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Ha ordenado a sus hombres que se adentren en los bosquecillos próximos al templo de Phra Seub, reducido a escombros. Los megodontes de guerra han pisoteado el jardín, tan primorosamente arreglado. Las columnas principales han quedado calcinadas por un ataque con bombas incendiarias; el fuego se propagó por la teca seca del bosque como un demonio enfurecido, chillando y rugiendo, por lo que ahora su refugio es una colección de cenizas, troncos mutilados y humo.

Otro proyectil impacta en su posición en la ladera. Más comandos avanzan alrededor del tanque, se dividen en equipos y cruzan el complejo a la carrera. Parece que su objetivo son los laboratorios biológicos. Kanya se pregunta si Ratana estará trabajando allí, si sabrá siquiera que se está librando una guerra en la superficie. Un árbol salta en pedazos junto a ella, víctima de otro cañonazo.

– Aunque no puedan vernos, saben que estamos aquí arriba -dice Pai.

Para subrayar sus palabras, una granizada de discos silba sobre sus cabezas; los proyectiles se incrustan en los árboles calcinados, tachonando la madera negra de reflejos de plata. Kanya indica a sus hombres que se replieguen. Los otros camisas blancas, ahora con los uniformes escrupulosamente embadurnados de hollín y ceniza, se adentran en el bosque devastado.

Otro misil cae a sus pies. Las astillas de teca quemada vuelan en todas direcciones.

– Estamos demasiado cerca. -Kanya se incorpora y emprende la carrera, con Pai pisándole los talones. Hiroko los adelanta como una exhalación, se pone a cubierto detrás de un tronco ennegrecido, cruzado en el suelo, y espera a que lleguen a su altura.

– ¿Te imaginas enfrentarse a algo así? -Pai jadea.

Kanya sacude la cabeza. El neoser ya les ha salvado dos veces. La primera al detectar los sigilosos movimientos de unos comandos que les seguían la pista, y la segunda empujando a Kanya al suelo justo antes de que una lluvia de discos de resortes hendiera el aire sobre su cabeza. La vista del neoser es más aguda que la de la capitana, y su velocidad es espectacular. Sin embargo, ya está sofocada; seca y abrasadora su piel al contacto. Hiroko no está diseñada para esta ofensiva tropical, y aunque derraman agua sobre ella y procuran controlar su temperatura, empieza a flaquear.

Cuando Kanya llega a su altura, Hiroko levanta la cabeza y dirige una mirada febril hacia ella.

– Tendré que beber algo pronto. Hielo.

– No tenemos.

– Pues el río. Lo que sea. Debo regresar con Yashimoto-sama.

– La orilla es un campo de batalla. -Kanya ha oído que el general Pracha se encuentra en los diques, intentando repeler el desembarco de la armada. Enfrentándose a su antiguo aliado, el almirante Noi.

Hiroko le tiende una mano abrasadora.

– No puedo aguantarlo.

Kanya mira a su alrededor, buscando una solución. Hay cadáveres por todas partes. Es peor que cualquier plaga, hombres y mujeres descuartizados por los explosivos. La carnicería es inmensa. Brazos y piernas, un pie arrancado de cuajo cuelga de una rama. Las montañas de cuerpos arden. El napalm sisea. El estruendo de los tanques resuena en las fachadas de los edificios, nubes de gases de escape.

– Necesito la radio -dice.

– La tenía Pichai.

Pero Pichai está muerto y nadie sabe adónde ha ido a parar la radio.

«No estamos preparados para algo así. Se suponía que debíamos contener la roya y la gripe, no tanques y megodontes.»

Cuando por fin encuentra una radio, está en la mano de un cadáver. Acciona la manivela del aparato. Utiliza los códigos empleados por el ministerio para hablar de plagas, no de escaramuzas. Nada. Por último, decide probar en abierto.

– Al habla la capitana Kanya. ¿Hay alguien ahí fuera? Cambio.

Una pausa eterna. Chasquidos y estática. Repite el mensaje. Otra vez. Nada.

De pronto:

– ¿Capitana? Al habla el teniente Apichart.

Reconoce la voz del ayudante.

