Sólo venía para decirle a Marta que conseguí un trabajo. Dijo él, Consiguió trabajo, dónde. Dijo ella, Aquí mismo, en el pueblo, felizmente. Dijo él, En qué va a trabajar. Dijo ella, En una tienda, atendiendo el mostrador, podría ser peor. Dijo él, Le gusta ese trabajo. Dijo ella, En la vida no siempre podemos hacer aquello que nos gusta, lo principal, para mí, era quedarme aquí, a esto no respondió Cipriano Algor, se quedó callado, confundido por las preguntas que, casi sin pensar, le habían salido de la boca, salta a la vista de cualquiera que si una persona pregunta es porque quiere saber, y si quiere saber es porque tiene algún motivo, ahora la cuestión de principio que Cipriano Algor tiene que elucidar en el desorden de sus sentimientos es el motivo de preguntas que, entendidas literalmente, y no se ve que pueda existir en este caso otro modo de entenderlas, demuestran un interés por la vida y por el futuro de esta mujer que excede en mucho lo que sería natural esperar de un buen vecino, interés ese, por otro lado, como sabemos de sobra, en contradicción radical e inconciliable con decisiones y pensamientos que, a lo largo de estas páginas, el mismo Cipriano Algor ha venido tomando y produciendo con relación a Isaura, primero Estudiosa y actualmente Madruga. El problema es serio y exigiría una extensa y concienzuda reflexión, pero la lógica ordenadora y la disciplina del relato, aunque alguna que otra vez puedan ser desacatadas, o incluso, cuando así convenga, deban serlo, no nos permiten que dejemos más tiempo a Isaura Madruga y Cipriano Algor en esta angustiosa situación, constreñidos, callados uno ante otro, con un perro que los mira y no comprende lo que pasa, con un reloj de pared que se estará preguntando, en su tic tac, para qué querrán estos dos el tiempo si no lo aprovechan. Es necesario, por tanto, hacer alguna cosa. Sí, hacer alguna cosa, pero no cualquier cosa. Podremos y deberemos faltar el respeto a la lógica ordenadora y a la disciplina del relato, pero jamás de los jamases a eso que constituye el carácter exclusivo y esencial de una persona, es decir, a su personalidad, a su modo de ser, a su propia e inconfundible presencia. Se admiten en el personaje todas las contradicciones, pero ninguna incoherencia, y en este punto insistimos particularmente porque, al contrario de lo que suelen preceptuar los diccionarios, incoherencia y contradicción no son sinónimos. Es en el interior de su propia coherencia donde una persona o un personaje se van contradiciendo, mientras que la incoherencia, por ser, más que la contradicción, una constante del comportamiento, repele de sí a la contradicción, la elimina, no se entiende viviendo con ella. Desde este punto de vista, aunque arriesgándonos a caer en las telas paralizadoras de la paradoja, no debería ser excluida la hipótesis de que la contradicción sea, al final, y precisamente, uno de los más coherentes contrarios de la incoherencia. Ay de nosotros, estas especulaciones, quizá no del todo desprovistas de interés para aquellos que no se satisfacen con el aspecto superficial y consuetudinario de los conceptos, nos distraerán todavía más de la difícil situación en que habíamos dejado a Cipriano Algor e Isaura Madruga, ahora a solas uno con el otro, porque Encontrado, comprendiendo que allí no se ataba ni se desataba, tuvo por bien apartarse y regresar a la sombra del moral para proseguir el sueño interrumpido. Es, pues, tiempo de buscar una solución para este inadmisible estado de cosas, haciendo, por ejemplo, que Isaura Madruga, más resuelta por el hecho de ser mujer, pronuncie unas pocas palabras sólo para comprobar que da igual, tanto servirían éstas como otras, Bueno, entonces me voy, muchas veces no es necesario más, basta romper el silencio, mover ligeramente el cuerpo como quien hace ademán de retirarse, por lo menos en este caso fue remedio bendito, aunque al alfarero Cipriano Algor, lamentablemente, no se le ocurrió nada mejor que dejar salir una pregunta que más tarde le hará darse puñetazos en la cabeza, juzgue cada uno de nosotros si el suceso es para tanto, Qué me dice de nuestro cántaro, preguntó él, sigue prestándole