Otto ladea la cabeza, intrigado.
– ¿Qué tienes ahí?
Anderson saca más ngaw de la bolsa y empieza a repartirlos.
– No estoy seguro. Los thais los llaman ngaw.
Lucy deja de prensar la pipa.
– Los he visto. Están por todo el mercado. ¿No tienen la roya?
Anderson niega con la cabeza.
– De momento no. La señora que los vendía me dijo que estaban limpios. Me enseñó los certificados.
Todos se ríen, pero Anderson combate su cinismo con un encogimiento de hombros.
– Los dejé reposar durante una semana. Nada. Están más limpios que el U-Tex.
Los demás siguen su ejemplo y comen la fruta. Ojos como platos. Sonrisas. Anderson abre bien la bolsa y la deja encima de la mesa.
– Adelante. Yo ya he comido demasiados.
Saquean la bolsa entre todos. En el centro de la mesa se forma una montaña de cáscaras. Quoile mastica, pensativo.
– Me recuerda un poco a los lichis.
– ¿Sí? -Anderson refrena la curiosidad-. No había oído nada.
– Pues sí. He bebido algo que sabía parecido. La última vez fue en la India. En Calcuta. Un representante de ventas de PurCal me llevó a uno de sus restaurantes cuando empecé a interesarme por el contrabando de azafrán.
– Entonces, ¿crees que es un… lichi?
– Podría ser. Lichi se llamaba la bebida, según él. A lo mejor no tenía nada que ver con la fruta.
– Si se trata de un producto de PurCal, no entiendo cómo ha llegado hasta aquí -se extraña Lucy-. Deberían estar todos en Koh Angrit, en cuarentena mientras el Ministerio de Medio Ambiente busca diez mil impuestos diferentes que aplicarles. -Escupe el carozo en la palma de la mano y lo tira a la calle por el balcón-. Estoy aburrida de verlos por ahí. Tienen que ser productos locales. -Mete una mano en la bolsa y saca otro-. Aunque, ¿sabes a quién podrían interesarle? -Se reclina y, dirigiéndose a la penumbra del local, grita-: ¡Hagg! ¿Sigues ahí? ¿Estás despierto?
Ante el nombre que sale de sus labios, los demás se desperezan e intentan enderezarse, como niños pillados en falta por un padre estricto. Anderson reprime un escalofrío instintivo.
– Preferiría que no hubieras hecho eso -murmura.
Otto hace una mueca.
– Le daba por muerto.
– La roya no afecta a los elegidos, ¿no lo sabías?
Todo el mundo contiene una risita cuando una figura emerge de las sombras con paso pesado. Hagg tiene la cara colorada y perlada de sudor. Observa a la Falange con gesto solemne.
– Hola a todos. -Saluda a Lucy con la cabeza-. Así que sigues relacionándote con estos.
Lucy se encoge de hombros.
– Qué remedio. -Indica una silla con un ademán-. No te quedes ahí plantado. Tómate algo con nosotros. Cuéntanos alguna de tus historias. -Lucy enciende la pipa de opio y aspira el humo mientras el recién llegado coloca una silla a su lado y se sienta en ella, derrengado.
Hagg es un tipo robusto, metido en carnes. No por primera vez, Anderson piensa cuán interesante resulta que los sacerdotes grahamitas, de entre todos los de su especie, sean los únicos cuyos talles desbordan su perímetro natural. Hagg pide whisky con un gesto y sorprende a todos cuando un camarero aparece junto a él casi de inmediato.
– No hay hielo -anuncia el camarero a su llegada.
– No hay hielo, claro. Faltaría más. -Hagg sacude la cabeza con énfasis-. De todas formas, sería una lástima desperdiciar las calorías.
Cuando regresa el camarero, Hagg coge el vaso y se lo bebe de un solo trago. Encarga otro.
– Es agradable haber vuelto del campo -suspira-. Uno empieza a echar de menos los placeres de la civilización. -Brinda con ellos con la segunda copa y se la toma también de un trago.
