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Un detalle le llamó la atención a Nick. Los pechos de la víctima quedaron marcados de por vida con un cuchillo.

Todo encajaba. Un hogar sin padre, una madre maltratadora, que probablemente abusaba sexualmente de él. Tendría que ver los archivos de los Servicios de Protección del Menor. Crece en un ambiente dominado por mujeres. La madre lo acosa. Los pechos son a la vez un objeto sexual y un objeto maternal. David se ensañaba con los pechos de sus víctimas como hubiera querido hacer con su madre.

Su hermana mayor se convirtió en su tutora después de la muerte de su madre. Se definió oficialmente la causa de la muerte como «accidental». Su hermana le sirvió de coartada ante la acusación de violación. O la hermana lo protegía o David la tenía aterrorizada. O ambas cosas a la vez.

La hermana… hermana. Quinn siguió hojeando el expediente.

Delilah Larsen.

Delilah. ¿Dónde había oído ese nombre recientemente? Richard Parker. Su mujer se llamaba Delilah. El nombre era tan poco común que tenía que ser ella. Desde luego, Delilah Parker no parecía una víctima, aunque Quinn sabía que las apariencias podían engañar. Sólo la había visto esa única vez, y la habría definido como meticulosa, organizada e inteligente.

Sin embargo, hasta las mujeres más distinguidas podían ser víctimas de abusos y manipulaciones por parte de una persona a la que amaban o temían. Quinn tendría que proceder con cuidado con los Parker.

Si Delilah Parker no sospechaba que su hermano era peligroso, quizás era porque no quería reconocerlo, y puede que intentara advertirle de la investigación. Quinn conocía varios casos en que un pariente cercano, un amigo o amante no creían que alguien en quien ellos confiaban podía ser un asesino.

Por otro lado, si estaba al corriente de lo que David Larsen hacía con esas mujeres, estaban ante una dinámica del todo diferente. Era evidente que no había acudido a la policía a denunciar sus sospechas. Quizás él abusara de ella y la manipulara, y luego quizás la convenciera para que lo protegiera. O quizás fuera cómplice de sus actividades.

Había que vigilar de cerca a Delilah Parker.

Quinn leyó el resto del informe y encontró la confirmación que necesitaba.

Después de que se retirara la acusación de violación, David Larsen ingresó en la Universidad de Montana y se fue a vivir con su hermana, que cogió un empleo como secretaria en el despacho de la Junta de Supervisores.

Richard Parker era supervisor durante la época en que ella estaba ahí.

Sam Harris se había llevado el informe para prevenir a Parker a propósito de su cuñado. Parker era un juez influyente, pero ¿en qué estaría pensando Harris? Poner en peligro toda la investigación sólo por salvar el prestigio político de alguien?

A menos que su intención fuera averiguar el paradero de David Larsen gracias a su hermana, creyendo que él solo sería capaz de atraparlo.

¡El muy imbécil!

Quinn dio un salto. Llamó al sargento de guardia.

– ¿Ha encontrado a Harris?

– No, señor.

– Siga intentándolo. ¿Quién está libre ahora para acompañarme en una salida?

– Estamos muy escasos de personal, señor -dijo el sargento, mirando su hoja-. Puedo llamar a Jorgensen. Hoy está en tráfico.

– Llámelo.

Ryan Parker estaba jugando con un videojuego en el salón después de comer cuando llegó un coche de la oficina del sheriff y estacionó en la entrada. Al cabo de un rato, entró su madre.

– Ryan, por favor, recoge y vete a tu habitación. Tenemos visita. Ryan apagó el videojuego, aunque estaba a punto de derrotar a Darth Maul.

– Sólo es Sam -dijo su padre, desde su mesa frente a los grandes ventanales.

– Richard -fue lo único que dijo su madre, pero le lanzó la mirada. Esa mirada que decía no discutas conmigo y que Ryan conocía muy bien.

Ryan guardó el videojuego, cerró los armarios y subió. Abrió y cerró la puerta de su habitación, para que su madre pensara que la había obedecido. Pero en lugar de quedarse en su habitación, volvió de puntillas hasta lo alto de la escalera donde podía oír sin que lo vieran.

