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Dos veces se olvidaron de dar de comer al perro. Recordando sus tiempos de indigencia, cuando la esperanza en el día de mañana era el único condumio que tenía para las muchas horas en que el estómago ansiaba alimento, Encontrado no reclamó, se desinteresó de sus obligaciones de vigilante, se echó al lado de la caseta, es de la sabiduría antigua que cuerpo tumbado aguanta mucha hambre, a la espera, paciente, de que uno de los dueños se diese una palmada en la cabeza y exclamase, Diablos, nos olvidamos del perro. No es caso de extrañar, estos días hasta de ellos mismos se han olvidado. Pero gracias a esa total entrega a las respectivas tareas, robando horas al sueño, aunque Cipriano Algor nunca hubiese dejado de protestar a Marta, Tienes que descansar, tienes que descansar, gracias a ese esfuerzo paralelo los trescientos muñecos que salieron del horno estaban lijados, cepillados, pintados y secos, todos ellos, cuando llegó el día en que Cipriano Algor iría a buscar al yerno al Centro, y los otros trescientos, secos y aplomados en su barro crudo, sin defectos visibles, estaban, también ellos, con ayuda del calor y de la brisa, libres de humedad y preparados para la cochura. La alfarería parecía descansar de una gran fatiga, el silencio se había echado a dormir. A la sombra del moral, padre e hija miraban los seiscientos muñecos alineados en las tablas y les parecía que habían producido obra aseada. Cipriano Algor dijo, Mañana no trabajo en la alfarería, Marcial no tendrá que verse solo con la faena toda del horno, y Marta dijo, Creo que deberíamos descansar algunos días antes de lanzarnos a la segunda parte del pedido, y Cipriano Algor preguntó, Qué tal tres días, y Marta respondió, Será mejor que nada, y Cipriano Algor volvió a preguntar, Cómo te sientes, y Marta respondió, Cansada, pero bien, y Cipriano Algor dijo, Pues yo me siento como nunca, y Marta dijo, Será a esto a lo que solemos llamar satisfacción del deber cumplido. Al contrario de lo que podría haber parecido, no había ninguna ironía en estas palabras, lo que en ellas rezumaba era tan sólo un cansancio al que apetecería llamar infinito si no fuera de tal manera manifiesta y desproporcionada la exageración del calificativo. Al fin y al cabo no era tanto del cuerpo de lo que ella se sentía cansada, mas de asistir impotente, sin recurso, al desconsuelo amargo y a la mal escondida tristeza del padre, a sus altibajos de humor, a sus patéticos remedos de seguridad y de autoridad, a la afirmación categórica y obsesiva de las propias dudas, como si creyese que de esa manera se las conseguiría quitar de la cabeza. Y estaba esa mujer, Isaura, Isaura Madruga, la vecina del cántaro, a quien el otro día no respondió nada más que Está bien a la pregunta que ella murmuró con los ojos bajos, mientras contaba las monedas, Y su padre, cuando lo que debería haber hecho era tomarla de un brazo, subir con ella a la alfarería, entrar con ella a donde el padre trabajaba, decir, Aquí está, y después cerrar la puerta y dejarlos ahí dentro hasta que las palabras les sirviesen para algo, ya que los silencios, pobre de ellos, no son más que eso mismo, silencios, nadie ignora que, muchas veces, hasta los que parecen elocuentes han dado origen, con las más serias y a veces fatales consecuencias, a erradas interpretaciones. Somos demasiado medrosos, demasiado cobardes para aventurarnos a un acto así, pensó Marta contemplando al padre que parecía haberse dormido, estamos demasiado presos en la red de las llamadas conveniencias sociales, en la tela de araña de lo apropiado y de lo inapropiado, si se supiese que yo había hecho algo así en seguida me dirían que echar una mujer a los brazos de un hombre, la expresión sería ésa, es una absoluta falta de respeto por la identidad ajena, y para colmo una irresponsable imprudencia, quién sabe lo que les puede suceder en el futuro, la felicidad de las personas no es una cosa que hoy se fabrica y mañana todavía podamos tener seguridad de que sigue durando, un día encontramos por ahí desunido a alguno de los que habíamos unido y nos arriesgamos a que nos digan La culpa fue suya. Marta no quiso rendirse ante este discurso de sentido común, fruto consecuente y escéptico de las duras batallas de la vida, Es una estupidez perder el presente sólo por el miedo de no llegar a ganar el futuro, se dijo a sí misma, y luego añadió, Además no todo tiene que suceder mañana, hay cosas que sólo pasado mañana, Qué has dicho, preguntó el padre rápidamente, Nada, respondió, he estado quietecita y callada para no despertarlo, No dormía, Pues me parecía que sí, Dijiste que hay cosas que sólo pasado mañana, Qué extraño, yo he dicho eso, preguntó Marta, No lo he soñado, Entonces lo he soñado yo, me habré dormido y despertado en seguida, los sueños son así, sin pies ni cabeza, o mejor tienen cabeza y tienen pies, pero casi siempre los pies van hacia un lado y la cabeza hacia otro, es lo que explica que los sueños sean tan difíciles de interpretar. Cipriano Algor se levantó, Se acerca la hora de recoger a Marcial, pero estaba pensando que tal vez valga la pena ir un poco más pronto y pasar por el departamento de compras, así aviso de que los primeros trescientos ya están acabados y coordinamos la entrega, Es una buena idea, dijo Marta. Cipriano Algor se mudó de ropa, se puso una camisa limpia, se cambió de zapatos, y en menos de diez minutos estaba entrando en la furgoneta, Hasta luego, dijo, Hasta luego, padre, vaya con cuidado, Y vuelva con más cuidado todavía, excusas decirlo, Sí, todavía con más cuidado, porque son dos, Es lo que siempre digo y siempre he de decir, contigo no se puede discutir ni argumentar, encuentras respuesta para todo. Encontrado vino a preguntarle al dueño si esta vez podría ir con él, pero Cipriano Algor le dijo que no, que tuviese paciencia, las ciudades no son lo mejor para los perros.