– Qué bonito.
Sir Francis vuelve a encogerse de hombros.
– Oléis mal.
Carlyle frunce el ceño.
– Todo el mundo huele mal. Es la puñetera estación cálida.
Anderson decide interceder.
– Supongo que Comercio estará que echa humo, habiendo perdido prestigio de esa manera. -Bebe un sorbo de whisky caliente y arruga la nariz. Antes de venir aquí le gustaba el licor del tiempo.
Sir Francis cuenta las monedas antes de meterlas en la caja registradora.
– El ministro Akkarat sonríe todavía, pero los japoneses exigen indemnizaciones por sus pérdidas y los camisas blancas no se las darán jamás. Así que, o bien Akkarat paga para compensar lo que ha hecho el Tigre de Bangkok, o quedará desprestigiado también ante los japoneses.
– ¿Crees que los japoneses se marcharían?
Sir Francis pone cara de repugnancia.
– Los japoneses son como las fábricas de calorías: siempre buscan una vía de entrada. No se irán nunca. -Se dirige al otro extremo de la barra, dejándolos a solas de nuevo.
Anderson saca un ngaw y se lo ofrece a Carlyle.
– ¿Quieres uno?
Carlyle coge la fruta y la observa con detenimiento.
– ¿Qué diablos es esto?
– Ngaw.
– Me recuerda a las cucarachas. -Hace una mueca-. Eres el rey de los experimentos, cabrón, eso hay que reconocerlo. -Empuja el ngaw en dirección a Anderson y se limpia remilgadamente la mano en el pantalón.
– ¿Asustado? -bromea Anderson.
– A mi mujer también le gustaba comer cosas nuevas. No podía evitarlo. Le chiflaban los sabores. Todos los platos nuevos le parecían irresistibles. -Carlyle se encoge de hombros-. Esperaré a ver si la semana que viene estás vomitando sangre.
Se reclinan en los taburetes y sus miradas traspasan el velo de polvo y calor hasta donde el hotel Victoria se yergue resplandeciente. Al fondo de un callejón, una lavandera ha colocado bandejas de colada junto a los escombros de un promontorio. Otra está aseándose, restregando el cuerpo con fruición bajo el sarong, cuya tela se adhiere a su piel. Los niños corretean desnudos por la tierra, saltando por encima de cascotes de cemento tendidos hace más de cien años, durante la antigua Expansión. A lo lejos, calle abajo, se elevan los diques que contienen el mar.
– ¿Cuánto has perdido? -pregunta Carlyle, al cabo.
– Mucho. Gracias a ti.
Carlyle no pica el anzuelo. Apura el whisky y pide otro con un ademán.
– ¿De verdad que no hay hielo? -le pregunta a sir Francis-. ¿O todo esto es solo porque crees que no volveremos mañana?
– Pregúntamelo mañana.
– Si vuelvo mañana, ¿tendrás hielo?
La sonrisa de sir Francis es deslumbrante.
– Depende de hasta cuándo sigas pagando para que los bueyes y los megodontes descarguen tus mercancías. Todo el mundo habla de enriquecerse quemando calorías para los farang… así que no hay hielo para sir Francis.
– Pero si nos vamos, no beberá nadie. Aunque sir Francis tenga todo el hielo del mundo.
Sir Francis se encoge de hombros.
– Lo que tú digas.
El thai se da la vuelta y Carlyle frunce el ceño.
– Sindicatos de megodontes, camisas blancas, sir Francis. Mires donde mires, solo verás manos tendidas.
– Hacer negocios tiene un precio -reflexiona Anderson-. Aun así, por la forma en que sonreías al entrar, pensé que no habías perdido nada.
Carlyle coge el nuevo vaso de whisky.
– Es solo que me hizo gracia veros a todos en la galería, con caras de perros enfermos de cibiscosis. En cualquier caso, aunque hayamos sufrido pérdidas, nadie nos ha encerrado cargados de cadenas en una celda de torturas de Khlong Prem. No hay ningún motivo para no sonreír por eso. -Se arrima a Anderson-. Este no es el final de la historia. Ni de lejos. Akkarat todavía guarda un as en la manga.