– ¿Sí? ¿Dónde está el general Pracha?

Más silencio.

– No lo sabemos.

– ¿No estáis con él?

Otra pausa.

– Creemos que está muerto. -Tose-. Han usado gas.

– ¿Quién es el oficial al mando?

Después de un momento:

– Creo que usted, señora.

Kanya se queda muda de asombro.

– No puede ser. ¿Dónde está el quinto?

– No hemos vuelto a saber nada.

– ¿El general Som?

– Lo encontraron en su casa, asesinado. Igual que Karmatha, y Phailin.

– No es posible.

– Es un rumor. Pero nadie los ha visto, y el general Pracha se lo creyó cuando recibió la noticia.

– ¿No hay más capitanes?

– Bhirombhakdi estaba en los amarraderos, pero desde aquí solo se ven llamaradas.

– ¿Dónde estáis?

– En una torre de la Expansión, cerca de la carretera de Pharam.

– ¿Cuántos sois?

– Alrededor de treinta.

Kanya echa un vistazo a su grupo, abatida. Hombres y mujeres heridos. Hiroko reclinada contra un bananero destrozado, encendida como un farolillo chino, con los ojos cerrados. Tal vez muerta ya. Por un instante fugaz se pregunta si le importa la criatura o… Sus hombres la rodean, pendientes de ella. Kanya piensa en sus patéticas reservas de munición. Sus heridas. Son tan pocos…

La radio emite un chasquido.

– ¿Qué quiere que hagamos, capitana? -pregunta el teniente Apichart-. Nuestras armas no sirven de nada frente a los tanques. No podemos… -El canal se inunda de estática.

Una explosión retumba, ensordecedora, procedente del río.

El soldado Sarawut baja del árbol al que se había encaramado.

– Han dejado de bombardear los muelles.

– Nos hemos quedado solos -murmura Pai.

44

Es el silencio lo que la despierta. Emiko ha pasado la noche tumbada de cualquier manera, periodos de sueño interrumpidos por el retumbo de los explosivos y el chasquido de la artillería de resortes al liberarse. Los tanques recorren las calles quemando carbón con estrépito, pero la mayor parte de todo ello es algo lejano, las batallas se libran en otros distritos. Los cadáveres yacen abandonados en las calles, víctimas de los disturbios ya olvidadas en medio del marco del conflicto.

Un extraño silencio se ha apoderado de la ciudad. La única iluminación proviene de las pocas velas que titilan en las ventanas desde las que la gente monta guardia a medianoche sobre la ciudad devastada. No hay ninguna luz de gas encendida en los edificios o en las calles. La oscuridad es absoluta. Es como si se hubiera agotado el metano de la ciudad, o como si alguien por fin hubiera cortado el suministro.

Emiko se incorpora en medio de la basura, arrugando la nariz, asqueada por las cortezas de melón y las pieles de plátano abandonadas. Contra el cielo anaranjado por las llamas puede ver unas pocas columnas de humo, pero nada más. Las calles están desiertas. Es el momento perfecto para llevar a cabo su plan.

Se concentra en la torre. A seis plantas de altura aguarda el apartamento de Anderson-sama. Ojalá pudiera llegar hasta él. Al principio había esperado cruzar el vestíbulo a toda velocidad y buscar alguna manera de subir las escaleras, pero las puertas están cerradas con llave y hay guardias apostados en el interior del edificio. Su retrato es demasiado famoso como para arriesgarse a entrar sin más. Pero existe una alternativa.

Tiene calor. Un calor espantoso. El coco verde que encontró y machacó al comienzo de la noche ya no es más que un recuerdo borroso. Vuelve a contar los balcones que se elevan sobre su cabeza, uno detrás de otro. Hay agua allí arriba. Brisa. Supervivencia y un escondite temporal, si consigue llegar hasta él.

Un estampido resuena a lo lejos, seguido de explosiones diminutas como fuegos artificiales. Escucha. No es conveniente seguir esperando. Se encarama al balcón más bajo. Está protegido con rejas de hierro, igual que el siguiente. Trepa por ellos con facilidad, utilizando los barrotes como asideros.