cargas de leña para quemar, compra en los aserraderos y carpinterías del Cinturón Industrial unas cuantas sacas de serrín, preferentemente de maderas duras, como el roble, el nogal y el castaño, y todo esto lo tendrá que hacer solo, evidentemente no se le pasa por la cabeza pedirle a la hija, y más estando embarazada, que le acompañe y le ayude a subir las sacas a la furgoneta, se llevará a Encontrado para acabar de hacer las paces, lo que parece significar que la quemadura en la memoria de Cipriano Algor, al final, no estaba del todo curada. La leña que se encuentra debajo del alpendre sería más que suficiente para la cochura de las seis figuras que van a servir de moldes. Pero Cipriano Algor duda, encuentra absurda, disparatada, un desbarato sin disculpa, la enorme desproporción de medios a emplear en relación con los fines a conseguir, es decir, que para cocer la nadería material de media docena de muñecos vaya a ser necesario usar el horno como si de una carga hasta el techo se tratase. Se lo dijo a Marta, que le dio la razón, y media hora después el remedio, El libro explica cómo se puede resolver el problema, hasta trae un dibujo para que se entienda mejor. Es muy posible que el bisabuelo de Marta, siendo como era del tiempo de Maricastaña, hubiese usado alguna vez, en los primordios de su profesión de alfarero, el ya en esa época anticuado proceso de cochura en cueva, pero la instalación del primer horno debería haber dispensado y de algún modo hecho olvidar la arcaica práctica, que no pasó ya al padre de Cipriano Algor. Afortunadamente existen los libros. Podemos tenerlos olvidados en una estantería o en un baúl, dejarlos entregados al polvo o a las polillas, abandonarlos en la oscuridad de los sótanos, podemos no pasarles la vista por encima ni tocarlos durante años y años, pero a ellos no les importa, esperan tranquilamente, cerrados sobre sí mismos para que nada de lo que tienen dentro se pierda, el momento que siempre llega, ese día en el que nos preguntamos, Dónde estará aquel libro que enseñaba a cocer los barros, y el libro, finalmente convocado, aparece, está aquí en las manos de Marta mientras el padre cava al lado del horno una pequeña cueva con medio metro de profundidad y otro tanto de anchura, para el tamaño de las figuras no es necesario más, después dispone en el fondo del agujero una capa de pequeñas ramas y les prende fuego, las llamas suben, acarician las paredes, reducen la humedad superficial, luego la hoguera esmorecerá, sólo restarán las cenizas calientes y unas diminutas brasas, y será sobre éstas donde Marta, habiéndole pasado al padre el libro abierto en la página, haga descender, y con extremo cuidado vaya posando, una a una, las seis figuras de la prueba, el mandarín, el esquimal, el asirio de barba, el payaso, el bufón, la enfermera, dentro de la cueva el aire caliente todavía tiembla, toca la epidermis grisácea de la que, y también del interior macizo de los cuerpos, casi toda el agua ya se había evaporado por obra de la virazón y de la brisa, y ahora, sobre la boca de la cavidad, a falta de una rejilla adecuada para este fin, coloca Cipriano Algor, ni demasiado juntas ni demasiado separadas, como el libro enseña, unas barras estrechas de hierro por donde han de caer las brasas resultantes de la hoguera que el alfarero ya ha comenzado a atizar. Tan felices estaban con el descubrimiento del libro salvador que no repararon, ni el padre ni la hija, que la hora casi crepuscular en que comenzaron el trabajo los obligaría a alimentar la hoguera noche adentro, hasta que las brasas llenen por completo la cueva y la cocción termine. Cipriano Algor dijo a la hija, Tú acuéstate, que yo me quedo mirando por la lumbre, y ella respondió, No me perdería esto por todo el oro del mundo. Se sentaron en el banco de piedra contemplando las llamas, de vez en cuando Cipriano Algor se levantaba e iba a echar más leña, ramas no demasiado gruesas para que las brasas caigan por los intervalos de los hierros, cuando llegó la hora de la cena Marta bajó a casa para preparar una refección ligera, tomada después a la luz oscilante que se movía sobre la pared lateral del horno como si también él estuviese ardiendo por dentro. El perro Encontrado