– Si uno aprieta demasiado a los camisas blancas, estos siempre terminan rebelándose -advierte Anderson-. Akkarat y tú habéis armado mucho revuelo hablando de cambiar las tarifas y los créditos de contaminación. De neoseres, incluso. Y ahora mi ayudante me dice lo mismo que acaba de decir sir Francis: todos los periódicos tailandeses llaman a nuestro amigo Jaidee el Tigre de la Reina. Lo adoran.
– ¿Tu ayudante? ¿Te refieres a esa sabandija paranoica tarjeta amarilla que tienes en la oficina? -Carlyle suelta una carcajada-. Ese es vuestro problema. Os pasáis el día sentados, lamentándoos y soñando, mientras yo cambio las reglas del juego. Sois un puñado de teóricos de la Contracción.
– No soy yo el que ha perdido un dirigible.
– Hacer negocios tiene un precio.
– Cualquiera diría que perder una quinta parte de tu flota es un precio elevado.
Carlyle pone cara de circunstancias. Se acerca más aún y baja la voz.
– Venga ya, Anderson. El asunto ese de los camisas blancas no es lo que parece. Hay personas que están esperando a que se pasen de listos. -Hace una pausa, asegurándose de que el significado de sus palabras quede bien claro-. Algunos de nosotros incluso estamos echándoles una mano en ese sentido. Precisamente ahora vengo de hablar con Akkarat en persona, y puedo asegurarte que el viento está a punto de empezar a soplar a favor nuestro.
Anderson empieza a reírse, pero Carlyle levanta un dedo con gesto admonitorio.
– Adelante, sacude la cabeza cuanto quieras, pero antes de que termine de hacerlo estarás lamiéndome el culo y dándome las gracias por las nuevas estructuras de tarifas mientras nuestras cuentas se llenan de compensaciones.
– Los camisas blancas jamás pagan ninguna compensación. Ni cuando incendian una granja, ni cuando confiscan un cargamento. Jamás.
Carlyle se encoge de hombros. Dirige la mirada hacia el resplandor abrasador de la galería.
– Se aproximan los monzones -observa.
– Lo dudo. -Anderson contempla la claridad cegadora con expresión huraña-. Ya acumulan un retraso de dos meses.
– Llegarán, te lo aseguro. Si no es este mes, será el que viene, pero llegarán.
– ¿Y?
– El Ministerio de Medio Ambiente espera recibir recambios para las bombas de los diques de la ciudad. Piezas fundamentales. Para siete de ellas. -Hace una pausa-. Ahora bien, ¿dónde crees que están esas piezas?
– Sorpréndeme.
– Al otro lado del océano Índico. -Carlyle esboza una sonrisa de escualo-. En cierto hangar de Calcuta del que resulta que soy propietario.
Es como si el aire escapara del bar. Anderson mira discretamente a su alrededor, cerciorándose de que no haya nadie cerca.
– Jesús, serás hijo de perra. ¿Hablas en serio?
Ahora todo tiene sentido. La altanería de Carlyle, su confianza. El tipo siempre ha sido un filibustero dispuesto a correr cualquier riesgo. Pero con Carlyle es difícil distinguir la fanfarronería de la sinceridad. Cuando asegura que Akkarat le hace caso, es posible que solo hable con sus secretarios. Pura palabrería. Pero esto…
Anderson empieza a decir algo pero ve a sir Francis acercándose y opta por darse la vuelta, arrugando la nariz. Una chispa de picardía ilumina los ojos de Carlyle. Sir Francis deja otro vaso junto a su mano, pero a Anderson ya no le interesa la bebida. Se inclina hacia delante en cuanto sir Francis se retira.
– ¿Te propones convertir en rehén a toda la ciudad?
– Los camisas blancas parecen haber olvidado que necesitan a los extranjeros. Nos encontramos en plena nueva Expansión y todos los hilos están conectados entre sí, a pesar de lo cual siguen pensando como un ministerio de la Contracción. No se dan cuenta de hasta qué extremos se han vuelto dependientes de los farang. -Se encoge de hombros-. Llegados a este punto, son meros peones en un tablero de ajedrez. No se imaginan siquiera quién los mueve, y no podrían detenernos aunque lo intentaran.