buen servicio. Cipriano Algor se infligirá puñetazos como castigo por lo que consideró una estupidez sin perdón, pero esperemos que más tarde, cuando se le pase la furia autopunitiva, recuerde que Isaura Madruga no soltó una insultante carcajada a cambio, no se rió inclemente, no sonrió siquiera aquella mínima sonrisa de ironía que la situación parecía pedir, y que, al contrario, se puso muy sería, cruzó los brazos sobre el pecho como si estuviese todavía abrazando el cántaro, ese que Cipriano Algor sin darse cuenta del desliz verbal había llamado nuestro, tal vez luego a la noche, mientras el sueño llega, esta palabra lo interrogue sobre qué intención efectiva habría tenido cuando le dijo, si el cántaro era nuestro porque un día pasó de una mano a otra y porque de él se hablaba en ese momento, o nuestro por ser nuestro, nuestro sin rodeos, nuestro sólo, nuestro de los dos, nuestro y punto final. Cipriano Algor no responderá, mascullará como otras veces, Qué estupidez, pero lo hará de manera automática, en tono asaz vehemente, seguro, pero sin real convicción. Ahora que Isaura Madruga se ha retirado después de haber dicho en un murmullo Hasta otro día, ahora que ha salido por esa puerta como una sombra sutil, ahora que Encontrado, después de haberle hecho compañía hasta el principio de la rampa que conduce a la carretera, acaba de entrar en la cocina con una expresión claramente interrogante en la inclinación de la cabeza, en el meneo de la cola y en el levantar de las orejas, es cuando Cipriano Algor se da cuenta de que ninguna palabra había respondido a su pregunta, ni un sí, ni un no, sólo aquel gesto de abrazar el propio cuerpo, tal vez para encontrarse en él, tal vez para defenderlo o de él defenderse. Cipriano Algor miró alrededor perplejo, como si estuviese perdido, tenía las manos húmedas, el corazón disparado en el pecho, la ansiedad de quien acaba de escapar de un peligro de cuya gravedad no llegó a tener una noción clara. Y entonces se dio el primer puñetazo en la cabeza. Cuando Marta y Marcial regresaron del almuerzo, lo encontraron en la alfarería, echando yeso líquido en un molde, Cómo lo ha pasado sin nosotros, preguntó Marta, No me he muerto de nostalgia, si era eso lo que querías decir, di de comer al perro, almorcé, descansé un poco, y aquí estoy otra vez, y por aquella casa, qué tal las cosas, Nada de especial, dijo Marcial, como ya les había dicho lo de Marta, no hubo grandes fiestas, los besos y los abrazos de rigor en estas ocasiones, del resto no se habló, Mejor así, dijo Cipriano Algor, y siguió vertiendo la mezcla de yeso dentro del molde. Le temblaban un poco las manos. Ya vengo a ayudarlo, voy a cambiarme de ropa, dijo Marcial. Marta no siguió al marido. Un minuto después, Cipriano Algor, sin mirarla, le preguntó, Quieres algo, No, no quiero nada, sólo estaba viendo su trabajo. Pasó otro minuto, y fue el turno de que Marta preguntara, No se siente bien, Claro que me siento bien, Lo encuentro muy extraño, diferente, Eso son tus ojos, En general, mis ojos están de acuerdo conmigo, Tienes suerte, yo nunca sé con quién estoy de acuerdo, respondió el padre secamente. Marcial no podría tardar mucho. Marta volvió a preguntar, Ha pasado algo en nuestra ausencia. El padre dejó el cubo en el suelo, se limpió las manos con un trapo, y respondió mirando a la hija de frente, Apareció por aquí Isaura, esa Estudiosa, o Madruga, o comoquiera que se llame, venía para hablar contigo, Isaura vino, Con más palabras, creo que ha sido lo que acabo de decirte, No todos tenemos sus capacidades analíticas, y qué quería, si se puede saber, Darte noticia de que ha encontrado trabajo, Dónde, Aquí, Me alegro, me alegro mucho, luego iré a su casa. Cipriano Algor había pasado a ocuparse de otro molde, Padre, comenzó a decir Marta, pero él la interrumpió, Si es sobre este asunto, te pido que no sigas, lo que me pidieron que te transmitiera ya lo sabes, sobran cualesquiera otras palabras, A las semillas también las entierran, y acaban naciendo, perdone si el asunto es el mismo. Cipriano Algor no respondió. Entre la salida de la hija y el regreso del yerno se daría otro puñetazo en la cabeza.