– ¿Vigiláis las aguas con tanto celo?
Kanya niega con un ademán.
– Me asignaron a los muelles cuando ingresé en el cuerpo. Redadas, control de importaciones. La paga era buena. -Estudia las barcazas-. Esas están diseñadas para el transporte pesado. Más que simple arroz. No veía…
Deja la frase inacabada. El corazón empieza a martillear en su pecho mientras contempla el avance de las máquinas, grandes bestias oscuras, implacables.
– ¿Qué sucede? -pregunta Hiroko.
– No son de muelles percutores.
– ¿Y?
Kanya maniobra la vela para dejar que la brisa fluvial tire bruscamente de la pequeña embarcación, alejándola así de la flota que está entrando en el puerto.
– Son militares. Todas son militares.
38
A Anderson le cuesta respirar bajo la capucha. La oscuridad es absoluta, sofocante a causa de su propio aliento condensado y el miedo contenido. Nadie le ha explicado por qué tenían que taparle la cara para salir del piso. Carlyle había despertado ya, pero cuando intentó protestar por el trato recibido, uno de los panteras le propinó un golpe en la oreja con la culata del fusil, abriéndole una herida, y ambos habían optado por guardar silencio y permitir que les cubrieran la cabeza. Transcurrida una hora, les indicaron que se pusieran en pie a patadas y los metieron en algún tipo de transporte que reverberaba con gases de escape. Militar, dedujo Anderson mientras le obligaban a subir a empujones.
El dedo roto cuelga inerte a su espalda. Si dobla la mano, el dolor es insoportable. Practica una respiración acompasada bajo la capucha, controlando sus temores y especulaciones. La opresión de la tela polvorienta le hace toser, y cuando tose, sus costillas envían punzadas de dolor al fondo de su ser. Respira tan despacio como le es posible.
¿Piensan ejecutarlo para dar ejemplo?
Hace tiempo que no oye la voz de Akkarat. No ha vuelto a oír nada. Quiere susurrarle algo a Carlyle, comprobar si están encerrados en la misma habitación, pero no le apetece que vuelvan a vapulearlo si resulta que hay algún guardia con ellos.
Cuando los bajaron del vehículo y los metieron a rastras en el edificio nuevo, ni siquiera estaba seguro de que Carlyle siguiera con él. A continuación montaron en un ascensor. Cree que descendieron al interior de algún tipo de búnker, aunque hace un calor espantoso en el lugar donde lo abandonaron. El bochorno es sofocante. La tela de la capucha le produce urticaria. De todas las cosas que desea, lo que más le gustaría es poder rascarse la nariz allí donde el sudor forma un reguero y empapa la tela, intensificando el picor. Intenta mover el rostro, alejar la tela de sus labios y su nariz. Si lograra aspirar una bocanada de aire fresco…
El chasquido de una puerta. Pasos. Anderson se queda paralizado. Voces amortiguadas sobre su cabeza. De improviso, unas manos lo aferran y le ponen en pie. Se le corta el aliento cuando zarandean sus costillas rotas. Las manos tiran de él, guiándolo por una serie de recodos y pausas. Una brisa le acaricia los brazos, un soplo de aire más fresco y frío, algún tipo de conducto de ventilación. Percibe una vaharada de salitre. Murmullos en tailandés a su alrededor. Pasos. Gente moviéndose. Le da la impresión de que están conduciéndolo por un pasillo. Más voces intermitentes, aproximándose y alejándose sin cesar. Cuando trastabilla, sus captores lo enderezan sin miramientos y lo empujan hacia delante.
Por fin se detienen. El aire es más fresco aquí. Siente la corriente de los sistemas de circulación, oye el traqueteo de los pedales y el chirrido de los volantes. Algún tipo de centro de procesamiento. Sus captores le indican a empellones que enderece la espalda. Se pregunta si será aquí donde piensan ejecutarlo. Si va a morir sin volver a ver la luz del día.
La chica mecánica. La puñetera chica mecánica. Recuerda el modo en que saltó del balcón, zambulléndose en la oscuridad. No parecía un suicidio. Cuanto más lo piensa, más se convence de que la expresión de Emiko era de confianza absoluta. ¿Será cierto que mató al protector de la reina? Pero si fuera una asesina, ¿cómo podría tener tanto miedo? No tiene sentido. Y ahora todo se ha ido al garete. Dios, cómo le pica la nariz. Estornuda, aspira el aire cargado de polvo del interior de la capucha, empieza a toser otra vez.
