Выбрать главу

Emiko hace una seña en dirección a la barandilla, donde la pesca del día aguarda sumergida.

– No necesito ayuda.

El hombre echa un vistazo a la ristra de peces y vuelve a mirarla con renovado respeto.

– Supongo que no. No si tu diseño es el que yo conozco. -La invita a acercarse-. ¿Vives aquí?

Emiko apunta con el dedo hacia arriba.

– Bonita mansión. A lo mejor podríamos cenar contigo esta noche. Aunque la carne de cheshire no sea de tu agrado, a nosotros no nos importaría probar ese pescado.

Emiko se encoge de hombros, pero se siente sola y el hombre y la pequeña parecen inofensivos. Al anochecer, encienden una fogata con muebles astillados en el balcón del apartamento y asan el pescado. Las estrellas rutilan entre las nubes. La ciudad se extiende ante ellos, negra y enmarañada. Cuando terminan de comer, el anciano gaijin se arrastra más cerca del fuego, ayudado por la niña.

– Dime, ¿qué hace una chica mecánica aquí?

Emiko encoge los hombros.

– Me abandonaron.

– Igual que a nosotros. -El anciano cruza una sonrisa con su amiguita-. Aunque me parece que las vacaciones están a punto de terminar. Preveo el regreso a los placeres de los embargos de calorías y de la guerra genética, así que no me extrañaría que los camisas blancas volvieran a necesitar mis servicios. -Suelta una carcajada.

– ¿Eres un pirata genético? -pregunta Emiko.

– Mucho más que eso, espero.

– ¿Has dicho que estabas familiarizado con mi… plataforma?

El hombre sonríe. Le indica a la niña que se acerque a él y acaricia distraídamente su pierna con una mano mientras estudia a Emiko. Emiko se percata de que la pequeña no es exactamente lo que parece; es niño y niña a la vez. La pequeña le dirige una sonrisa, como si pudiera leerle el pensamiento.

– He leído sobre vuestra especie -dice el anciano-. Sobre vuestra composición genética. Vuestra formación… ¡Levántate! -ordena.

Emiko se ha puesto en pie antes de darse cuenta. El temor y la necesidad de obedecer le provocan un escalofrío.

El hombre sacude la cabeza.

– Es una crueldad lo que han hecho contigo.

– También me hicieron fuerte -replica Emiko, furiosa-. Puedo lastimarte.

– Sí. Eso es cierto. -El gaijin asiente con la cabeza-. Tomaron atajos. Tu adiestramiento los enmascara, pero están ahí. Tu obediencia… No sé de dónde la sacaron. Sospecho que de algún tipo de labrador. -Se encoge de hombros-. En cualquier caso, eres superior al ser humano en casi todos los demás aspectos. Más rápida, más inteligente, con mejor vista, mejor oído… Eres sumisa, pero también inmune a enfermedades como la mía. -Hace un ademán que abarca sus piernas, erizadas de cicatrices y llagas supurantes-. Considérate afortunada.

Emiko se queda mirándolo fijamente.

– Eres uno de los científicos que me diseñó.

– No exactamente, pero casi. -El anciano sonríe con los labios apretados-. Conozco tus secretos, igual que conozco los secretos de los megodontes y el trigo TotalNutrient. -Inclina la cabeza en dirección a los cadáveres de los cheshires-. Lo sé todo sobre esos felinos de ahí. Si me tomara la molestia, sería incluso capaz de implantarles una bomba genética que los despojase de su camuflaje y, con el paso de las generaciones, los revirtiera a su anterior versión inferior.

– ¿Serías capaz?

El gaijin se ríe y menea la cabeza.

– Me gustan más así.

– Odio a tu especie.

– ¿Porque te hizo alguien como yo? -Vuelve a carcajearse-. Me sorprende que no te alegres de conocerme. Es lo más parecido a estar en presencia de Dios. Venga, ¿no tienes ninguna pregunta para tu creador?

Emiko frunce el ceño e inclina la cabeza en dirección a los cheshires.

– Si fueras Dios, habrías creado antes a los neoseres.

El anciano gaijin suelta una risotada.

– Eso sí que hubiera sido emocionante.

