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Akkarat reflexiona. Se vuelve hacia uno de los guardias y le pide el cuchillo. Anderson contiene la respiración cuando se aproxima; la hoja se desliza entre sus muñecas, liberándolo. La afluencia de sangre le provoca un hormigueo en los brazos. Los mueve lentamente. Parecen bloques de madera. A continuación, siente como si le clavaran unos alfileres.

– Dios.

– La circulación tardará un rato en recuperar la normalidad. Alégrate de que hayamos sido tan amables contigo. -Akkarat repara en el modo en que Anderson acuna la mano lastimada. Compone una sonrisa de azoramiento, contrito. Llama a un médico antes de dirigirse a Carlyle.

– ¿Dónde estamos? -quiere saber Anderson.

– En un centro de mando de emergencia. Cuando se decidió que los camisas blancas estaban implicados, trasladé aquí nuestra base de operaciones, por seguridad. -Akkarat inclina la cabeza en dirección a las bobinas de muelles percutores-. Los tiros de megodontes del sótano nos suministran energía. Nadie debería sospechar que contábamos con un centro tan bien equipado.

– No sabía que tuvierais algo así.

Akkarat sonríe.

– Somos socios, no amantes. No comparto todos mis secretos con nadie.

– ¿Habéis capturado ya al neoser?

– Es cuestión de tiempo. Su retrato está por todas partes. La ciudad no permitirá que sobreviva en nuestro seno. Una cosa es sobornar a unos cuantos camisas blancas, y otra muy distinta atentar contra el palacio.

Anderson vuelve a pensar en Emiko, atenazada por el pánico.

– Todavía me cuesta creer que una chica mecánica pudiera hacer algo así.

Akkarat le mira de reojo.

– Hay testigos que lo corroboran, al igual que los japoneses que la construyeron. Esa criatura es una asesina. Daremos con ella, la ejecutaremos a la antigua usanza y nos olvidaremos de ella. Y obligaremos a los japoneses a pagar muy cara su negligencia criminal. -Sonríe de repente-. Al menos en esto, los camisas blancas y yo estamos de acuerdo.

Cortan las ligaduras de Carlyle. Un alto cargo llama aparte a Akkarat.

Carlyle se quita la mordaza.

– ¿Volvemos a ser amigos?

Anderson se encoge de hombros mientras observa la actividad que les rodea.

– Tan amigos como se pueda ser en una revolución.

– ¿Cómo estás?

Anderson se palpa el pecho con cuidado.

– Costillas rotas. -Hace un ademán con la cabeza en dirección al médico que está entablillándole la mano-. Un dedo machacado. La mandíbula está bien, creo. -Se encoge de hombros-. ¿Y tú?

– Bastante mejor. Me parece que tengo el hombro dislocado. Claro que no soy yo el que había apadrinado a un neoser rebelde.

Anderson tose y hace una mueca.

– Ya, en fin, suerte que tienes.

Los engranajes de un radioteléfono empiezan a chirriar mientras uno de los militares acciona la manivela. Akkarat descuelga el auricular.

– ¿Sí? -Asiente con la cabeza, dice algo en tailandés.

Anderson solo entiende unas pocas palabras, pero Carlyle pone los ojos como platos mientras escucha.

– Van a ocupar las emisoras de radio -susurra.

– ¿Qué?

Anderson se pone en pie con dificultad, dolorido, y aparta de un empujón al médico que sigue vendándole la mano. Unos guardias se apresuran a cortarle el paso, protegiendo a Akkarat. Anderson grita por encima de sus hombros mientras lo empujan contra la pared.

– ¿Vais a empezar ahora?

Akkarat le lanza una mirada sin apartarse del teléfono, concluye la conversación plácidamente y devuelve el auricular al oficial de comunicaciones. El encargado de la manivela se sienta sobre los talones, esperando la siguiente llamada. El zumbido del volante se apaga.

– El asesinato del somdet chaopraya -dice Akkarat- ha desencadenado una oleada de hostilidad contra los camisas blancas. Los manifestantes se agolpan frente al Ministerio de Medio Ambiente. Incluso el Sindicato de Megodontes está implicado. El pueblo ya estaba enfadado con el ministerio debido al endurecimiento de sus acciones en las calles. He decidido aprovechar esta circunstancia.

