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– ¿Cómo podéis estar tan seguro? Un testimonio así no bastará para acusarlo de herejía.

– ¿Ah, no? ¿No veis que Leonardo siempre viste de blanco, como Simón en el Cenáculo! ¿No sabéis que rehusa comer carne y practica el celibato? ¿Acaso le habéis conocido mujer alguna vez?

– Nosotros también vestimos hábitos claros y ayunamos, padre Benedetto. Además, de Leonardo dicen que le gustan los hombres, que no es tan célibe como afirmáis acotó fray Vicenzo ante la desconcertada mirada del joven Matteo.

– ¡Dicen! ¿Y quién lo dice, prior?

No son más que habladurías. Leonardo es una persona solitaria. Rehuyé la idea de emparejarse como si fuera la peste. Apuesto a que es célibe como los parfaits del catarismo… ¡Todo encaja!

El prior no ocultó su desazón.

– Supongamos que estáis en lo cierto. En ese caso, ¿qué debemos hacer?

– Lo primero -prosiguió Benedetto-, convencer de su herejía al padre Leyre. Él es inquisidor, está aquí casi por milagro de Dios, y seguramente sabrá de catarismo más que nosotros.

– ¿Y luego?

– Detener a fray Giberto e interrogarlo, por supuesto -respondió.

– Eso no va a poder ser…

Matteo susurró aquella frase temiendo importunar. Aunque ya se sentía más reconfortado, todavía no había terminado de contar lo que había visto en la Mercadería.

– ¿Cómo dices?

– Que ya no podréis detenerlo.

– ¿Y por qué, Matteo?

– Porque… -titubeó-, después de terminar el sermón, el hermano Giberto prendió fuego a sus hábitos y se quemó a la vista de todos.

– ¡Santo Dios! -El tuerto se tapó la boca horrorizado-. ¿Lo veis, prior? Ya no hay duda. El sacristán prefirió someterse a la endura antes que a nuestro juicio…

– ¿La endura?.

La duda del joven Matteo quedó sin respuesta, flotando en la enrarecida atmósfera de la biblioteca. Benedetto pidió permiso para retirarse a meditar aquello, y abandonó el recinto a toda prisa. Aquella mañana, impresionado por las revelaciones de Matteo, no tardó en venir a contarme que en Santa Maria delle Grazie habían vivido por lo menos dos bonhommes, que era como los antiguos cátaros se llamaban a sí mismos. Un inquisidor debía saberlo. Pero el tuerto puso el acento en un segundo descubrimiento que creyó más de mi incumbencia: por fin había logrado identificar al interlocutor del maestro Leonardo en la mesa pascual del Cenacolo. Ya sabía quién era realmente el hombre del manto blanco y las manos oferentes que distraía la atención de al menos dos discípulos de Cristo: Platón. Su oportuna confidencia llenó una laguna que no acertaba a comprender desde que me reuní con Oliverio Jacaranda.

La presencia del filósofo en el refectorio aclaraba por qué el maestro Da Vinci custodiaba en su biblioteca las obras completas del ateniense. Unos libros que, por cierto, a esas horas debían de estar en algún rincón del palacio de Jacaranda sin que nadie les prestara la atención que merecían.

El círculo, pues, se iba cerrando.

34.

Roma, tres días después

El guardia pontificio señaló al frente, tenso como una ballesta, indicando al maestro general de los dominicos el camino que debía seguir. Las medidas de seguridad le parecieron extremas incluso al padre Torriani, a quien los hombres del Papa conocían de sobra. Pero sus órdenes eran estrictas: acababa de morir de indigestión el tercer cardenal en sólo seis meses, y el Pontífice, a quien muchos incriminaban de aquellas repentinas muertes, había ordenado un simulacro de investigación que incluía el riguroso control de los accesos al palacio pontificio.

El ambiente no era bueno. Roma tenía razones suficientes para temblar cuando Alejandro VI nombraba cardenal a algún prohombre de su comunidad. Todos sabían que si el Santo Padre ambicionaba sus posesiones, todo lo que tenía que hacer era nombrarlo cardenal primero y asesinarlo discretamente después. Las leyes lo asistían: el Papa era el único y legítimo heredero de los bienes de su curia. Y con Su Eminencia el cardenal Michieli, riquísimo patriarca de Venecia cuyo cuerpo se enfriaba ya en el depósito pontificio, la ley había vuelto a ejecutarse con absoluta precisión.

