Uno más después de tantos, el viaje no habría tenido historia de no ser por el inquieto presentimiento del alfarero de que algo malo estaba a punto de suceder. Casualmente se acordó de lo oído a la hija, hay cosas que sólo pasado mañana, unas cuantas palabras sueltas, sin causa ni sentido aparentes, que ella no había sabido o no había querido explicar, Dudo de que estuviese durmiendo, pero no comprendo qué le habrá inducido a sugerir que soñaba, pensó, y en seguida, como continuación de la frase recordada, dejó que su pensamiento prosiguiese por aquel mismo camino y comenzara a entonar dentro de la cabeza una letanía obsesiva, Hay cosas que sólo pasado mañana, hay cosas que sólo mañana, hay cosas que ya hoy, después retomaba la secuencia invirtiéndola, Hay cosas que ya hoy, hay cosas que sólo mañana, hay cosas que sólo pasado mañana, y tantas veces lo fue repitiendo y repitiendo que acabó por perder el sonido y el sentido, el significado de mañana y de pasado mañana, le quedó sólo en la cabeza, como una luz de alarma encendiéndose y apagándose, Ya hoy, ya hoy, ya hoy, hoy, hoy, hoy. Hoy, qué, se preguntó con violencia, intentando reaccionar contra el absurdo nerviosismo que hacía que le temblaran las manos sobre el volante, estoy yendo a la ciudad para recoger a Marcial, voy al departamento de compras a informar de que la primera parte del pedido está lista para ser entregada, todo lo que estoy haciendo es habitual, es corriente, es lógico, no tengo motivo de inquietud, y voy conduciendo con cuidado, el tráfico es fluido, los asaltos en la carretera han acabado, por lo menos no se ha oído hablar de ellos, luego nada podrá sucederme que no sea la monotonía de siempre, los mismos pasos, las mismas palabras, los mismos gestos, el mostrador de compras, el subjefe sonriente o el maleducado, o el jefe, si no está reunido y tiene el capricho de recibirme, después la puerta de la furgoneta que se abre, Marcial que entra, Buenas tardes, padre, Buenas tardes, Marcial, qué tal te ha ido el trabajo esta semana, no sé si a diez días se les puede llamar semana, pero no conozco otra manera, Como de costumbre, dirá él, Acabamos la primera serie de muñecos, ya he establecido la entrega con el departamento de compras, diré yo, Cómo está Marta, preguntará él, Cansada, pero bien, responderé yo, y estas palabras también las andamos diciendo constantemente, no me extrañaría nada que cuando transitemos de este mundo hacia el otro todavía consigamos encontrar fuerzas para responder a alguien que se le ocurra la imbécil idea de preguntarnos cómo nos sentimos, Muriendo, pero bien, es lo que diremos. Para distraerse de la compañía de los aciagos pensamientos que se empeñaban en importunarlo, Cipriano Algor experimentó prestarle atención al paisaje, lo hacía como último recurso porque sabía muy bien que nada tranquilizador le podría ser ofrecido por el deprimente espectáculo de los invernaderos de plástico extendidos más allá de lo que alcanza la vista, a un lado y a otro, hasta el horizonte, como mejor se distinguía desde lo alto de la pequeña loma por donde la furgoneta en este momento trepaba. Y a esto llaman Cinturón Verde, pensó, a esta desolación, a esta especie de campamento soturno, a esta manada de bloques de hielo sucio que derriten en sudor a los que trabajan dentro, para mucha gente estos invernaderos son máquinas, máquinas de hacer vegetales, realmente no tiene ninguna dificultad, es como seguir una receta, se mezclan los ingredientes adecuados, se regula el termostato y el higrómetro, se aprieta un botón y poco después sale una lechuga. Claro que el desagrado no le impide a Cipriano Algor reconocer que gracias a estos invernaderos tiene verduras en el plato durante todo el año, lo que él no puede soportar es que se haya bautizado con la designación de Cinturón Verde un lugar donde ese color, precisamente, no se encuentra, salvo en las pocas hierbas que se dejan crecer en el lado de fuera de los invernaderos. Serías más feliz si los plásticos fuesen verdes, le preguntó de sopetón el pensamiento que se afana en el rellano inferior del cerebro, ese inquieto pensamiento que nunca se da por satisfecho con lo que se ha pensado y decidido en el del rellano de arriba, pero Cipriano Algor, a esta pregunta pertinentísima, prefirió no darle respuesta, hizo como que no la había oído, quizá por un cierto tono impertinente que las preguntas pertinentes, sólo por haber sido hechas, y por mucho que se pretenda enmascarar, automáticamente toman. El Cinturón Industrial, semejante, cada vez más, a una construcción tubular en expansión continua, a un armazón de tubos proyectado por un furioso y ejecutado por un alucinado, no mejoró su disposición, aunque, algo es algo, de lo malo lo menos malo, su inquieto y turbio presentimiento haya pasado a rezongar en sordina. Notó que la alineación visible de los barrios de chabolas estaba ahora mucho más cerca de la carretera, como un hormiguero que volviera al carril después