– ¿Has visto ya la decoración de los apartamentos del Papa?
Guglielmo negó con la cabeza. Llevaba un buen rato absorto en el repiqueteo de los cascos de los caballos contra los adoquines, tratando de imaginar adonde iba tan aprisa la comadreja.
– Yo te los mostraré -le dijo entusiasta-. Hoy, Guglielmo, conocerás al gran artífice de esas pinturas.
– ¿De veras?
– ¿Acaso te he mentido alguna vez? Si hubieras visto las escenas de las que te hablo, entenderías lo importantes que son. Muestran al dios Apis, el buey sagrado de los egipcios, como el icono profético de los tiempos que vivimos. ¿O no te has fijado que en el escudo de nuestro Papa también hay un buey?
– Un toro… diréis.
– ¿Y qué más da? ¡Lo importante es el símbolo, Guglielmo! Junto a Apis también está representada la diosa Isis. Es solemne como la reina católica de España, y aparece sentada en su trono celeste con un libro abierto en el regazo, enseñando a Hermes y a Moisés las leyes y las ciencias. ¿Puedes imaginártelo?
Guglielmo cerró los ojos, como si se concentrara en las palabras de su maestro.
– Lo que quieren decir esos frescos, querido, es que Moisés recibió de Egipto todo su saber, y que de él lo hemos heredado los cristianos. ¿Comprendes la genialidad del arte? ¿Entiendes ahora la sublime enseñanza de lo que te estoy diciendo? Nuestra fe, querido Guglielmo, procede de allá, del remoto Egipto. Igual que la familia de nuestro Papa. Incluso los Evangelios dicen que Jesús huyó a ese país para librarse de Herodes. ¿No lo entiendes? ¡Todo procede del Nilo!
– ¿También la persona con la que estáis citado, maestro?
– No. Ella no. Pero sabe mucho de ese lugar. Me ha conseguido muchas cosas de ese paraíso de sabiduría.
Annio enmudeció. Hablar de los orígenes egipcios del cristianismo le provocaba sensaciones contradictorias. Por un lado le reconfortaba saber que cada día había más sabios que, como aquel Leonardo de Milán, conocían el secreto y lo plasmaban en obras como la Maesta, que narraba un encuentro plausible entre Juan y Jesús durante su huida al país de los faraones; por otro, una divulgación imprudente de esas verdades podría poner en peligro la estabilidad moral de la Iglesia y hacerle perder algunos de sus privilegios. ¿Cómo iba a reaccionar el pueblo cuando supiera que Cristo no fue el único hombre-dios que volvió de entre los muertos? ¿Acaso no formularían preguntas incómodas al conocer los enormes paralelismos entre su vida y la de Osiris? ¿No interrogarían al Papa con acusaciones molestas, señalando a los Padres de la Iglesia como vulgares copistas de una historia sagrada que no les pertenecía?
Nanni se removió en su asiento.
– ¿Sabes, Guglielmo? Toda la sabiduría oculta en los frescos de palacio no es nada comparado con la que hoy espero recibir.
El asistente bajó la mirada, temiendo que su maestro descubriera la curiosidad que sus palabras le producían.
– Si me entrega lo que de él espero, tendré la llave de cuanto os he contado. Lo sabré todo…
Annio calló al notar que el coche perdía velocidad. Echó un vistazo a través de las cortinas y vio que estaban fuera de Roma, muy cerca de su destino.
– Creo que estamos llegando, padre Annio -anunció su asistente.
– Magnífico. ¿Distingues a alguien que esté esperándonos?
Guglielmo sacó la cabeza del carro para curiosear la enorme fachada encalada de El Gigante Verde, una posada de las afueras famosa por ser punto de encuentro tanto de peregrinos como de fugitivos de la justicia. En efecto. Un caballero solitario enfundado en una capa marrón los saludaba desde la puerta del establecimiento.
– Hay un hombre que parece haberos reconocido -dijo.
– Entonces debe de ser él. Oliverio Jacaranda. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos.
– ¿Jacaranda? -El joven asistente titubeó-. ¿Lo conocéis, maestro?
– Oh, sí. Es un viejo amigo. No tienes de que preocuparte.
– Con el debido respeto, maestro: éste no es un lugar especialmente seguro para alguien como vos. Si os reconocieran, podríamos ser asaltados o quién sabe si secuestrados…
Annio sonrió divertido. Guglielmo ignoraba cuántas veces había estado cerrando negocios en ese mismo lugar. Y es que, desde mucho antes de ocupar su cargo protocolario junto a Alejandro VI, El Gigante Verde había sido uno de sus «despachos» favoritos. Los dueños lo conocían bien y lo respetaban. No tenía nada que temer. En sus mesas, estatuas, pinturas, estelas antiguas, escritos, ropas, perfumes y hasta ajuares funerarios completos se habían trocado por suculentas bolsas de oro de los tesoros pontificios. Jacaranda era uno de sus mejores proveedores. Las piezas que le había comprado lo habían hecho escalar más de un peldaño en su carrera. Por eso, si el español había regresado a Roma y había pedido verlo con urgencia, era porque tenía algo importante que ofrecerle.
Al poner pie en tierra, Annio tembló de emoción: ¿habría conseguido al fin el viejo tesoro? ¿Traería la pieza final que tanto había ambicionado?
La fértil imaginación del maestre se desbocó. Mientras Guglielmo abría la puerta del coche para que descendiera, la comadreja se regocijaba pensando en lo cerca que estaba el más grande de sus éxitos. ¿Para qué si no le habría hecho ir hasta allí su fiel «conseguidor»?
Jacaranda llegaba en un momento más que oportuno. La tarde anterior, Nanni había vuelto a reunirse con el general de los dominicos, el cascarrabias de Gioacchino Torriani, para escuchar de sus labios las últimas novedades sobre aquel asunto de La Última Cena. En audiencia privada con Su Santidad Alejandro VI, admitió haber encontrado el mensaje oculto tras aquel impresionante mural. «Leonardo -dijo- ha escondido entre sus personajes una frase, una invocación escrita en una lengua extraña que ahora nos proponemos descifrar. Una carta recibida desde Milán nos ha resuelto el misterio.»
Torriani entonó aquella sentencia ante el Papa y la comadreja. Nadie entendió una palabra. Sin embargo, a Nanni la oración escondida en el Cenacolo le resultó inequívocamente egipcia.
– Mut-nem-a-los-noc -susurró.
¿Acaso no estaba claro su origen? ¿No citaba por ventura a la diosa Mut, esposa de Amón, reina de Tebas? ¿No resultaba providencial que Oliverio Jacaranda, un auténtico experto en jeroglíficos, llegara casi al tiempo que aquel mensaje? ¿Acaso no lo había mandado Dios mismo para ayudarle a resolver aquel acertijo y ganarse así el respeto eterno del Papa?
Sí. La providencia, pensó, estaba de su lado.
Frente a las caballerizas de El Gigante Verde, Jacaranda besó el anillo de Annio y lo invitó a pasar al interior del establecimiento. Hablarían del viejo tesoro y del jeroglífico.
Guiado hasta el vientre de la posada, la comadreja tomó asiento en uno de sus pequeños reservados. Fue una suerte inesperada para Betania que Guglielmo tuviera acceso a lo que se habló allá dentro.
– Mi querido Nanni -dijo el español, ya apoltronado en su asiento mientras se servía una generosa jarra de cerveza-, espero no haberos asustado con esta repentina visita.