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Detrás del tanque, una columna de megodontes de guerra embiste a través de la brecha. Sus colmillos relucen en la oscuridad, sus jinetes van vestidos de negro de pies a cabeza. En la penumbra, los escasos camisas blancas que han acudido en defensa del complejo se yerguen pálidos como fantasmas, ofreciendo un blanco perfecto. El chasquido continuo de la artillería de resortes procedente de las grupas de los megodontes antecede al zumbido de los discos clavándose alrededor de Kanya y desportillando el cemento de las paredes. Una esquirla le abre la mejilla. De pronto se encuentra tendida en el suelo, enterrada bajo el peso de Hiroko, que la ha derribado mientras la lluvia de discos de las armas de resortes continúa hendiendo el aire, demoliendo las paredes a su espalda.

Otra explosión. Toda su cabeza retumba con el estruendo. Se da cuenta de que está gimoteando. Los sonidos se han vuelto algo lejano de improviso. Tiembla de miedo.

El tanque llega al centro del patio con un rugido. Rota sobre su eje. Los megodontes siguen entrando en tromba, enmarañadas sus patas entre la oleada de tropas de asalto que han empezado a traspasar la brecha. Kanya está demasiado lejos para ver quién es el general que ha decidido traicionar a Pracha. Pistolas dispersas escupen desde los pisos superiores de los edificios del ministerio. Por todas partes resuenan los ecos de los alaridos de los moribundos. Kanya desenfunda la pistola de resortes y apunta. Junto a ella, un archivero recibe el impacto de una cuchilla y se desploma. Kanya sostiene la pistola con cuidado, dispara. No sabe si ha dado en el blanco o no. Dispara de nuevo. Lo ve caer. La masa de soldados se cierne sobre ella como un tsunami.

Jaidee se materializa a su lado.

– ¿Qué hay de tus hombres? -pregunta-. ¿Vas a rendirte tan fácilmente y abandonar a esos muchachos que confían en ti?

Kanya aprieta otra vez el gatillo. Tiene la vista empañada. Está llorando. Los hombres han empezado a desplegarse por los patios en escuadrones que avanzan cubiertos por el fuego aliado.

– Por favor, capitana Kanya -implora Hiroko-. Tenemos que huir.

– ¡Vete! -la apremia Jaidee-. Es demasiado tarde para luchar.

Kanya aparta el dedo del gatillo. Los discos zumban a su alrededor. Rueda de costado y corre a gatas en busca de la puerta, se zambulle en la relativa seguridad del edificio. Se incorpora rápidamente y encamina sus pasos hacia la cara opuesta del edificio. Más impactos de mortero. El edificio se estremece. Kanya se pregunta si la enterrará viva antes de llegar a su destino.

Los recuerdos de su niñez la asaltan mientras esquiva cadáveres ensangrentados, tras los pasos de Hiroko y Pai. Recuerdos de horror y devastación. De tanques de carbón arrollando las aldeas, rugiendo por las carreteras pavimentadas, de supervivientes de las provincias en largas columnas antes de internarse en los arrozales. Tanques que rodaban a toda velocidad para alcanzar el Mekong, desgarrando la tierra con sus ruedas de oruga mientras se dirigían a proteger al reino de las primeras incursiones por sorpresa de los vietnamitas. Dejando nubes de humo negro a su paso mientras acudían a defender la frontera. Y ahora los monstruos están aquí.

Al emerger en la otra punta del ministerio, se encuentra con una tormenta de fuego. Los árboles están ardiendo. Algún tipo de ataque con napalm. El humo se arremolina a su alrededor. Otro tanque arrolla una reja lejana, más veloz que cualquier megodonte. A su mente le cuesta procesar la rapidez con la que se mueven. Son como tigres, corriendo de un lado a otro de los jardines. Los hombres disparan sus pistolas de resortes, pero no son nada frente a los proyectiles de hierro de los tanques; no están diseñadas para la guerra. Destellos cegadores subrayan el repiqueteo de los disparos. Por todas partes vuelan discos plateados, rebotando y cortando. Los camisas blancas corren para ponerse a cubierto, pero no tienen adónde ir. Flores rojas sobre fondo blanco. Hombres descuartizados por las explosiones. Siguen llegando más tanques.

