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– Claro que la veo, pero ¿y la omega? -insistió Elena.

– Bueno. Creo que el maestro dijo eso porque se considera el último de sus discípulos.

– ¿Quién? ¿Leonardo?

– Sí, Elena. Alfa y omega, principio y fin. Tiene sentido, ¿no?

Luini y la condesita se encogieron de hombros. Su aventajado alumno intuía, como Marco, que aquel muro ocultaba un mensaje iniciático de gran envergadura. Era evidente que si el maestro los había dejado llegar hasta allá sin proporcionarles la clave para su lectura se debía a que, de algún modo, los estaba poniendo a prueba. Estaban, pues, solos frente al jeroglífico más grande jamás diseñado por el toscano, y de su habilidad por arañar su significado iba a depender su acceso a mayores secretos. Y, sobre todo, la salvación de su alma.

– Tal vez Marco esté en lo cierto y el Cenacolo esconda una especie de alfabeto visual.

Aquello sobresaltó al Agorero.

– ¿Un alfabeto visual?

– Sé que el maestro estudió con los dominicos de Florencia el «arte de la memoria». Su maestro, Verocchio, también lo practicó y se lo enseñó a Leonardo cuando éste era sólo un niño.

– Nunca nos ha hablado de eso -dijo Marco, algo decepcionado.

– Tal vez no lo consideró importante para vuestra formación. A fin de cuentas, sólo se trata de artificios mentales para recordar gran cantidad de información o encerrarla en determinadas características de edificios u obras de arte. Esa información queda a la vista de todos pero es invisible a ojos de los no iniciados en su lectura.

– ¿Y dónde veis aquí ese alfabeto? -insistió intrigado d'Oggiono.

– Habéis dicho que el cuerpo de Jesús tiene el aspecto de una «A» y que para Leonardo es el alfa de la composición. Si él dijo de sí mismo que es la omega, convendréis en que no es descabellado buscar en el retrato de Judas Tadeo algo que recuerde una «O».

Los tres se miraron con complicidad y, sin mediar palabra, se aproximaron a los pies de la mesa pascual. La figura del Tadeo era inconfundible. Miraba hacia el lado opuesto de donde estaba desarrollándose la acción. Inclinado hacia delante, tenía los brazos cruzados en aspa, con ambas palmas levantadas hacia el cielo. Vestía una túnica rojiza, sin broche, y no había nada en su figura que permitiera imaginar una omega.

– Alfa y omega también pueden tener que ver con san Juan y la Magdalena -murmuró Bernardino, enmascarando su decepción.

– ¿Qué quieres decir?

– Es fácil, Marco. Tú y yo sabemos que el mural está secretamente consagrado a María Magdalena.

– ¡El nudo! -recordó-. ¡Es cierto! ¡El nudo corredizo en el extremo del mantel!

– Creo que Leonardo ha querido despistarnos. El maestro lleva tiempo haciendo correr el rumor de que el nudo es su particular modo de firmar la obra. En lengua romance, Vinci procede de la palabra latina vincoli, esto es, lazo o cadena. Sin embargo, su significado oculto no puede ser tan burdo. Por fuerza está relacionado con la favorita de Jesús.

El Agorero se removió incómodo en su escondite.

– ¡Un momento! -protestó Elena-. ¿Y eso qué tiene que ver con el alfa y la omega?

– Está en las escrituras. Si lees los Evangelios, verás que Juan el Bautista desempeñó un papel fundamental en el inicio de la vida pública del Mesías. Juan bautizó a Jesús en el Jordán. De hecho, de algún modo sirvió de punto de partida, de alfa, a su misión en la Tierra. La Magdalena, en cambio, fue determinante en su ocaso. Estuvo presente cuando resucitó en su tumba. Y a su modo, también ella lo bautizó, ungiéndolo pocos días antes de esta Última Cena en presencia de los discípulos. ¿O no recordáis a María de Betania en el episodio en el que le lava los pies? (Marcos 14, 3-9). Ella actuó, en ese momento, como una verdadera omega.