– Pero todavía no hemos posicionado nuestros efectivos -protesta Anderson-. Aún faltan unidades militares por regresar del nordeste. Se supone que mis tropas de asalto desembarcarán dentro de una semana.

Akkarat se encoge de hombros y sonríe.

– Las revoluciones son impredecibles. Lo más aconsejable es aprovechar todas las oportunidades que se nos presenten. En cualquier caso, creo que te sorprenderás gratamente. -Vuelve a concentrarse en el radioteléfono de manivela. El firme chirrido del volante inunda toda la estancia mientras Akkarat habla con sus subordinados.

Anderson se queda mirando fijamente la espalda del ministro, tan obsequioso tiempo atrás en presencia del somdet chaopraya, y ahora al mando. Imparte un torrente incesante de órdenes. De vez en cuando, el zumbido del teléfono reclama su atención.

– Esto es una locura -murmura Carlyle-. ¿Seguimos formando parte del juego?

– No estoy seguro.

Akkarat mira en su dirección de soslayo, parece estar a punto de decir algo, pero en vez de eso ladea la cabeza.

– Escuchad. -Su voz adquiere un timbre reverente.

Un retumbo se extiende por toda la ciudad. Unos fogonazos restallan tras las ventanas abiertas del puesto de mando, como relámpagos durante una tormenta. Akkarat sonríe.

– Ya ha empezado.

39

Pai está esperando a Kanya cuando esta irrumpe en su despacho.

– ¿Dónde están todos? -pregunta la capitana, jadeando.

– Recibieron órdenes de formar en la guarnición. -Pai se encoge de hombros-. Salimos de la aldea en cuanto nos enteramos de que…

– ¿Siguen allí?

– Algunos, tal vez. Tengo entendido que Akkarat y Pracha se disponen a negociar.

– ¡No! -Kanya sacude la cabeza-. Llámalos, rápido. -Sale corriendo de la habitación, haciendo acopio de cargadores para su pistola de resortes-. Que formen y se equipen. Tenemos poco tiempo.

Pai se queda mirando fijamente a Hiroko.

– ¿Esa es la chica mecánica?

– No te preocupes por ella. ¿Sabes dónde se encuentra el general Pracha?

Pai se encoge de hombros.

– Oí que quería inspeccionar las murallas antes de reunirse con el Sindicato de Megodontes por las protestas…

Kanya hace una mueca.

– Diles a los hombres que se preparen. No podemos esperar más.

– Te has vuelto loca…

El suelo se estremece con una explosión. En la calle, unos árboles caen al suelo con un tremendo crujido. Pai se pone en pie de un salto, desconcertado. Se acerca corriendo a la ventana y se asoma al exterior. Empieza a sonar una sirena de alarma.

– Es Comercio -dice Kanya-. Ya han llegado. -Desenfunda la pistola de resortes. Hiroko está quieta como una estatua, con la cabeza ladeada como un perro, escuchando. De pronto se vuelve ligeramente, inclinándose hacia delante, anticipando lo que va a ocurrir a continuación. Otra serie de detonaciones sacude el complejo. El edificio entero sufre un estremecimiento. La escayola se desprende del techo.

Kanya se apresura a salir del despacho. Otros camisas blancas se suman a su huida, los pocos que tenían turno de noche o que aguardaban la orden de patrullar e incomunicar los muelles y los amarraderos. Cruza el pasillo a la carrera, seguida de cerca por Hiroko y Pai, y sale a la calle sin aminorar el paso.

La dulce y penetrante fragancia de las flores de jazmín impregna la noche mezclada con el olor a humo y a otra cosa, algo que Kanya no había vuelto a percibir desde que los convoyes militares cruzaran el antiguo puente de la amistad sobre el Mekong, acudiendo al encuentro de los insurgentes vietnamitas.

Un tanque arrolla los muros exteriores.

Es un monstruo de metal, más alto que dos hombres, pintado con manchas de camuflaje y equipado con una caldera que eructa grandes vaharadas de humo. El cañón principal dispara, escupe un fogonazo y el tanque se encabrita sobre las ruedas de oruga. La torreta gira con un tintineo de engranajes, buscando otro objetivo. Una lluvia de mármol y mampostería obliga a Kanya a ponerse a cubierto.