– Ni siquiera sé qué estaban haciendo aquí. No hay nada que defender.
De pronto, Chan el Risueño suelta una carcajada. Sus palabras lejanas se abren paso a través del pitido en los oídos de Hock Seng.
– ¡A lo mejor se han perdido!
Antes de darse cuenta, Hock Seng se ha echado a reír a su vez, prácticamente histérico de alivio. Se quedan sentados en el callejón, descansando, sin resuello, riéndose por lo bajo. Hock Seng recupera gradualmente el oído.
– Son peores que los pañuelos verdes -dice Chan el Risueño, contemplando los destrozos-. Por lo menos con ellos se trataba de algo personal. -Hace una mueca-. Podías plantarles cara. Estos son demasiado rápidos. Y están demasiado locos. Fengle, hasta el último de ellos.
Hock Seng le da la razón.
– De todas formas, la muerte es la muerte. Preferiría no tener que enfrentarme a ninguno de ellos.
– Habrá que andarse con más cuidado. -Chan el Risueño apunta al cadáver de Pak Eng con la cabeza-. ¿Qué hacemos con él?
– ¿Quieres acarrearlo hasta las torres? -pregunta mordazmente Hock Seng.
Chan arruga la frente y sacude la cabeza. Reverbera otra explosión. A juzgar por el sonido, se ha producido a escasas manzanas de distancia.
Hock Seng levanta la cabeza.
– ¿Otra vez el tanque?
– No vamos a quedarnos a averiguarlo.
Reemprenden el camino calle abajo, pegados a los portales. Hay un puñado de personas en el exterior, con la mirada vuelta hacia el retumbo de las explosiones. Intentando ver de dónde procede el estruendo, qué está pasando. Hock Seng recuerda cuando él mismo se encontraba en una calle parecida hace tan solo unos años, la fragancia del mar y la promesa del monzón radiantes en el aire el día que los pañuelos verdes comenzaron las operaciones de limpieza. También aquel día había personas que miraban a todas partes como palomas, volviendo la cabeza hacia el sonido de la carnicería, inesperadamente conscientes del peligro que corrían.
Frente a ellos, inconfundible, el chasquido de las armas de resortes. Hock Seng le hace una seña a Chan el Risueño y se meten en otro callejón. Es demasiado viejo para estas payasadas. Debería estar reclinado en un diván, fumando una pipa de opio mientras una atractiva quinta esposa le masajea los tobillos. A sus espaldas, el resto de los curiosos que quedan en la calle continúan mirando fijamente en dirección a los sonidos de la batalla. Los thais no saben qué hacer. Todavía no. No tienen experiencia con la verdadera carnicería. Les fallan los reflejos. Hock Seng se adentra en un edificio abandonado.
– ¿Adónde vas? -pregunta Chan el Risueño.
– Quiero ver. Necesito saber qué está pasando.
Asciende. Una escalera, dos escaleras, tres, cuatro. Está jadeando. Cinco. Seis. Sale a un pasillo. Puertas rotas, calor asfixiante, el olor a excrementos. Otra explosión retumba a lo lejos.
Al otro lado de una ventana abierta se divisan estelas de fuego que trazan arcos en el firmamento crepuscular y atruenan a lo lejos. Las pistolas chasquean y repiquetean en las calles como los fuegos artificiales durante el Festival de la Primavera. Se elevan columnas de humo en una docena de puntos de la ciudad. Nagas enroscados, negros contra el sol poniente. Los amarraderos, las esclusas, el polígono industrial… el Ministerio de Medio Ambiente…
Chan el Risueño apoya una mano en el hombro de Hock Seng y señala con el dedo.
Hock Seng contiene la respiración. El arrabal de Yaowarat está en llamas, las chozas de WeatherAll explotan en una cortina de fuego que lo devora todo a su paso.
– Wode tian -murmura Chan el Risueño-. No podemos volver ahí.
Hock Seng contempla fijamente el suburbio incendiado que era su hogar, horrorizado; todas sus gemas, todo su dinero en efectivo reducido a cenizas. La suerte es caprichosa. Se ríe con aire cansino.
– Y decías que yo estaba gafado. Si nos hubiéramos quedado, ahora estaríamos asándonos como cochinillos.
