– Dios -murmura Anderson-, ¿seguro que no queréis esperar hasta que lleguen nuestros refuerzos?
El gesto de Akkarat se mantiene impasible.
– No creía que les diera tiempo a desplegar los misiles.
Una explosión gigantesca sacude la ciudad entre llamaradas de gas verde que se elevan al filo del horizonte. Una nube de fuego rueda y se expande. Inimaginables cantidades de gas comprimido se liberan en un ensordecedor hongo esmeralda.
– La reserva estratégica del Ministerio de Medio Ambiente, me parece -comenta Akkarat.
– Precioso -murmura Carlyle-. Jodidamente precioso.
42
Hock Seng se guarece en un callejón mientras Thanon Phosri tiembla al paso de los tanques y los camiones. Se estremece al pensar en todo ese combustible consumido. Tiene que ser una gran parte de las reservas de diésel del reino, dilapidadas en una orgia de violencia. El humo del carbón inunda el aire al traqueteante compás de las ruedas de oruga de los carros blindados. Hock Seng se agazapa entre la basura. Todos sus planes se han esfumado en un momento de crisis. En vez de esperar y dirigirse cautamente al norte como una unidad, dejó que sus posesiones se redujeran a cenizas apostándolo todo a una carta desesperada.
«Deja de quejarte, carcamal. Si no te hubieras ido cuando lo hiciste os habríais asado todos, tus baht morados, tus amigos tarjetas amarillas y tú.»
Aun así, desearía haber tenido la precaución de traer siquiera una parte de sus reservas, acumuladas con tanto tesón. Se pregunta si su karma estará tan dañado que anula automáticamente cualquier esperanza de tener éxito.
Vuelve a asomarse a la calle. Las oficinas de SpringLife están a la vista. Mejor todavía, no hay ningún guardia. Hock Seng se permite esbozar una sonrisa. Los camisas blancas tienen sus propios problemas. Cruza la calle empujando la bicicleta, usándola de muleta para conservar el equilibrio.
En el interior del complejo se aprecian indicios de una breve reyerta. Un trío de cadáveres yacen recostados contra una pared, aparentemente ejecutados. Alguien les ha arrancado los brazaletes amarillos, tirados en el polvo junto a ellos. Más chiquillos estúpidos jugando a la política…
Algo se mueve a su espalda.
Hock Seng gira sobre los talones e incrusta la pistola de resortes en el cuerpo de Mai, que jadea sin aliento cuando el cañón se le clava en la tripa. Con los ojos como platos, emite un gañido atemorizado.
– ¿Qué haces tú aquí? -susurra Hock Seng.
Mai se aparta de la pistola, tambaleándose.
– He venido a buscarte. Los camisas blancas descubrieron nuestra aldea. Hay personas enfermas allí -dice entre sollozos-. Y han incendiado tu casa.
Hock Seng repara por fin en el hollín y los cortes que cubren el cuerpo de la pequeña.
– ¿Has estado en Yaowarat? ¿En el arrabal? -pregunta asombrado.
Mai asiente con la cabeza.
– Tuve suerte. -Reprime otro sollozo.
Hock Seng menea la cabeza.
– ¿Por qué has venido?
– No se me ocurría otro lugar…
– ¿Y se han producido más contagios?
La niña asiente con la cabeza, asustada.
– Los camisas blancas nos interrogaron, no sabía qué hacer, les dije…
– No te preocupes. -Hock Seng apoya una mano tranquilizadora en su hombro-. Los camisas blancas no volverán a molestarnos. Tienen sus propios problemas.
– ¿Has…? -Mai deja la frase en el aire. Al cabo, dice-: Incendiaron el poblado. Todo.
Qué criatura tan patética. Tan pequeña. Tan vulnerable. Hock Seng se la imagina huyendo de su hogar devastado, buscando refugio en el único lugar que le queda. Y encontrándose de repente en pleno corazón del conflicto. Una parte de él quiere librarse de la carga que supone, pero son ya demasiadas las muertes que lo rodean, y su compañía le produce un placer indefinible. Sacude la cabeza.
– Mocosa estúpida. -Hace un ademán en dirección al interior de la fábrica-. Ven conmigo.