– ¿Quiénes son? -grita Pai.

Kanya menea la cabeza, aturdida. La división acorazada arrasa los árboles en llamas de los jardines del Ministerio de Medio Ambiente. Continúan llegando soldados.

– Deben de ser del nordeste. Akkarat ha descubierto sus cartas. Pracha ha sido traicionado.

Tira de Pai, le indica una ligera elevación y las sombras de unos árboles ilesos, el lugar donde puede que aún se yerga el templo de Phra Seub. Quizá consigan escapar. Pai se queda mirando fijamente, paralizado. Kanya le propina otro tirón y empiezan a cruzar los jardines a la carrera. Las palmeras se desploman a su paso, crepitando, devoradas por las llamas. Les salpica una lluvia verde de hojas de cocotero mezcladas con fragmentos de metralla. Los gritos de las personas mutiladas por la bien engrasada maquinaria bélica inundan el aire.

– ¿Y ahora adónde? -aúlla Pai.

Kanya no tiene respuesta. Agacha la cabeza bajo una lluvia de astillas y se tira al suelo tras el parapeto parcial de una palmera calcinada.

Jaidee se posa a su lado y sonríe, sin sudar siquiera. Se asoma por encima del tronco y mira a Kanya de reojo.

– Bueno. ¿Por quién vas a luchar ahora, capitana?

40

El tanque les pilla a todos por sorpresa. Viajaban por una calle prácticamente desierta en un par de rickshaws enganchados a sendas bicicletas y, antes de darse cuenta, un bramido inunda el aire y un tanque irrumpe en la intersección frente a ellos. Está dotado de un megáfono que berrea algo ininteligible, tal vez una advertencia, y acto seguido la torreta gira en su dirección.

– ¡Escondeos! -grita Hock Seng mientras todos se apresuran a apearse de las bicicletas.

El cañón del tanque suelta un rugido. Hock Seng se tira al suelo. La fachada de un edificio se desploma, cubriéndolos de cascotes. Una nube de polvo gris flota sobre él. Hock Seng tose e intenta levantarse y alejarse gateando, pero el chasquido de un fusil hace que vuelva a aplastarse contra el suelo. La polvareda no le permite ver nada. Unas pistolas responden desde un edificio cercano, y el tanque dispara de nuevo. El humo se despeja ligeramente.

Chan el Risueño llama por señas a Hock Seng desde un callejón. Tiene el pelo y la cara cubiertos de polvo gris. Mueve los labios pero no emite ningún sonido. Hock Seng tira de Pak Eng y corren a ponerse a cubierto. La escotilla del tanque se abre con un chasquido y aparece un artillero blindado y armado con un fusil de resortes. Pak Eng cae con el pecho teñido de rojo. Peter Kuok se mete en un callejón y Hock Seng ve cómo se aleja corriendo. Se tiende en el suelo una vez más y repta entre los cascotes. El tanque vuelve a disparar, encabritándose sobre las ruedas de oruga. En algún lugar, calle abajo, estallan más pistolas. El hombre de la torreta se desploma hacia delante, muerto. El fusil resbala por el blindaje del tanque, que salta y gira con estrépito sobre las ruedas de oruga, rodeado de desperdicios y octavillas. Avanza hacia Hock Seng y acelera. Hock Seng se tira a un lado mientras el tanque pasa junto a él como una exhalación, bañándolo de escombros.

Chan el Risueño se queda mirando fijamente la retirada del vehículo. Dice algo, pero a Hock Seng todavía le pitan los oídos. Por señas, le indica a Hock Seng que se reúna con él. Hock Seng se levanta y, tambaleándose, se adentra en la relativa seguridad del soi. Chan el Risueño abocina las manos en torno a la oreja de Hock Seng. Su grito queda reducido a un susurro.

– ¡Es rápido! ¡Más que un megodonte!

Hock Seng asiente con la cabeza. Está temblando. Apareció de la nada. No ha visto nunca algo más veloz. Tecnología de la antigua Expansión. Y sus tripulantes parecían cabreados. Hock Seng pasea la mirada por los escombros.