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A la mañana siguiente, ya Cipriano Algor estaba entregado a su tarea, Marcial entró en la alfarería, Buenos días, dijo, se presenta el aprendiz. Marta venía con él, pero no se ofreció para trabajar, aunque estuviese segura de que el padre no la echaría esta vez. La alfarería era como un campo de batalla donde una sola persona hubiese andado durante cuatro días peleándose contra sí misma y contra todo lo que la rodeaba, Esto está un poco desordenado, se disculpó Cipriano Algor, nada es como antes, cuando hacíamos cacharrería teníamos una norma, una rutina establecida, Es sólo cuestión de tiempo, dijo Marta, con el tiempo las manos y las cosas acaban habituándose unas a otras, a partir de ese día ni las cosas aturrullan ni las manos se dejan aturrullar, Por la noche me siento tan cansado que se me caen los brazos sólo de pensar que debería ordenar este caos, Con todo gusto me encargaría yo de la tarea si no se me hubiese prohibido la entrada aquí, dijo Marta, No te la he prohibido, Con esas precisas y exactas palabras, no, Es que no quiero que te canses, cuando sea el momento de comenzar a pintar será diferente, trabajarás sentada, no tendrás que hacer esfuerzos, Vamos a ver si a esa altura no se le ocurre decirme que el olor de las pinturas perjudica al niño, Está visto que con esta mujer no es posible conversar, dice Cipriano Algor a Marcial como quien se ha resignado a pedir ayuda, La conoce hace más tiempo que yo, tenga paciencia, pero que esto necesita una limpieza en serio y una organización capaz, no hay duda, Puedo tener una idea, preguntó Marta, me autorizan los señores a tener una idea, Ya la has tenido, reventarías si no la echaras afuera, rezongó el padre, Cuál es, preguntó Marcial, Esta mañana la pasta descansa, vamos a poner todo esto en condiciones decentes, y como mi querido padre no quiere que me canse trabajando, daré las órdenes. Cipriano Algor y Marcial se miraron el uno al otro, a ver quién hablaría primero, y como ni uno ni otro se decidía a tomar la palabra, acabaron diciendo a coro, De acuerdo. Antes de la hora en que Marcial y Marta salieran para el almuerzo, la alfarería y todo lo que en ella se contiene estaba tan limpio y aseado cuanto se podría esperar de un lugar de trabajo donde la lama es la materia prima del producto fabricado. En verdad, si juntamos y mezclamos agua y barro, o agua y yeso, o agua y cemento, podremos dar las vueltas que queramos a la imaginación para inventarles un nombre menos grosero, menos prosaico, menos ordinario, pero siempre, más pronto o más tarde acabaremos llegando a la palabra justa, la palabra que dice lo que hay que decir, lama. Muchos dioses, de los más conocidos, no quisieron otro material para sus creaciones, pero es dudoso si esa preferencia representa hoy para la lama un punto a favor o un punto en contra.

Marta dejó preparado el almuerzo del padre, Es sólo calentarlo, dijo al salir con Marcial. El ruido débil del motor de la furgoneta disminuyó y se desvaneció rápidamente, el silencio se adueñó de la casa y de la alfarería, durante un poco más de una hora Cipriano Algor estará solo. Aliviado de la situación nerviosa de los últimos tiempos, no tardó mucho en notar que el estómago comenzaba a darle señales de insatisfacción. Llevó primero la comida a Encontrado, después entró en la cocina, destapó la cacerola y olió. Olía bien y aún estaba caliente. No había ninguna razón para esperar. Cuando acabó de comer, ya sentado en su sillón de reposo, se sintió en paz. Es de sobra conocido que el gozo del espíritu no es del todo insensible a una alimentación suficiente del cuerpo, sin embargo, si en este momento Cipriano Algor se sentía en paz, si experimentaba una especie de transporte casi jubiloso en todo su ser, no se debía sólo al hecho material de haber comido. Por orden, contribuyeron también para ese venturoso estado de ánimo su innegable avance en el dominio de las técnicas de modelado, la esperanza de que a partir de ahora se acaben los problemas o pasen a mostrarse menos intratables, el excelente entendimiento de Marta y Marcial, que, como suele decirse, entra por los ojos de cualquiera, y, finalmente, pero no de menor importancia, la limpieza a fondo de la alfarería. Los párpados de Cipriano Algor cayeron despacio, se levantaron todavía una vez, después otra con mayor esfuerzo, la tercera no pasó de una tentativa enteramente desprovista de convicción. Con el alma y el estómago en estado de plenitud, Cipriano Algor se dejó deslizar hacia el sueño. Fuera, bajo la sombra del moral, Encontrado también dormía, podrían quedarse así hasta el regreso de Marcial y Marta, pero de repente el perro ladró. El tono no era de amenaza ni de susto, no pasaba de una alerta convencional, un quién va por deber del cargo, Aunque conozca a la persona que acaba de llegar, tengo que ladrar porque es eso lo que se espera que haga. No fueron, sin embargo, los ladridos desenfadados de Encontrado los que despertaron a Cipriano Algor, pero sí una voz, una voz de mujer que desde fuera llamaba, Marta, y luego preguntaba, Marta, estás en casa. El alfarero no se levantó del sillón, apenas enderezó el cuerpo como si estuviese preparándose para huir. El perro ya no ladraba, la puerta de la cocina estaba abierta, la mujer venía ahí, se aproximaba cada vez más, iba a aparecer, si este nuevo encuentro no es efecto de un incidente fortuito, de una mera y casual coincidencia, si estaba previsto y registrado en el libro de los destinos, ni siquiera un terremoto le podrá impedir el camino. Abaneando el rabo, Encontrado fue el primero en entrar, luego apareció Isaura Madruga. Ah, exclamó ella, sorprendida. No le resultó fácil a Cipriano Algor levantarse, el sillón bajo y las piernas súbitamente flojas tuvieron la culpa de la triste figura que sabía que estaba haciendo. Dijo él, Buenas tardes. Dijo ella, Buenas tardes, buenos días, no sé bien qué hora es. Dijo él, Ya es más de mediodía. Dijo ella, Creía que era más temprano. Dijo él, Marta no está, pero haga el favor de entrar. Dijo ella, No quiero molestarlo, vengo en otro momento, lo que me traía no tiene ninguna urgencia. Dijo él, Fue con Marcial a almorzar a casa de los suegros, no tardarán. Dijo ella,