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La pelea está propagándose por toda la calle. Emiko busca basura tras la que ponerse a cubierto. Cristales rotos a su espalda. Alguien chilla. Se acurruca junto a una caja de WeatherAll y empieza a cubrirse de desperdicios, cáscaras de durio, el cáñamo destrozado de una cesta, pieles de plátano, cualquier cosa. Inmóvil, permanece agachada mientras los alborotadores cruzan el callejón a la carrera, vociferando. Allí donde mira, lo único que ve son caras deformadas por la rabia.

37

Las instalaciones principales de Mishimoto & Co. se encuentran al otro lado del agua, en Thonburi. La barca se adentra en un khlong, con la mano de Kanya atenta al timón. Incluso aquí, lejos de la ciudad de Bangkok propiamente dicha, las circulares critican a Pracha y a la asesina mecánica.

– ¿Crees que habrá sido buena idea venir sola? -pregunta Jaidee.

– Te tengo a ti. No podría pedir mejor compañía.

– En mi estado el muay thai no se me da tan bien como antes.

– Lástima.

Las puertas de hierro y los embarcaderos de la empresa señorean sobre las olas. El sol del atardecer cae a plomo sobre ellos. Un comerciante fluvial se acerca remando, pero aunque Kanya tiene hambre, no se atreve a perder ni un momento. El sol parece a punto de desplomarse del cielo. La lancha choca contra el embarcadero y la capitana rodea un listón con el cabo.

– Creo que no van a dejarte entrar -dice Jaidee.

Kanya no se molesta en contestar. Resulta extraño que la haya acompañado durante toda la travesía. Al principio su phii se interesaba en ella tan solo durante breves espacios de tiempo, antes de ir a ocuparse de otros asuntos y otras personas. Quizá visitaba a sus hijos. Se disculpaba con la madre de Chaya. Pero ahora está con ella todo el rato.

– Tampoco te creas que va a impresionarles ese uniforme blanco -añade Jaidee-. Tienen demasiados contactos en el Ministerio de Comercio y en la policía.

Kanya no dice nada, pero, cómo no, un destacamento de agentes de la policía de Thonburi vigila la entrada principal del complejo. A su alrededor, el mar y los khlongs van y vienen. Los japoneses tienen visión de futuro y se han instalado por completo sobre las aguas, en balsas de bambú flotantes cuyo grosor supuestamente alcanza el metro y medio, creando un complejo prácticamente inmune a las inundaciones y a las mareas del río Chao Phraya.

– Tengo que hablar con el señor Yashimoto.

– No está disponible.

– Está relacionado con una propiedad suya que resultó dañada durante las desafortunadas redadas en los amarraderos. El papeleo de las indemnizaciones.

El guardia esboza una sonrisa titubeante. Se mete en la garita.

Jaidee se ríe por lo bajo.

– Muy ingeniosa.

Kanya le hace una mueca.

– Por lo menos así servirás para algo.

– Aunque esté muerto.

Instantes después son conducidos a los pasillos del complejo. El paseo no es largo. Las altas paredes ocultan cualquier posible rastro de actividad industrial. El Sindicato de Megodontes se queja de que es imposible que haya trabajo sin una fuente de energía, y sin embargo los japoneses no importan sus propios megodontes ni emplean al sindicato. Apesta a tecnología ilegal. No obstante, los japoneses han proporcionado una valiosa asistencia técnica al reino. A cambio de los avances en bancos de semillas de los tailandeses, los japoneses comparten lo mejor de sus tecnologías de navegación. De modo que todo el mundo tiene muchísimo cuidado de no hacer demasiadas preguntas sobre el proceso de fabricación del casco de los barcos, o sobre la legalidad del proceso de desarrollo.

