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El conductor de un rickshaw lo ve y aminora la marcha. Hock Seng monta de un salto.

– ¿Adónde? -pregunta el hombre.

Hock Seng titubea, devanándose los sesos. Los amarraderos. Es la única vía de escape segura frente al caos que se avecina. El yang guizi Richard Carlyle probablemente aún esté allí. El hombre y su dirigible, preparándose para volar a Calcuta para recoger las bombas de carbón del reino. Estará a salvo en el aire. Pero solo si se da prisa y encuentra al diablo extranjero antes de que leve la última ancla.

– ¿Adónde?

«Mai.»

Hock Seng sacude la cabeza. ¿Por qué lo atormenta ahora? No le debe nada. No es nada, en realidad. Una simple pescadora. Y sin embargo, a pesar de los pesares, permitió que se quedara a su lado, le dijo que la emplearía en calidad de criada o algo por el estilo. Que la mantendría a salvo. Era lo mínimo que podía hacer… Pero eso era antes. Iba a nadar en la abundancia gracias al dinero de los fabricantes de calorías. La promesa tenía otro valor cuando la formuló. Ella sabrá perdonarlo.

– A los amarraderos -dice Hock Seng-. Deprisa. El tiempo apremia.

El conductor del rickshaw asiente con la cabeza y la bicicleta empieza a acelerar.

«Mai.»

Hock Seng se maldice para sus adentros. Es un estúpido. ¿Por qué no puede concentrarse nunca en el objetivo más importante? Siempre se distrae. Siempre deja de hacer lo que le mantendría a salvo y con vida.

Furioso consigo mismo, furioso con Mai, se inclina hacia delante.

– No. Espera. Tengo otra dirección. Primero al puente de Krungthon, después a los amarraderos.

– Eso está en la otra punta.

Hock Seng hace una mueca.

– ¿Te crees que no lo sé?

El conductor del rickshaw asiente y aminora. Tuerce el manillar y apunta la bicicleta en dirección contraria. Se pone en pie sobre los pedales, ganando velocidad. La ciudad se desliza a los lados, colorida y enfrascada en las labores de reconstrucción. Una ciudad completamente ajena a la catástrofe que se cierne sobre ella. La bicicleta zigzaguea entre los rayos de sol, cambiando fluidamente de marcha, cada vez más deprisa en dirección a la niña.

Si el destino lo quiere, aún les dará tiempo. Hock Seng reza para que le sonría la suerte. Reza para que le dé tiempo de recoger a Mai y llegar al dirigible. Si fuera más listo, se limitaría a huir sin mirar atrás.

En vez de eso, reza para que le sonría la suerte.

Epílogo

Las esclusas destruidas y las bombas saboteadas tardan seis días en poner fin a la Ciudad de los Seres Divinos. Emiko ve correr el agua desde el balcón de la torre de apartamentos más elegante de Bangkok. Anderson-sama es tan solo un cascarón. Emiko exprimió un trapo empapado de agua y él sorbió las gotas como un bebé antes de exhalar su último aliento, susurrando disculpas a unos fantasmas que solo él veía.

Cuando oyó la primera explosión atronadora en la periferia de la ciudad, no se imaginó qué estaba ocurriendo, pero conforme se sucedían las detonaciones y doce columnas de humo se elevaban como nagas sobre los diques, se hizo evidente que las grandes bombas de contención del rey Rama XII habían sido destruidas, y que la ciudad volvía a sufrir un nuevo asedio.

Emiko asistió a la lucha por salvar la ciudad durante tres días, hasta que llegaron los monzones y se abandonaron los últimos intentos por contener el océano. La lluvia cayó a plomo, un diluvio inmenso que arrastró el polvo y los escombros, sacudiendo y levantando cada palmo de la ciudad. La gente abandonó sus hogares cargando con sus pertenencias sobre las cabezas. La ciudad se inundó lentamente, convirtiéndose en un inmenso lago cuyas olas lamían las ventanas a dos plantas de altura.

Al sexto día, Su Majestad la Reina Niña anuncia el abandono de la ciudad divina. Ya no hay ningún somdet chaopraya. Solo queda la reina, y el pueblo responde a su llamada.

