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Jaidee se encuentra a su lado, atento y pensativo.

– ¿Tienes algo que decir? -masculla Kanya.

Jaidee se encoge de hombros.

– El resto de mi familia ha perecido. Durante el conflicto.

Kanya contiene el aliento.

– Lo siento. -Desearía poder estirar el brazo. Tocarlo.

Jaidee esboza una sonrisa lacónica.

– Así es la guerra. Es lo que he intentado explicarte siempre.

Kanya se dispone a responder, pero Akkarat le hace una seña. Ha llegado el momento de la humillación. Cómo detesta a ese hombre. ¿Cómo es posible que la rabia de su niñez se haya malogrado de esta forma? De pequeña juró destruir a los camisas blancas, y sin embargo ahora el hedor de los jardines incendiados del ministerio impregna su victoria. Kanya sube los escalones y ejecuta su khrab. Akkarat deja que permanezca postrada un buen rato. Sobre su cabeza, Kanya puede oír cómo se dirige a la muchedumbre.

– Es natural llorar por la pérdida de una persona como el general Pracha. Aunque no fuera leal, sí era apasionado, y al menos por eso le debemos un ápice de respeto. Sus últimos días no fueron los únicos. Dedicó muchos años al servicio del reino. Trabajó por defender a nuestro pueblo en épocas de gran incertidumbre. Nunca criticaré su labor, aunque, al final, se descarriara.

Tras una pausa, continúa:

– Nosotros, como reino, debemos sanar. -Pasea la mirada sobre los reunidos-. Como muestra de buena voluntad, me complace anunciar que la reina ha aceptado mi petición de conceder el indulto a todos los contendientes que lucharon a las órdenes del general Pracha y a favor de su intento de golpe de Estado. Incondicionalmente. Para todos aquellos que aún deseéis servir al Ministerio de Medio Ambiente, espero que desempeñéis vuestra labor con orgullo. Nos enfrentamos a todo tipo de retos y nadie sabe qué nos depara el destino.

Le indica a Kanya que se levante y se acerca a ella.

– Capitana Kanya, aunque te opusiste al reino y al palacio, te concedo el perdón y algo más. -Otra pausa-. Debemos reconciliarnos. Todos nosotros, como reino y nación, debemos reconciliarnos. Tendernos la mano unos a otros.

Kanya siente cómo se le revuelven las tripas, asqueada por toda la ceremonia.

– Puesto que ostentas el rango más alto dentro del Ministerio de Medio Ambiente -prosigue Akkarat-, te designo como su líder. Tu deber es el mismo de antes. Proteger al reino y a Su Majestad la Reina.

Kanya se queda mirando fijamente a Akkarat. Detrás de él, Narong sonríe ligeramente. Inclina la cabeza en señal de respeto. Kanya no tiene palabras. Compone un wai, muda de asombro. Akkarat esboza una sonrisa.

– General, tus hombres pueden retirarse. Mañana debemos empezar a reconstruir.

Kanya hace un nuevo wai y se da la vuelta, sin recuperarse de su consternación. De su garganta solo sale un graznido. Traga saliva y repite la orden, con la voz rota. Las miradas que sostienen la suya muestran tanta sorpresa y recelo como siente ella. Por un momento teme que la tomen por una farsante, que se nieguen a obedecer. Un instante después, sin embargo, las filas de camisas blancas se vuelven como un solo hombre y comienzan a desfilar. Los uniformes resplandecen a la luz del sol. Jaidee se aleja con ellos pero, y esto es lo más doloroso de todo, no sin antes despedirse de Kanya con un wai reservado a los generales de verdad.

48

– Se marchan. Se acabó.

Anderson deja caer la cabeza encima de la almohada.

– Entonces, hemos ganado.

Emiko no responde; todavía tiene la mirada perdida en la lejana plaza de armas.

La luz de la mañana que atraviesa la ventana es abrasadora. Anderson está tiritando de frío, aterido y agradecido por el asalto del sol. El sudor mana a chorros de su cuerpo. Emiko le pone una mano en la frente, y Anderson se sorprende al sentir su frescor.

La contempla con ojos vidriosos a causa de la fiebre y la enfermedad.