– Os hubiéramos derrotado. Igual que los cheshires.

– Quizá lo consigáis todavía. -Se encoge de hombros-. No debéis temer a la cibiscosis ni a la roya.

– No. -Emiko sacude la cabeza-. No podemos reproducirnos. Dependemos de vosotros en ese sentido. -Mueve la mano. Un gesto sincopado, delator-. Estoy señalada. Siempre lo estaremos. Tan llamativos como un diez manos o un megodonte.

El anciano desdeña sus palabras con un ademán.

– Los movimientos mecánicos no son un rasgo imprescindible. No hay ningún motivo para que no se puedan eliminar. En cuanto a la infertilidad… -Se encoge de hombros-. Las limitaciones pueden soslayarse. Esos cortafuegos están ahí porque hemos aprendido la lección, pero no son imprescindibles. Algunos de ellos podrían dificultar vuestra fabricación, incluso. Nada en vosotros en inevitable. -Sonríe-. Puede que algún día los neoseres hereden el mundo, y pensaréis en nuestra especie como nosotros pensamos ahora en los pobres neandertales.

Emiko guarda silencio. El fuego crepita.

– ¿Sabes cómo hacerlo? -dice al final-. ¿Puedes ayudarme a reproducirme de verdad, como los cheshires?

El anciano cruza la mirada con el ladyboy.

– ¿Puedes? -insiste Emiko.

El gaijin exhala un suspiro.

– No puedo alterar la mecánica de lo que ya eres. Tus ovarios son inexistentes. Volverte fértil es tan imposible como dotar a tu piel de más poros.

Emiko deja caer los hombros.

El hombre se ríe.

– ¡No pongas esa cara tan larga! De todas formas, los óvulos femeninos nunca me han entusiasmado como material genético. -Esboza una sonrisa-. Bastaría con un mechón de tu pelo. Tú no puedes cambiar, pero tus hijos… en términos genéticos, ya que no físicos… podrían ser diseñados fértiles, parte del mundo natural.

El corazón de Emiko late desbocado en su pecho.

– ¿De veras podrías hacer eso por mí?

– Sí, desde luego. Podría hacer eso por ti. -La mirada del hombre se pierde en la distancia, pensativa. Una sonrisa aletea en sus labios-. Podría hacer eso y más, mucho más.

Agradecimientos

La chica mecánica no sería ni la sombra de lo que es sin todo el apoyo que he recibido. Quiero expresar mi agradecimiento a las siguientes personas: a Kelly Buehler y a Daniel Spector, por ser unos perfectos anfitriones, darme alojamiento y hacer de guías turísticos durante mi estancia de documentación en Chiang Mai; a Richard Foss, por los volantes; a Ian Chai, por tener la bondad de interceder y solventar algunos de mis flagrantes problemas con Tan Hock Seng; a James Fahn, autor de A Land on Fire, por compartir sus conocimientos y sus opiniones sobre los retos medioambientales a los que se enfrenta Tailandia; a la pandilla de Blue Heaven (especialmente a Tobias Buckell y Bill Shunn, mis primeros lectores), pero también a Paul Melko, Greg van Eekhout, Sarah Prineas, Sandra McDonald, Heather Shaw, Holly McDowell, Ian Tregillis, Rae Carson y Charlie Finlay. Dudo que hubiera sabido encontrar el camino hasta la conclusión del libro sin su sabiduría. También me gustaría dar las gracias a mi editora, Juliet Ulman, que me ayudó a identificar y resolver algunos problemas fundamentales de la trama cuando me encontraba totalmente desorientado. Bill Tuffin se merece una nota de agradecimiento aparte. Tuve la suerte de conocerlo cuando esta novela empezaba a dar sus primeros pasos, y ha resultado ser una mina de información sobre la cultura del sudeste asiático además de un excelente amigo. Por último, quiero dar las gracias a mi esposa, Anjula, por su infatigable apoyo a lo largo de muchos, muchísimos años. Su paciencia y su fe no tienen parangón. Huelga decir que, si bien todas estas personas contribuyeron a sacar lo mejor de este libro, el único responsable de sus errores, omisiones y transgresiones soy yo.