Se abre una puerta. Una atractiva joven sonríe y hace una reverencia. Kanya está a punto de desenfundar la pistola de resortes. La criatura que tiene delante es un neoser. Sin embargo, la muchacha no parece percatarse del nerviosismo de Kanya y le indica que pase con un ademán sincopado. Una vez dentro, la habitación está escrupulosamente decorada con tatamis y cuadros de Sumi-e. Un hombre que Kanya supone que debe de ser el señor Yashimoto está de rodillas, pintando. La chica mecánica le indica a la capitana que se siente.

Jaidee contempla el arte de las paredes.

– Son todas suyas.

– ¿Cómo lo sabes?

– Vine a ver si es cierto que tenían diez manos en la fábrica. Justo después de morir.

– ¿Y?

Jaidee se encoge de hombros.

– Compruébalo por ti misma.

El señor Yashimoto moja el pincel y completa el cuadro con un movimiento exquisitamente fluido. Se incorpora y saluda a Kanya con una reverencia. Empieza a hablar en japonés. La voz de la chica mecánica suena un segundo más tarde, traduciendo al thai.

– Me honra con su visita.

Yashimoto guarda silencio un momento y la chica mecánica se queda callada a su vez. Es muy bonita, supone Kanya. A su manera. Parece que esté hecha de porcelana. Su chaquetilla está abierta en el cuello, revelando el hoyuelo de su garganta, y la falda de color claro le ciñe las caderas. Sería preciosa si no se tratara de una aberración.

– ¿Sabe por qué he venido?

Yashimoto asiente con la cabeza, parco.

– Hemos oído rumores de un lamentable incidente. Sus periódicos y circulares hablan de nuestro país. -Le dirige una mirada elocuente-. Muchas voces se alzan contra nosotros. Observaciones sumamente injustas y cargadas de inexactitudes.

Kanya asiente con la cabeza.

– Tenemos preguntas…

– Quiero asegurarle que somos amigos de los thais. Desde tiempos muy lejanos, cuando cooperamos en la gran guerra, hasta ahora. Siempre hemos sido amigos de Tailandia.

– Me gustaría saber cómo…

– ¿Té? -vuelve a interrumpirla Yashimoto.

Kanya se obliga a seguir mostrándose educada.

– Es usted muy amable.

Yashimoto hace una seña a la chica mecánica, que se pone en pie y sale de la habitación. Kanya se relaja de forma automática. La criatura es… perturbadora. Y sin embargo, ahora que se ha ido, el silencio se extiende entre ellos mientras aguardan el regreso de la intérprete. Kanya siente cómo se desgranan los segundos, minutos desperdiciados. El tiempo pasa, corre, vuela. Las nubes de tormenta se acumulan y aquí está ella, sentada, esperando que le traigan un té.

Cuando regresa, la chica mecánica se arrodilla junto a ellos a un lado de la mesita. Kanya se obliga a no decir nada, a no interrumpir a la muchacha mientras esta prepara y sirve el té con absoluta precisión, pero para ello debe realizar un esfuerzo considerable. La chica mecánica llena las tazas, y cuando Kanya observa los extraños movimientos de la criatura, le parece detectar un atisbo de lo que deseaban los japoneses para sus criados mecánicos. La chica es perfecta, exacta como un reloj, y contextualizados por la ceremonia del té, todos sus movimientos adoptan una gracia ritual.

El neoser tiene cuidado de no mirar a Kanya a su vez. No dice nada de su condición de camisa blanca. No observa que, en otras circunstancias, la capitana estaría encantada de fundirla. Ignora por completo el uniforme del Ministerio de Medio Ambiente de Kanya. Exquisitamente educada.

Yashimoto espera a que Kanya pruebe el té antes de imitarla. Muy despacio, deja la taza encima de la mesa.

– Nuestros países siempre han sido aliados -dice-. Desde que nuestro emperador regaló aquellas tilapias al reino en tiempos del gran monarca y científico Bhumibol. Siempre hemos sido leales. -Le dirige otra mirada cargada de significado-. Espero que podamos ayudarla en este asunto, pero me gustaría subrayar que somos amigos de su nación.