– ¿Todavía no ha llegado Hock Seng?

Emiko niega con la cabeza, apenada.

– Tu gente no es leal.

Anderson está a punto de soltar una carcajada. Manotea las mantas, sin éxito. Emiko le ayuda a apartarlas.

– No. No lo es. -Vuelve la cara hacia el sol otra vez, empapándose de él, dejando que lo bañe-. Pero eso ya lo sabía. -Se reiría si no estuviera tan cansado. Si no pareciera que su cuerpo está cayéndose a pedazos.

– ¿Quieres más agua?

No le apetece. No tiene sed. Anoche sí la tenía. Cuando llegó el médico por orden de Akkarat podría haberse bebido el mar entero, pero ahora no.

Después de auscultarlo, el médico se fue con un brillo de temor en la mirada, diciendo que enviaría a alguien. Que habría que dar parte al Ministerio de Medio Ambiente. Que los camisas blancas vendrían para practicar algún tipo de magia negra de contención sobre él. Emiko permaneció escondida todo ese tiempo, y cuando se marchó el médico, aguardó junto a Anderson durante varios días con sus noches.

Eso sugieren sus recuerdos fragmentados, al menos. Ha soñado. Ha alucinado. Yates se ha sentado en la cama con él de vez en cuando. Se ha reído de él. Ha señalado la futilidad de su vida. Se ha asomado a sus ojos y le ha preguntado si lo entendía. Y Anderson intentó responder pero tenía la garganta seca. Las palabras no lograban abrirse camino. También de eso se ha reído Yates, que le ha preguntado qué opina de la recién llegada representante comercial enviada por AgriGen para ocupar su puesto. Si verse reemplazado le hace la misma gracia que le hizo a él en su día. Pero Emiko estaba allí con una compresa húmeda y Anderson se sentía agradecido, desesperadamente agradecido por cualquier clase de atención, por su calidad humana… y se reía sin fuerzas ante la ironía.

Ahora contempla a Emiko con la mirada borrosa y piensa en las deudas que tiene pendientes, y se pregunta si vivirá el tiempo suficiente para saldarlas.

– Vamos a sacarte de aquí -susurra.

Lo asalta una nueva oleada de escalofríos. Lleva toda la noche asándose de calor, y ahora, de golpe, está congelado, tiritando de frío, como si hubiera regresado al norte del Medio Oeste y a las crueles heladas de sus inviernos, como si estuviera viendo la nieve. Tiene frío ahora, no sed, y hasta los dedos de una chica mecánica parecen carámbanos apoyados en su mejilla.

Le aparta la mano con esfuerzo.

– ¿Todavía no ha llegado Hock Seng?

– Estás ardiendo. -El rostro de Emiko refleja preocupación.

– ¿Ha llegado? -insiste Anderson. Es tremendamente importante que venga. Que Hock Seng esté aquí, en la habitación, con él. Aunque le cuesta recordar por qué. Es importante.

– Creo que no va a venir. Tiene todas las cartas que necesitaba de ti. Las presentaciones. Está ocupado con tu gente. Con la nueva representante. Esa tal Boudry.

Un cheshire se materializa en el balcón. Emite un gañido y se cuela dentro. A Emiko no parece importarle, claro que, son hermanos. Camaradas artificiales, diseñados por los mismos dioses fallidos.

Anderson observa con apatía mientras el gato cruza el dormitorio y atraviesa la puerta. Si no estuviera tan débil, le tiraría algo. Suspira. Ahora eso da igual. Está demasiado cansado para quejarse por un gato. Deja que su mirada se deslice hasta el techo, donde el ventilador de manivela gira con parsimonia.

Le gustaría sentir rabia. Pero incluso eso ha desaparecido. Al principio, cuando descubrió que estaba enfermo, cuando Hock Seng y la niña retrocedieron alarmados, pensó que se habían vuelto locos. Que él no se había expuesto a ningún vector, pero luego, al fijarse en ellos, en su temor y en su seguridad, comprendió la verdad.

– ¿La fábrica? -había susurrado, repitiendo las últimas palabras de Mai, y Hock Seng había asentido con la cabeza, sin apartar la mano de su cara.