Un hedor agresivo los envuelve cuando llegan a la sala principal. Los dos se tapan la cara con una mano, respirando entrecortadamente.
– Los tanques de algas -murmura Hock Seng-. Los muelles percutores han dejado de accionar los ventiladores. El aire no circula.
Sube la escalera que conduce al despacho y abre la puerta de un empujón. Una pestilencia asfixiante flota en la estancia, equiparable a la de la planta de producción, tras tantos días cerrada. Hock Seng se apresura a abrir los postigos y dejar que entren la brisa nocturna y el resplandor de la ciudad en llamas. El fuego oscila sobre los tejados y se eleva en la noche, como plegarias dirigidas al cielo.
Mai se sitúa a su lado, con el rostro iluminado por el fulgor irregular. Una farola de gas arde libremente calle abajo, rota. Debe de haber varias como ella diseminadas por toda la ciudad. A Hock Seng le extraña que nadie haya cortado aún el suministro de gas. Alguien tendría que haberlo hecho ya, y sin embargo la farola llamea todavía, verde y cegadora, reflejándose en las facciones de Mai. Se le ocurre que es guapa. Grácil y hermosa. Una criatura inocente atrapada entre bestias en pie de guerra.
Da la espalda a la ventana y se acuclilla junto a la caja fuerte. Inspecciona los botones y los recios candados, las combinaciones y las palancas. Es caro fabricar algo compuesto de tanto acero. Cuando aún dirigía su propia empresa, cuando las Tres Velas gobernaban el mar de la China Meridional y el océano Índico, tenía una parecida en el despacho, una reliquia familiar, rescatada de un banco antiguo cuando este perdió liquidez, sacada directamente de la cámara acorazada y transportada a la empresa comercial Tres Prosperidades con ayuda de dos megodontes. La que tiene delante ahora se burla de él. Debe destruir todas sus juntas. Necesita tiempo.
– Acompáñame -dice.
Conduce a Mai abajo, a la planta principal de la fábrica. La niña se niega a seguir caminando cuando Hock Seng encamina sus pasos hacia la sala de refinado. Hock Seng le da una de las máscaras que utilizan los trabajadores de la cadena.
– Debería bastar.
– ¿Estás seguro?
Hock Seng se encoge de hombros.
– Quédate aquí, como prefieras.
Pero la pequeña termina siguiéndolo hasta el depósito de conservante ácido. Caminan con cuidado. Hock Seng utiliza un trapo para apartar las cortinas de la sala de refinado, procurando no tocar nada más. Su aliento resuena con fuerza dentro de la máscara, como un serrucho. Las salas de producción están patas arriba después del registro de los camisas blancas. El hedor de las algas podridas es intenso, incluso a través de la máscara. Hock Seng respira acompasadamente, esforzándose por contener las arcadas. Sobre su cabeza, los paneles de secado se ven negros, cubiertos de algas apergaminadas. Unas cuantas hebras cuelgan inertes, como tentáculos disecados. Hock Seng reprime el impulso de encogerse al pasar por debajo.
– ¿Qué haces? -jadea Mai.
– Buscar un futuro. -Hock Seng le dedica una sonrisita antes de darse cuenta de que la niña no puede ver su expresión detrás de la máscara. Saca unos guantes de una taquilla de suministros y le entrega un par. También le da un delantal-. Échame una mano con esto. -Indica un saco de polvo-. Ahora trabajamos por nuestra cuenta, ¿sí? Se acabó la influencia extranjera. -La detiene cuando Mai estira los brazos hacia el saco-. No dejes que te toque la piel -dice-. Y que no entre en contacto con tu sudor. -La guía de regreso al despacho.
– ¿Qué es?
– Ya lo verás, niña.
– Sí, pero…
– Es magia. Ahora ve a buscar algo de agua al khlong de la parte de atrás.
Cuando Mai regresa, Hock Seng coge un cuchillo y practica unos cortes en el saco, con cuidado.
– Dame el agua. -Mai acerca el cubo. Hock Seng moja el cuchillo y lo pasa por el polvo, que sisea y comienza a burbujear. Cuando lo extrae, la mitad de la hoja ha desaparecido, derretida sin dejar ni rastro, siseando todavía.