Chan el Risueño responde a sus palabras con un wai y replica, burlón:
– Seguiré al líder de Tres Prosperidades hasta los nueve infiernos. -Tras un momento de pausa, añade-: ¿Qué hacemos ahora?
Hock Seng apunta con el dedo.
– Seguiremos el Thanon Rama XII, y luego…
No ve dónde impacta el misil. Es demasiado rápido para los ojos humanos. Quizá un neoser militar hubiera tenido tiempo de prepararse, pero Chan el Risueño y él son derribados al suelo por la onda expansiva. Un edificio se desmorona en la acera de enfrente.
– ¡Da igual! -Chan el Risueño agarra a Hock Seng y lo arrastra hacia el refugio del hueco de la escalera-. Ya se nos ocurrirá algo. No quiero perder la cabeza para que tú puedas disfrutar del panorama.
Con renovada cautela, recorren sigilosamente las calles en sombra, avanzando en dirección al distrito industrial. Las calles empiezan a quedarse desiertas conforme los thais se dan cuenta de lo peligroso que es estar al descubierto.
– ¿Qué es eso? -susurra Chan el Risueño.
Hock Seng entorna los párpados en la penumbra. Hay tres hombres en cuclillas alrededor de una radio de manivela. Uno de ellos sostiene una antena por encima de la cabeza, intentando captar alguna señal. Hock Seng aminora el paso e indica a Chan el Risueño que lo siga mientras cruza la calle hacia ellos.
– ¿Se sabe algo nuevo? -resopla Hock Seng.
– ¿Has visto el impacto de ese misil? -pregunta uno de los tipos. Levanta la cabeza-. Tarjetas amarillas -murmura. Sus compañeros intercambian miradas furtivas al reparar en el machete de Chan el Risueño, sonríen nerviosos y comienzan a retirarse.
Hock Seng ensaya una torpe reverencia.
– Solo queremos enterarnos de las noticias.
Uno de ellos escupe un salivazo teñido de areca, sin dejar de observarlos con suspicacia.
– Está hablando Akkarat. -Les invita a escuchar con un gesto. Su compañero vuelve a levantar la antena, atrayendo un estallido de estática.
– … queden en sus casas. No salgan a la calle. El general Pracha y sus camisas blancas han intentado derrocar a Su Majestad la Reina. Es nuestro deber defender al reino… -La voz se trunca, perdida la señal, y el hombre empieza a toquetear los botones del aparato.
Uno de ellos menea la cabeza.
– Es todo mentira.
– Pero el somdet chaopraya… -disiente el encargado de sintonizar la radio.
– Akkarat mataría al mismísimo Rama si creyera que eso podría beneficiarle en algo.
Su compañero baja la antena. La señal se pierde por completo con un siseo de estática mientras replica:
– El otro día entró un camisa blanca en mi tienda, quería llevarse a casa a mi hija. Dijo que era un «regalo de buena voluntad». Son todos unos lagartos. Un poco de corrupción no hace daño a nadie, pero esos heeya…
Otra explosión sacude la calle. Todos se vuelven, thais y tarjetas amarillas por igual, intentando localizar el punto de impacto.
«Somos como monitos, intentando comprender la inmensa selva.»
La idea atemoriza a Hock Seng. Están reuniendo pistas, pero les falta el contexto. No importa cuánto averigüen, nunca será suficiente. Lo único que pueden hacer es reaccionar a los acontecimientos conforme sucedan, y encomendarse a la suerte.
Hock Seng tira del brazo de Chan el Risueño.
– Vamos.
Los thais ya se han apresurado a recoger la radio y refugiarse en su tienda. Cuando Hock Seng vuelve a mirar, la esquina está completamente desierta, como si el momento de debate político jamás hubiera tenido lugar.
El conflicto se recrudece a medida que se acercan al polígono industrial. El Ministerio de Medio Ambiente y el ejército parecen estar en todas partes, enfrentados. Y por cada unidad profesional en las calles hay otra compuesta de voluntarios, asociaciones estudiantiles, civiles y partidarios del doce de diciembre movilizados por las distintas facciones políticas. Hock Seng se detiene en un portal, sin aliento, mientras resuenan las explosiones y los disparos.