Torriani se sometió a las nuevas normas de acceso a las estancias Borgia sin rechistar. Al cabo de unos minutos, justo al dejar atrás la puerta de oro de la capilla del Santo Sacramento, los distinguió claramente: estaban en la tercera sala, con los ojos clavados en el techo y un extraño gesto de triunfo dibujado en sus rostros. Allí, junto a las ventanas del ala este, a resguardo de los rigores del invierno romano, el maestre Annio de Viterbo y Su Santidad departían animadamente bajo unos frescos que parecían recién terminados. De hecho, todavía olían a barniz y resina.

El Pontífice, rasurado y con el pelo mitad castaño mitad cano, disimulaba su barriga bajo una sotana color vino que lo cubría de pies a cabeza. Por el contrario, Annio tenía el aspecto de una comadreja, nariz afilada de la que colgaba un bosque de pelillos negros e hirsutos y manos largas y huesudas, casi de espantapájaros, con las que hacía ampulosos aspavientos en dirección a las pinturas.

El verbo encendido de Nanni, que era como todos llamaban a aquel sabio, retumbaba como los truenos de una tormenta de verano:

– ¡El arte es la más necesaria de vuestras armas, Santo Padre! ¡Tenedlo siempre a vuestro servicio, y dominaréis a la cristiandad! ¡Perdedlo, y fracasaréis en vuestra tarea pastoral!

Torriani vio a Alejandro VI asentir sin articular palabra, mientras notaba cómo su estómago iba agriándosele poco a poco. Había escuchado aquel discurso muchas veces. Esa idea peregrina había invadido Roma y, con ella, la flor y nata de las artes florentinas. El Papa en persona había arrebatado un verdadero ejército de artistas a Lorenzo de Médicis, el Magnífico, sólo para satisfacer los deseos ocultos de Annio. Y eso por no hablar de los sufrimientos de Torriani ante el imparable ascenso de los privilegios de pintores y escultores, siempre en detrimento de los de frailes y cardenales. Molesto, celoso de la influencia que aquel pernicioso monje de Viterbo ejercía sobre el Santo Padre, el general de los dominicos se hizo el distraído y se dirigió al jefe de guardia para que anunciara su llegada. El máximo responsable de la Orden de Santo Domingo estaba allí tal y como Alejandro VI había solicitado.

El Papa sonrió:

– ¡Celebro veros por fin, querido Gioacchino! -exclamó tendiendo su anillo al visitante, que lo besó con respeto-. Llegáis en el momento oportuno. Justo hace un momento Nanni y yo hablábamos de ese asunto que tanto os preocupa…

El dominico levantó la vista del aro pontificio.

– ¿Qué… qué sabéis de ello?

– ¡Oh, vamos, maestro Torriani! No es necesario que guardéis tanta discreción conmigo. Lo sé prácticamente todo: incluso que habéis enviado un espía en mi nombre a Milán para comprobar ciertos rumores que hablan de una herejía que está tomando cuerpo en la corte del Moro.

– Yo… -el anciano predicador titubeó-. Precisamente venía para poneros al tanto de lo que nuestro hombre ha descubierto.

– Me alegro -rió-. Soy todo oídos.

Annio de Viterbo y el Santo Padre abandonaron la contemplación de los frescos para tomar asiento en dos grandes sillas de tiras de cuero que sendos camareros acababan de disponer para ellos. Torriani, nervioso, prefirió permanecer de pie. Llevaba un cartapacio bajo el brazo en el que guardaba una extensa carta que yo mismo le había escrito al descubrir una cepa cátara en el corazón de Milán.

– Desde hace meses -comenzó a explicarse Torriani, todavía impresionado por mis averiguaciones- venimos recibiendo informes que insinúan que el dux de Milán utiliza a un célebre maestro florentino, Leonardo da Vinci, para difundir ideas heréticas en una obra majestuosa que prepara sobre la Última Cena de Cristo.