– ¿Quién firmó las órdenes de eliminación?
Kanya exhala un suspiro cargado de frustración.
– No puedo leer la firma. Necesito más tiempo para contrastar quién estaba de guardia en aquel momento.
– Y cuando termines, estarán inevitablemente muertos.
– Entonces, ¿por qué me encomendó Pracha la tarea de averiguar esta información? ¡No tiene sentido! He hablado con los agentes que aceptaron sobornos del bar. No son más que unos mocosos estúpidos que querían sacarse un dinero extra.
– Eso significa que es listo. Ha borrado sus huellas.
– ¿Por qué odias tanto a Pracha?
– ¿Por qué le quieres tú tanto? ¿No ordenó que incendiaran tu aldea?
– No por malicia.
– ¿No? ¿No vendió los permisos de cría a otro poblado a la siguiente estación? ¿No los vendió y se forró los bolsillos con las ganancias?
Kanya enmudece. Narong modera el tono de su voz.
– Lo siento, Kanya. No podemos hacer nada. Estamos convencidos de su crimen. El palacio nos ha autorizado a resolver esto.
– ¿Con disturbios? -Barre las circulares de encima de la mesa-. ¿Incendiando la ciudad? Por favor. Puede poner fin a todo esto. No es necesario. Puedo encontrar las pruebas que necesitamos. Puedo demostrar que el neoser no es de Pracha. Puedo demostrarlo.
– Estás demasiado implicada. Tus lealtades están divididas.
– Soy leal a la reina. Dame una oportunidad para detener esta locura.
Otra pausa.
– Puedo concederte tres horas. Si no tienes nada al anochecer, se acabó.
– ¿Pero esperarás hasta entonces?
Kanya casi puede oír la sonrisa al otro lado de la línea.
– Lo haré.
Se corta la conexión. Kanya se queda sola en su despacho.
Jaidee se sienta encima de la mesa.
– Me pica la curiosidad. ¿Cómo piensas demostrar la inocencia de Pracha? Es evidente que fue él quien la plantó.
– ¿Por qué no puedes dejarme en paz? -pregunta Kanya.
Jaidee sonríe.
– Porque es sanuk. Me hace gracia ver cómo corres de un lado para otro, intentando complacer a dos amos. -Hace una pausa, estudiándola-. ¿Qué más te da lo que le pase al general Pracha? No es tu verdadero jefe.
Kanya le lanza una mirada cargada de odio. Con un gesto, abarca los papeles diseminados por todo el despacho.
– Es exactamente igual que hace cinco años.
– Con Pracha y el primer ministro Surawong. Con las reuniones del doce de diciembre. -Jaidee contempla las circulares cargadas de rumores-. Solo que esta vez es Akkarat el que actúa contra nosotros. Así que no es exactamente igual.
Un megodonte brama al otro lado de la ventana del despacho. Jaidee sonríe.
– ¿Oyes eso? Nos estamos armando. No podrás evitar de ninguna manera que estos dos toros viejos se embistan. Ni siquiera entiendo por qué querrías impedirlo. Pracha y Akkarat llevan años amenazándose con bufidos y resoplidos. Va siendo hora de que veamos un duelo decente.
– Esto no es muay thai, Jaidee.
– No. En eso llevas toda la razón. -Su sonrisa se tambalea por un momento.
Kanya mira fijamente las circulares, la colección de documentos relacionados con la importación del neoser. Este se encuentra en paradero desconocido. Pero aun así, lo trajeron los japoneses. Kanya estudia las notas: llegó a bordo de un dirigible procedente de Japón. Secretaria de dirección…
– Y asesina -tercia Jaidee.
– Cierra el pico. Estoy pensando.
Un neoser japonés. Un resto abandonado de la nación insular. Kanya se pone en pie de improviso, agarra la pistola de resortes y la hunde en su funda mientras recoge los papeles.
– ¿Adónde vas? -pregunta Jaidee.
Kanya le dirige una sonrisita maliciosa.
– Si te lo dijera, perdería todo el sanuk.
El phii de Jaidee sonríe de oreja a oreja.
– Ahora empiezas a captar el espíritu de las cosas.
36
El gentío que rodea a Emiko no deja de crecer. La multitud la zarandea. No hay escapatoria. Está al descubierto, esperando a que la descubran.
