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También insistió en que buscaban a Larsen para interrogarlo aunque todos sabían lo que eso significaba.

Era el primer sospechoso que tenían en doce años.

Miranda no tenía grandes esperanzas de que su equipo encontrara a Ashley, pero cumplir con lo requerido le ayudaba a olvidar que conocía la identidad del Carnicero. Cuando todos salieron y se encontró sola, se dejó caer en una silla y cerró los ojos.

Y vio su imagen.

Sólo había visto esa foto de Larsen, pero le resultaba fácil trasladarla al hombre sin cara que la había torturado. Al hombre que le había disparado a Sharon por la espalda.

Corred. ¡Corred!

Nunca había visto a David Larsen. Recordaría su cara. Pero conocía su voz, ese tono hueco, cruel en su ausencia absoluta de emoción. Sus palabras y sus actos no se correspondían con ese tono distante, casi aburrido.

Estaba segura de que nunca lo había visto porque un corazón despreciable como el suyo no pasaría desapercibido. Tenía la cara marcada por el odio hacia las mujeres.

Sin embargo, en la foto, David Larsen no parecía un individuo perverso ni consumido por el odio. Tenía la cara de un hombre normal y corriente. Superficialmente agradable. Normal.

El Carnicero era cualquier cosa menos normal.

Recordó una lección bíblica de su padre. Que el mal podía ocultarse en la belleza, que los corazones negros a veces se revestían de compasión. El mal no anunciaba con tarjetas su visita inminente. El mal iba y venía con una sonrisa, sonriendo a las vidas destruidas que dejaba en su estela. La serpiente que había seducido a Eva para que probara del fruto prohibido no podía haber sido una criatura repulsiva porque ella habría huido aterrorizada. No, la serpiente tenía que haber sido un ser hermoso, algo que se ganaba fácilmente la confianza de todos. No te fíes de las apariencias.

El mal se esconde bajo la superficie.

– ¿Miranda?

Miranda pegó un salto y se llevó la mano al arma, todo al mismo tiempo.

Era el agente Booker.

– Mierda, Lance.

– No era mi intención asustarla.

– No me has asustado. -La había aterrorizado. Sentada ahí sola, pensando en el Carnicero. Y en David Larsen y en Sharon… – ¿En qué puedo ayudarte?

– El agente Peterson me ha pedido que hoy me quede con usted. Ya sabe, como no han encontrado a Larsen, ni nada.

La semana anterior, la habría enfurecido la protección de Quinn. Ella no sólo era capaz de defenderse sola del Carnicero, sino de defenderlos a todos, del Carnicero y de cualquier otro mal que se atreviera a poner un pie en sus tierras de Montana.

Pero aunque supiera defensa personal, y entrenara a un grupo de mujeres en la universidad, se mantuviera en buena forma física y pudiera orientarse en cualquier punto del condado, la sola idea de enfrentarse a David Larsen en persona la paralizaba.

– Gracias, Lance -dijo.

Cruzó hasta el mapa en la pared y se quedó mirando, haciendo acopio de valor para superar las horas que quedaban del día. Si encontraban a Larsen, ¿los llevaría hasta Ashley? ¿Les diría dónde estaba Nick? ¿Si estaba vivo o muerto?

¿Qué buscaba Nick en la oficina del Registro de la Propiedad? Había consultado los títulos de propiedad de todas las tierras de la región. Incluyendo la de su padre, según observó cuando ella y Quinn los revisaban. Nada le llamó la atención. ¿Qué le habría llamado tanto la atención como para que arriesgara la vida en su investigación? Tiene que haber pensado que no era peligroso, o no habría acudido solo.

Añoraba a Nick. Ojalá le hubiera dicho que lamentaba que las cosas no hubieran funcionado entre ellos. Ella nunca deseó hacerle daño. Él se portó muy bien con ella. Le dio todo el espacio que necesitaba, la dejó seguir con su trabajo y la apoyó en todo lo que hacía. El problema era que ella no lo había amado como él a ella.

Como ella amaba a Quinn.