Se dobla por la mitad, tosiendo, con las costillas ardiendo.
Le quitan la capucha de la cabeza.
Anderson parpadea cuando la luz le clavetea los ojos. Agradecido, se llena los pulmones de aire fresco. Se yergue despacio. La habitación es espaciosa, repleta de hombres y mujeres con uniformes militares. Ordenadores de pedales. Bobinas de muelles percutores. Incluso un monitor de pared que muestra distintas imágenes de la ciudad, como si estuvieran en cualquiera de los centros de procesamiento de AgriGen.
Y vistas al exterior. Se equivocaba, no había bajado a ninguna parte. Había subido. La ciudad se extiende a sus pies. Anderson reorienta sus confusas percepciones. Están en una torre en alguna parte, una torre de la antigua Expansión. Desde las ventanas abiertas puede admirar la ciudad. El sol poniente esmerila el aire y tiñe los edificios de un rojo apagado.
También Carlyle está presente, aparentemente aturdido.
– Cielos, cómo apestáis.
Akkarat, de pie no muy lejos de ellos. Sonriendo con malicia. Dicen que los thais tienen trece clases de sonrisas. Anderson se pregunta cuál está viendo ahora.
– Habrá que meteros en la ducha.
Anderson empieza a hablar, pero lo interrumpe otro ataque de tos. Respira hondo, intentando dominar los pulmones, pero no deja de toser. Las esposas se le clavan en las muñecas mientras se convulsiona. Sus costillas son una maraña de dolor. Carlyle no abre la boca. Tiene la frente cubierta de sangre. Anderson no sabe si se habrá enfrentado a sus captores o si estos le habrán torturado.
– Dadle un vaso de agua -ordena Akkarat.
Los guardias de Anderson lo empujan contra la pared, le obligan a sentarse. Esta vez evita retorcerse el dedo roto, por los pelos. Le traen el agua. Uno de los guardias sostiene el vaso contra sus labios, permitiéndole beber. Agua fría. Anderson la engulle, absurdamente agradecido. Deja de toser. Se obliga a mirar a Akkarat.
– Gracias.
– Ya. Bueno. Por lo visto tenemos un problema -dice Akkarat-. Tu historia ha resultado ser cierta. Después de todo, el neoser es un rebelde.
Se acuclilla junto a Anderson.
– Todos hemos sido víctimas de la mala suerte. En el ejército dicen que el mejor plan de combate puede durar un máximo de cinco minutos en una batalla real. Transcurrido ese tiempo, todo depende de que la suerte y los espíritus sonrían al general. Esto es un caso de mala suerte. Todos debemos corregir nuestra estrategia. Y ahora, naturalmente, me enfrento a varios problemas nuevos que también deben corregirse. -Inclina la cabeza en dirección a Carlyle-. Es comprensible que os sintáis ofendidos por el trato recibido. -Hace una mueca-. Podría pediros perdón, pero no sé si eso sería suficiente.
Anderson se mantiene impasible mientras mira a Akkarat a la cara.
– Como nos hagas daño, lo pagarás caro.
– AgriGen nos castigará. -Akkarat asiente con la cabeza-. Sí. Es un dilema. Claro que, por otra parte, en AgriGen siempre están enfadados con nosotros.
– Desátame y nos olvidaremos de esto.
– Que confíe en ti, quieres decir. Me temo que eso sería contraproducente.
– Las revoluciones son una cosa muy seria. No estoy resentido. -Anderson esboza una feroz sonrisa, esperando convencer al ministro-. Sin trampa ni cartón. Seguimos compartiendo los mismos objetivos. No se ha producido ningún daño irreparable.
Akkarat ladea la cabeza, pensativo. Anderson se pregunta si está a punto de recibir una puñalada en las costillas.
De pronto, Akkarat sonríe.
– Eres duro de pelar.
Anderson reprime una punzada de esperanza.
– Pragmático, eso es todo. Nuestros intereses siguen siendo los mismos. Nuestra muerte no beneficia a nadie. Se trata de un pequeño malentendido que todavía se puede enmendar.