Los camisas blancas, tan despreciados y repudiados apenas días antes, están ahora por todas partes, guiando a los refugiados al norte a las órdenes de una nueva tigresa, una mujer circunspecta y extraña de la que se dice que está poseída por los espíritus mientras dirige los esfuerzos de los camisas blancas y salva a tantos habitantes de Krung Thep como le es posible. Emiko se ve obligada a esconderse cuando un joven voluntario uniformado de blanco recorre los pasillos de su edificio ofreciendo auxilio a quienes necesiten alimento o agua potable. La muerte de la ciudad señala la redención del Ministerio de Medio Ambiente.

La ciudad se queda vacía paulatinamente. El vaivén de las olas y los maullidos de los cheshires sustituyen a las voces de los vendedores de durios y a los timbres de las bicicletas. En ocasiones, Emiko tiene la sospecha de que es la única superviviente. Tras accionar una radio de manivela descubre que la capital se ha trasladado al norte, a Ayutthaya, de nuevo por encima del nivel del mar. Oye que Akkarat se ha afeitado la cabeza y ha abrazado la vida monacal para pagar el precio de su fracaso al intentar proteger la ciudad. Pero todo le parece muy lejano.

Con la estación húmeda, la vida de Emiko se vuelve más soportable. El hecho de que la metrópoli esté inundada significa que siempre hay agua cerca, aunque sea una pestilente bañera estancada donde millones de personas hacen sus necesidades. Emiko localiza un pequeño esquife y lo utiliza para desenvolverse entre los arrecifes de cemento. Diluvia a diario y Emiko deja que la lluvia la bañe, que arrastre todo lo que era antes.

La rapiña y la caza le proporcionan sustento. Come cheshires y pesca con las manos desnudas. Es muy rápida. Sus dedos se convierten en arpones con los que puede ensartar carpas siempre que le apetezca. Come bien y duerme sin sobresaltos, y rodeada de agua como está, la caldera que arde en su interior no le da tanto miedo. Aunque no sea el paraíso de los neoseres con el que había soñado, no deja de ser un nicho.

Decora el apartamento. Cruza la amplia desembocadura del Chao Phraya para inspeccionar la fábrica de Mishimoto donde una vez estuvo empleada. Aun con los postigos echados, encuentra y recoge algunos restos de su pasado. Ejercicios de caligrafía rotos y abandonados, cuencos chawan de estilo rakú.

En ocasiones, se cruza con otras personas. Casi todas ellas están demasiado ocupadas intentando sobrevivir como para preocuparse por una criatura tictac más intuida que vista, aunque no faltan quienes pretenden aprovecharse de la supuesta indefensión de una muchacha solitaria. Emiko da cuenta de ellos lo más rápida y piadosamente posible.

Se suceden los días. Se siente completamente a gusto en su mundo de agua y carroña. Tanto, de hecho, que cuando el gaijin y la niña la descubren tendiendo la ropa en la barandilla de un apartamento a dos plantas de altura, la sorprenden por completo.

– ¿Qué tenemos aquí? -pregunta una voz.

Emiko retrocede, asustada, y está a punto de caerse de su atalaya. Baja de un salto y corre chapoteando a refugiarse en las sombras del piso abandonado.

La barca del gaijin choca con la barandilla.

– ¿Sawatdi khrap? -llama el hombre-. ¿Hola?

Es viejo, tiene la piel moteada y la mirada perspicaz. La pequeña es esbelta y morena, y sonríe dulcemente. Los dos se apoyan en la barandilla del balcón, asomándose a la penumbra desde su barca.

– No te escondas, bonita -dice el anciano-. Somos inofensivos. Yo no puedo caminar, y Kip no le haría daño a una mosca.

Emiko aguarda, pero la pareja no se da por vencida. Continúan escudriñando en su dirección.

– ¿Por favor? -dice la niña.

Sin tenerlas todas consigo, Emiko sale de su escondrijo, vadeando lentamente con el agua hasta los tobillos. Hace mucho tiempo que no habla con otra persona.

– Heechy-keechy -susurra la pequeña.

El anciano gaijin sonríe ante sus palabras.

– Prefieren el término neoseres. -No hay censura en sus ojos. Levanta una pareja de cheshires sin vida-. ¿Te gustaría cenar con nosotros, jovencita?