Sintió una especie de calorcillo al recordar cómo la tocaba. Con ternura. Lentamente. No había olvidado dónde le gustaba que la tocara. Tampoco había olvidado lo sensible que era ella con las cicatrices de sus pechos, cómo le gustaba ponerse encima, todos esos pequeños detalles que se habían ido forjando desde el terror que le infundiera aquel desequilibrado. Un terror que había durado una semana.

Con Quinn se relajaba y se entregaba tal cual era, de buena gana y con alegría. Cuando hacían el amor, eran compañeros.

Había estado a punto de decirle que lo amaba. Tenía toda la intención. Pero no le salían las palabras. Una parte de ella se resistía y Miranda no sabía por qué.

Quinn decía que la conocía. ¿Cómo era posible que la conociera tan bien si ella todavía luchaba por conocerse a sí misma? Así que se mordió la lengua y guardó silencio, aunque sus palabras fueran sinceras y aunque quisiera pedirle a Quinn que nunca volviera a marcharse.

Quizás, al final, ése fuera su mayor temor, que él volviera a dejarla. No era nada fácil convivir con ella, eso lo sabía, y a veces se mostraba deliberadamente conflictiva para que la gente no se le acercara demasiado. Era más fácil mantener a las personas a cierta distancia que mostrar la propia vulnerabilidad.

La gente perecía de muertes violentas. La lucha de su madre contra el cáncer. El asesinato de Sharon. Y, ahora, la probable desaparición de Nick. Todos muertos.

¿Qué haría ella si algo le pasaba a Quinn?

Quinn llamó a su despacho en Seattle para hablar con Bonnie Blair, una especialista en investigación de antecedentes. Si había algo que descubrir sobre David Larsen, Bonnie lo encontraría.

– Hola, Bonnie. He recibido tu informe. No hay gran cosa. ¿Qué te parece si echas mano de tus procedimientos mágicos para encontrar alguna otra cosa?

Siguió un largo silencio.

– ¿Qué más quieres? -Bonnie sonaba un poco irritada.

– Bueno, para empezar quisiera saber el nombre de los padres, su hermana, dónde nació…

Bonnie lo interrumpió.

– Todo eso estaba en mi informe. Te he mandado dieciséis páginas.

– ¿Dieciséis? Yo recibí una. – Sam Harris. Tenía que haberlas cogido él. Pero ¿por qué?

¿Habría algo en esas páginas de fax que Harris quisiera ocultar? ¿O quería proteger a alguien?

– Lo siento, Bonnie. ¿Te importaría mandármelo de nuevo? Me quedaré aquí, esperando junto al fax.

– Lo haré por ti. Pero que sepas que aquí estaré, esperando una caja de bombones en mi mesa cuando vuelvas.

– Vale.

Abrió la puerta y le hizo señas al sargento de guardia para que viniera al despacho de Nick.

– Sargento, por favor, localice a Sam Harris y dígale que vuelva a la comisaría, inmediatamente.

El sargento frunció el ceño pero no dijo nada. Fue hasta la mesa principal y cogió el teléfono.

Quinn ya estaba de vuelta en el despacho de Nick cuando empezó a llegar la primera página del fax. Era la página que él ya tenía.

Siguieron otras quince. A medida que fueron saliendo del fax, Quinn vio cómo se configuraba ante él la vida de un asesino en serie.

Nacido y crecido en Portland, Oregón. El padre, Kyle Larsen, abandonó a la familia cuando David tenía tres años y, al parecer, dejó de tener contacto con ellos. Murió nueve años más tarde en una trifulca por drogas que acabó mal.

Madre maltratadora… Los Servicios de Protección del Menor tuvieron que sacar a David de su casa en dos ocasiones, pero las dos veces lo habían devuelto. Bonnie señalaba que tendrían que pedir los expedientes a los tribunales.

Dos delitos cometidos en la adolescencia. De eso también tendrían que pedir los expedientes.

Una detención por violación a los dieciocho años. Interesante, David cursaba primer año en la universidad Lewis and Clark, en Oregón. Lo detuvieron por violación, pero la víctima se retractó. Él se aferró a la coartada de que había pasado la noche en casa de su hermana, dato que su hermana confirmó. ¿Acaso la víctima quedó tan traumatizada que renunció a llevar el juicio adelante?