– Magdalena, omega…

La explicación no terminó de convencer a la muchacha. En principio Juan y el Tadeo no estaban relacionados, salvo por el hecho de que ninguno de los dos miraba a Cristo. Elena llevaba un rato meditando una interpretación alternativa para aquella «O» tan fuera de lugar. Miraba a un lado y a otro del muro estucado, tratando de encontrar sentido a aquel enigma. Pronto amanecería y deberían darse prisa si querían completar su prueba antes de que llegaran los monjes. Si en el Cenacolo había algo que «leer», debían encontrarlo rápido.

– Creo que proponéis interpretaciones muy rebuscadas -dijo al fin-. Y el maestro, por lo poco que lo conozco, es un gran amante de la simplicidad.

Marco y Bernardino se giraron hacia la condesita.

– Si ha anudado de una forma tan evidente uno de los extremos del mantel, dejando el otro liso, es porque quiere llamar la atención del espectador hacia ese rincón de la mesa. Hay algo ahí, donde él mismo se ha representado, que quiere que veamos.

Luini levantó el brazo hacia el nudo, acariciándolo con las yemas de sus dedos. Aquel lazo estaba dibujado con gran maestría. Cada pliegue del tejido le confería una maravillosa sensación de realidad.

Hasta el siglo XIX, la Iglesia dio por buena la interpretación que identificaba a María de Betania con la Magdalena, y que por tanto la emparentaba con Marta y Lázaro, protagonista del episodio de la resurrección que narra Juan en su evangelio.

– Creo que Elena tiene razón -admitió.

– ¿Razón? ¿Qué razón?

– Fijaos bien, Marco: la zona que marca el nudo es el área en la que la luz de la composición es más intensa. Observad aquí las sombras en el rostro de los apóstoles. ¿Las veis? Son más duras. Más fuertes que las del resto.

El perfil griego de d'Oggiono exploró longitudinalmente el muro, comparando el amplio abanico de claroscuros en las ropas y rostros de los Doce.

– Quizá tenga sentido -continuó Luini, como si pensara en voz alta-. Esa zona aparece más iluminada que las demás porque para Leonardo el conocimiento parte de Platón. Él es como el sol que ilumina la razón. Y el discípulo más brillante de todo el conjunto es san Simón, el que tiene el rostro del griego y el único manto blanco de la escena…

Aquel matiz devolvió a Luini un recuerdo importante:

– Y Mateo, el discípulo que está codo con codo con el maestro, no es otro que Marsilio Ficino… ¡Claro! -exclamó en voz alta, de repente-. Ficino confió al maestro los textos de Juan antes de que nos marcháramos de Florencia. ¡Ahí está la clave!

Elena lo miró perpleja.

– ¿La clave? ¿Qué clave?

– Ahora lo entiendo. Los antiguos iniciaban a sus adeptos colocándoles un evangelio inédito de Juan sobre la cabeza. Creían que al hacerlo se transmitía por contacto la esencia espiritual de la obra a la mente y al corazón del candidato a verdadero cristiano. Ese libro de Juan contenía grandes revelaciones sobre la misión de Cristo en la Tierra y mostraba el camino que debíamos seguir para alcanzar un lugar en el cielo. Leonardo… -Luini tomó aire-… Leonardo ha sustituido ese texto por una obra pictórica que contuviera sus símbolos fundamentales. ¡Por eso nos ha enviado aquí a iniciarte, Elena! ¡Porque cree que su obra te investirá con el secreto místico de Juan!

– ¿Y podéis iniciarme sin saber exactamente lo que el maestro ha inscrito aquí?

El tono de la joven sonó incrédulo.

– A falta de más pistas, sí. Antiguamente los novicios no llegaban a abrir siquiera el libro perdido de Juan. Es seguro que muchos no sabrían ni leer. ¿Por qué no habría de actuar este mural de igual manera con nosotros? Mirad, además, a Cristo. Está a una altura suficiente en la pared para que os podáis situar debajo, y recibir su mística imposición de manos, con una palma protegiendo vuestra cabeza y la otra invocando al cielo.

La condesita echó un nuevo vistazo al alfa. Bernardino tenía razón. La escena del banquete estaba colocada a suficiente altura como para recibir a una persona de cierta envergadura bajo el mantel. Era un buen lugar para situarse y recibir el espíritu de la obra, pero con todo, la mente pragmática de Elena la forzaba a buscar una interpretación más racional. Leonardo era un hombre práctico, poco dado a viejas elucubraciones místicas.