compartió lo que había para comer, después se tumbó a los pies de Marta, mirando fijamente las llamas, en su vida había estado cerca de otras hogueras, pero ninguna como ésta, probablemente querría decir otra cosa, las hogueras, mayores o más pequeñas, se parecen todas, son leña ardiendo, centellas, tizones y cenizas, lo que Encontrado pensaba era que nunca había estado así, a los pies de dos personas a quienes había entregado para siempre su amor de perro, junto a un banco de piedra propicio a serias meditaciones, como él mismo, a partir de hoy y por experiencia personal directa, podrá testificar. Llenar medio metro cúbico de brasas lleva su tiempo, sobre todo si la leña, como está sucediendo, no llegó seca del todo, la prueba está en que se ven hervir las últimas savias en el extremo opuesto de los troncos que se están quemando. Sería interesante, si fuese posible, mirar dentro, ver si las brasas han alcanzado ya la altura de la cintura de los muñecos, pero lo que se puede imaginar es cómo estará el interior de la cueva, vibrante y resplandeciente con la luz de las múltiples llamas breves que acaban de consumir los pequeños trozos de leña incandescente que van cayendo. Como la noche comenzaba a refrescar, Marta fue a casa a buscar una manta, bajo la cual, echada por los hombros, padre e hija se abrigaron. Por delante no necesitaban, sucedía ahora lo mismo que cuando, en tiempos pasados, nos arrimábamos a la chimenea para calentarnos en las noches de invierno, la espalda tiritaba de frío mientras la cara, las manos y las piernas se achicharraban. Las piernas sobre todo, por estar más cerca de la lumbre. Mañana comienza el trabajo duro, dijo Cipriano Algor, Yo ayudo, dijo Marta, Ayudarás, sin duda, no tienes otro remedio, por mucho que me cueste, Siempre he ayudado, Pero ahora estás embarazada, De un mes, o ni tanto, todavía no se nota, me siento perfectamente, Me temo que no consigamos llevar esto hasta el final, Lo conseguiremos, Si al menos pudiésemos encontrar a alguien que nos ayudase, Usted mismo lo tiene dicho, nadie quiere trabajar en alfarerías, aparte de eso emplearíamos todo el tiempo enseñando a quien viniese y los resultados serían de todo menos compensadores, Claro, confirmó Cipriano Algor, súbitamente distraído. Se había acordado de que Isaura Estudiosa, o Isaura Madruga como parece que ha vuelto a llamarse, andaba buscando trabajo, que si no lo encontraba se iría del pueblo, pero este pensamiento no llegó a perturbarlo, de hecho no podría ni querría imaginarse a la tal Madruga trabajando en la alfarería, metida en el barro, las únicas luces que ella tiene de este oficio es esa manera de abrazar un cántaro contra el pecho, pero eso no sirve de nada cuando es de fabricar monigotes de lo que se trata, y no de acunarlos. Para acunar cualquier persona sirve, pensó, pero sabía que esto no era verdad. Dijo Marta, Podríamos llamar a alguien para que se encargara del trabajo de casa, de manera que me dejara libre a mí para la alfarería, No tenemos dinero para pagar una asistenta, o una empleada doméstica, o mujer por horas, o comoquiera que se llame, cortó bruscamente Cipriano Algor, Una persona que esté necesitando una ocupación y que no le importe ganar poco durante un tiempo, insistió Marta. Impaciente, el padre se sacudió la manta de los hombros como si estuviera sofocándose, Si lo que estás pensando es lo que me imagino, creo que es mejor que la conversación acabe aquí, Falta saber si usted se lo imaginó porque yo lo pensé, dijo Marta, o si ya lo había pensado antes de que yo me lo imaginara, No juegues con las palabras, por favor, tú tienes esa habilidad, pero yo no, no la heredaste de mí, Alguna cosa tendrá que ser de nuestra propia cosecha, en todo caso, eso a lo que llama jugar con las palabras es simplemente un modo de hacerlas más visibles, Pues ésas puedes volver a taparlas, no me interesan. Marta repuso la manta en su lugar, embozó los hombros del padre, Ya están tapadas, dijo, si un día alguien las pone otra vez a la vista, le garantizo que no seré yo. Cipriano Algor se deshizo de la manta, No tengo frío, dijo, y fue a echar más leña a la hoguera. Marta se sintió conmovida al reparar en la meticulosidad con que él colocaba los troncos nue