El chico se enteraba de muchas cosas con ese sistema.

– Me gustaría haber venido en circunstancias más agradables – dijo Sam Harris.

– ¿Algo relacionado con la chica que fue asesinada? -preguntó su padre.

– No es nada fácil decir esto, y por eso le he pedido a mi agente que se quede en el coche. Creo que conviene que puedan pensar en cómo están las cosas, sin nadie por en medio que quiera usar la información para perjudicarle en su carrera, juez.

– ¿Qué intenta decirme?

Ryan reconoció ese tono de irritación. A su padre no le gustaban los «lameculos», como él los llamaba. Se refería a esa gente que intentaba ser su amigo por lo que él hacía, no por lo que era. Como su padre era juez, una posición importante, decía que mucha gente intentaba lamerle el culo, y él los despreciaba por eso.

– Iré directamente al grano -dijo Sam-. El FBI viene hacia aquí para interrogar a su cuñado, David Larsen. Es el principal sospechoso en la investigación del Carnicero.

– ¿Davy? No me lo puedo creer -dijo su padre.

¿El tío Davy? ¿El Carnicero? Ryan se dejó caer contra la pared. Eso significaba que había matado a esa chica universitaria que él encontró la semana anterior, la chica que no lo dejaba tranquilo en sus sueños, mirándolo fijo con su cara de ciervo muerto.

El tío Davy, no. Le llevaba a pescar todos los veranos. Mamá los acompañaba a la cabaña del lago Big Sky, aunque a ella no le gustaba pescar. El tío Davy lo sabía todo sobre los pájaros, los árboles y los animales. Le había enseñado a distinguir entre las bayas comestibles y las que podían matarlo.

El tío Davy lo escuchaba, y lo escuchaba de verdad. Ryan no podía hablar con nadie acerca de sus padres, sobre todo de su madre. Ryan pensaba que ella no lo quería de verdad. Bueno, seguro que lo quería (todas las madres quieren a sus hijos), pero todo lo que ella hacía por él, desde las galletas al horno hasta lavarle la ropa o reunirse con su profesor, eran cosas que hacía por obligación. Como si tuviera una lista de «Cómo ser una buena mamá».

Su tío lo entendía todo.

– A Delilah no le cae bien nadie -le confesó a Ryan en una ocasión. Y cuando se lo dijo, él supo que era verdad.

Ryan se perdió una parte de la conversación en la planta baja, y aguzó el oído. Su madre decía algo, pero en voz tan baja que él no consiguió entender.

– Lo lamento de verdad, señora Parker. Sé que se habrá llevado una sorpresa desagradable, y por eso quería que lo supiera antes de que se entere la prensa. Intento mantenerlo en secreto todo lo que puedo, pero usted ya sabe cómo son los federales. No son más que una jauría de lobos a la caza de la fama mediática, y sólo quieren salir en la foto. Y si para eso tienen que perjudicar a personas respetables como usted, les importa un comino.

– Estaré en contacto con mi abogado. Davy tendrá una buena defensa con mis abogados, Sam.

– Ya entiendo.

El agente salió y, al principio, Ryan sólo oyó voces apagadas.

– ¿Tú lo sabías? -Su padre levantó la voz. Su padre nunca le hablaba a su madre en ese tono.

– No -dijo su madre-. Davy no tiene nada que ver con lo que ocurrió con esas chicas.

– Mierda, Delilah, esto es un problema gordo.

– Ya sabes cómo es el FBI. Siempre intentando colgarle el sambenito a alguien.

– Eso no te lo crees ni tú.

– Davy no tiene nada que ver con esto.

– Me gustaría creerte. Tengo que ponerme en contacto con mis abogados.

Ryan bajó por las escaleras de atrás y salió por la puerta de la cocina, cuidando de cerrar suavemente. Echó a correr hacia el establo y no se dio cuenta de que estaba llorando hasta que las lágrimas le nublaron la vista.