Su impulso inicial es abrirse paso con uñas y dientes, luchar por su supervivencia, aunque no tenga la menor oportunidad de escapar de la masa de gente sin recalentarse. «No pienso morir como un animal. Les plantaré cara. Sangrarán.»
Reprime la oleada de pánico que amenaza con devorarla. Intenta recapacitar. Cada vez son más las personas que se apretujan contra ella, esforzándose por ver el letrero más de cerca. Está encajonada entre ellas, pero nadie se ha fijado todavía en Emiko. Mientras no se mueva…
La presión de la multitud es casi una ventaja. Apenas si puede temblar, mucho menos exhibir los movimientos sincopados que la delatarían.
«Despacio. Con cuidado.»
Emiko se apoya en los cuerpos que la rodean, empuja lentamente entre ellos, con la cabeza agachada, fingiendo que está sollozando, estremecida de dolor por el atentado contra el palacio. Mantiene la vista fija en los pies mientras atraviesa la multitud, abriéndose paso poco a poco hasta llegar a la periferia. La gente está apiñada en corrillos, llorando, sentada en el suelo, con la mirada perdida, conmocionada. Emiko se compadece de ellos. Se acuerda de Gendo-sama, montando en su dirigible después de decirle que le había hecho un favor al abandonarla en las calles de Krung Thep.
«Concéntrate», se dice, enfadada. Tiene que alejarse. Tiene que llegar al callejón, donde la gente no se fijará en ella. Esperar a que anochezca.
«Tu descripción está por todas partes: en los postes de las farolas de metano, en la calle, pisoteada por la muchedumbre. No tienes adónde ir.» Descarta esa idea. El callejón será suficiente. El callejón, lo primero. Después, un nuevo plan. No aparta la mirada del suelo. Se abraza a sí misma y llora lágrimas de cocodrilo. Arrastra los pies en dirección al callejón. Despacio. Despacio.
– ¡Tú! ¡Ven aquí!
Emiko se queda paralizada. Se obliga a levantar lentamente la cabeza. Un hombre le hace señas, airado. Emiko abre la boca para decir algo, para protestar, pero alguien se le adelanta a su espalda.
– ¿Tienes algún problema conmigo, heeya?
Un joven con un pañuelo amarillo en la cabeza, cargado con un puñado de octavillas, aparta a Emiko de un empujón.
– ¿Qué es eso que llevas ahí, mocoso?
La discusión empieza a atraer a los curiosos. Los dos en discordia comienzan a gritar y a adoptar actitudes amenazadoras en un intento por determinar quién lleva la voz cantante. La gente empieza a elegir bando. A animar a uno o a otro. Envalentonado, el mayor abofetea al más joven e intenta quitarle el pañuelo amarillo.
– No apoyas a la reina. ¡Eres un traidor! -Arrebata las octavillas de manos del muchacho y las tira al suelo. Las pisotea-. ¡Largo de aquí! Y llévate las mentiras del heeya de Pracha contigo.
Mientras las hojas revolotean en medio de la multitud, Emiko atisba el rostro de Akkarat, caricaturizado, sonriendo mientras intenta engullir el Palacio Real.
El joven gatea detrás de las octavillas.
– ¡No son mentiras! Akkarat quiere derrocar a la reina. ¡Es evidente!
Algunos integrantes de la multitud lo abuchean, pero otros celebran sus palabras con voces de ánimo. El muchacho le da la espalda al hombre y se dirige a los curiosos:
– Akkarat está sediento de poder. Siempre ha querido…
El hombre le da una patada en el culo. El joven gira sobre los talones, furioso, y embiste. Emiko contiene el aliento. El muchacho es un luchador. Muay thai, sin duda. Su codo se estrella contra la cabeza del hombre, que se desploma. El joven se yergue sobre él, gritando invectivas, pero el clamor de la muchedumbre ahoga su voz al tiempo que lo envuelve un enjambre de puños. Sus alaridos inundan la calle.
Emiko se da la vuelta y se aleja de la reyerta sin molestarse en seguir disimulando sus movimientos. La gente que corre en auxilio o en defensa de alguno de los dos bandos la zarandea, obligándola a abrirse paso a empujones tan deprisa como le es posible. En este momento, no es nada para ninguna de estas personas. Tambaleándose, escapa del tumulto y se adentra en las sombras del callejón.