de la lluvia, pensó, encogiéndose de hombros, los asaltos a los camiones no tardarían en recomenzar, y, en fin, haciendo un esfuerzo enorme para separarse de la sombra que venía sentada a su lado, entró en el tránsito confuso de la ciudad. Todavía no era la hora de recoger a Marcial, tenía tiempo de sobra para ir al departamento de compras. No solicitó hablar con el jefe, bien sabía que el asunto que llevaba no era más que un pretexto para que lo tuvieran presente, un recado de paso para que no se olvidaran de que existía, de que a unos treinta kilómetros de allí había un horno cociendo barro diligentemente, y una mujer pintando, y su padre moldeando, todos con los ojos puestos en el Centro, y no me vengan a decir que los hornos no tienen ojos, los tienen sí señor, si no los tuviesen no sabrían lo que están haciendo, son ojos, lo que pasa es que no se parecen a los nuestros. Le atendió el subjefe del otro día, aquel simpático y sonriente, Qué le trae hoy por aquí, preguntó, Las trescientas figurillas están hechas, venía a preguntarle cuándo quiere que las traiga, Cuando quiera, mañana mismo, Mañana no sé si podré, mi yerno estará en casa de día libre, aprovecha para ayudarme a cocer los otros trescientos, Entonces pasado mañana, lo más deprisa que pueda, se me ha ocurrido una idea que quiero poner en práctica rápidamente, Se refiere a mis muñecos, Exactamente, se acuerda de que le había hablado de un sondeo, Me acuerdo, sí señor, ése sobre la situación previa a la compra y la situación resultante del uso, Felicidades, tiene buena memoria, Para mi edad no está mal, Pues esta idea, por cierto ya aplicada en otros casos con resultados muy apreciables, consistirá en distribuir entre un determinado número de potenciales compradores, de acuerdo con un universo social y cultural que será definido, una cierta cantidad de figuras, y averiguar después qué opinión les ha merecido el artículo, lo digo así para simplificar, el esquema de nuestras preguntas es más complejo, como debe suponer, No tengo experiencia, señor, nunca he encuestado ni nunca me han encuestado, Estoy pensando en utilizar para el sondeo estos sus primeros trescientos, selecciono cincuenta clientes, facilito gratis a cada uno la colección completa de seis y en pocos días conoceré la opinión que se han formado sobre el producto, Gratis, preguntó Cipriano Algor, quiere decir que no me los va a pagar, De ningún modo, querido señor, el experimento corre de nuestra cuenta, seremos nosotros, por tanto, los que asumamos los costes, no queremos perjudicarlo. El alivio que sintió Cipriano Algor hizo que se retirara, de momento, la preocupación que irrumpió bruscamente en su espíritu, esto es, Qué sucederá si el resultado del muestreo me fuese adverso, si la mayoría de los clientes inquiridos, o todos ellos, resolviesen las preguntas todas en una única y definitiva respuesta, Esto no interesa. Se oyó a sí mismo diciendo, Gracias, no sólo por educación, también por justicia tenía que darlas, pues no todos los días aparece alguien tranquilizándonos con la benévola información de que no quiere nuestro perjuicio. La inquietud había vuelto a morderle en el estómago, pero ahora era él mismo quien no dejaba salir la pregunta de la boca, se iría de allí como si llevara en el bolsillo una carta sellada para ser abierta en alta mar y en la que su destino ya estaba apuntado, trazado, escrito, hoy, mañana, pasado mañana. El subjefe había preguntado, Qué le trae hoy por aquí, después dijo, Mañana mismo, después concluyó, Entonces que sea pasado mañana, es cierto que las palabras son así, van y vuelven, y van, y vuelven, y vuelven, y van, mas por qué estaban éstas aquí esperándome, por qué salieron conmigo de casa y no me dejaron durante todo el camino, no mañana, no pasado mañana, sino hoy, ahora mismo. De súbito Cipriano Algor detestó al hombre que se encontraba ante él, este subjefe simpático y cordial, casi afectuoso, con quien el otro día pudo conversar prácticamente de igual a igual, salvadas, claro está, las obvias distancias y diferencias de edad y condición social, ninguna, según le pareció entonces, impedimento para una relación fundada en el respeto mutuo. Si te clavan una navaja en la barriga, al menos que tengan la decencia moral de mostrarte una cara en consonancia con la acción asesina, una cara que rezume odio y ferocidad, una cara de furor demente, incluso de frialdad inhumana, pero, por el amor de Dios, que no te sonrían mientras te están rasgando las tripas, que no te desprecien hasta ese punto, que no te den esperanzas falsas, diciendo por ejemplo, No se preocupe, esto no es nada, con media docena de puntos estará como antes, o, Deseo sinceramente que el resultado del sondeo le sea favorable, pocas cosas me darían mayor satisfacción, créame. Cipriano Algor asintió vagamente con la cabeza, con un gesto que tanto podría significar sí como no, que tal vez ni significado tenga, después dijo, Tengo que ir a recoger a mi yerno.