– ¿Hasta dónde has llegado? -pregunta Lucy con la pipa sujeta entre los dientes. Los efectos de la bolita quemada empiezan a vidriarle los ojos.
– Cerca de la antigua frontera con Birmania, en el paso de Tres Pagodas. -Hagg les dedica a todos una mirada severa, como si fueran culpables de los pecados que investiga-. Indagando en la propagación de los cerambicidos.
– Esa zona no es segura, por lo que tengo entendido -dice Otto-. ¿Quién es el jao por?
– Un tipo llamado Chanarong. No me dio ningún problema. Resulta mucho más fácil trabajar con él que con el Señor del Estiércol o con cualquiera de los pequeños jao por de la ciudad. No todos los padrinos están tan obsesionados con el dinero y el poder. -Hagg lanza una mirada mordaz por encima del hombro-. Para los que no estamos interesados en saquear el carbón, el jade o el opio del reino, el campo es un lugar perfectamente seguro. -Se encoge de hombros-. En cualquier caso, Phra Kritipong me invitó a visitar su monasterio. Para observar los cambios operados en la conducta del cerambicido. -Menea la cabeza-. La devastación es asombrosa. Bosques enteros en los que no queda ni una sola hoja. Kudzu, nada más. Los árboles más altos han desaparecido, hay troncos caídos por todas partes.
Eso despierta el interés de Otto.
– ¿Se podría rescatar algo?
Lucy le mira asqueada.
– Estamos hablando de cerambicidos, idiota. Nadie quiere algo así aquí.
– ¿Dices que te invitaron al monasterio? -pregunta Anderson-. ¿Pese a ser grahamita?
– Phra Kritipong es lo bastante sabio como para comprender que ni Jesucristo ni las Enseñanzas del Nicho son anatema para los de su clase. Los valores budistas y los grahamitas coinciden en muchos aspectos. Noé y el mártir Phra Seub son figuras totalmente complementarias.
Anderson reprime una risita.
– Si tu monje supiera cómo actúan los grahamitas en casa, lo vería de otra manera.
Hagg adopta una expresión agraviada.
– No predico el incendio de los cultivos. Soy un científico.
– No pretendía ofenderte. -Anderson coge un ngaw y se lo ofrece a Hagg-. Quizá te interese esto. Acabamos de descubrirlos en el mercado.
Hagg observa la fruta, sorprendido.
– ¿El mercado? ¿Cuál?
– Están por todas partes -interviene Lucy.
– Aparecieron durante tu ausencia -explica Anderson-. Pruébalo, no están mal.
Hagg estudia atentamente la fruta.
– Extraordinario.
– ¿Sabes qué son? -pregunta Otto.
Anderson pela otro ngaw para él, pero mientras lo hace, mantiene los oídos bien atentos. Jamás se le ocurriría preguntarle nada directamente a un grahamita, pero no le importa en absoluto que lo haga otro.
– Quoile cree que podría ser un lichi -explica Lucy-. ¿Tiene razón?
– No, no es un lichi. Eso seguro. -Hagg le da vueltas en la mano-. Creo que podría ser algo que los textos antiguos llamaban rambután. -Se queda pensativo-. Aunque, si no me falla la memoria, están emparentados de alguna manera.
– ¿Rambután? -Anderson mantiene la expresión cordial y neutra-. Qué nombre más raro. Todos los thais lo llaman ngaw.
Hagg se come la carne y escupe el grueso carozo en la palma de la mano. Examina la semilla negra, mojada de saliva.
– Me pregunto si se reproducirá bien.
– Podrías ponerlo en una maceta, a ver qué pasa.
Hagg le lanza una mirada de irritación.
– Si no proviene de una fábrica de calorías, se reproducirá. Los thais no se dedican a la piratería estéril.
Anderson se ríe.
– No sabía que las fábricas de calorías desarrollaran frutas tropicales.
– Las piñas son suyas.
– Cierto. Se me había olvidado. -Anderson deja pasar un momento-. ¿Cómo sabes tanto de frutas?
– Estudié biosistemas y ecología en la nueva universidad de Alabama.