Engulle otro chupito de whisky de un solo trago, hace una mueca y planta el vaso encima de la barra.
– Deberíamos mandarle flores a ese malnacido camisa blanca de Jaidee. Ha cumplido su papel a la perfección. Con la mitad de las bombas de carbón de la ciudad fuera de servicio… -Se encoge de hombros-. Lo mejor de hacer tratos con los thais es que están dotados de una enorme sensibilidad. Ni siquiera tendré que amenazarles. Atarán todos los cabos ellos solitos, y harán lo que tengan que hacer.
– Es una apuesta arriesgada.
– ¿No lo son todas? -Carlyle sonríe a Anderson con cinismo-. Puede que mañana hayamos muerto todos por culpa de una reescritura de la roya. O puede que seamos las personas más ricas del reino. Es cuestión de azar. Los thais se toman el juego muy en serio. Deberíamos hacer lo mismo.
– Podría ponerte una pistola de resortes en la cabeza y ofrecer tus sesos a cambio de las bombas.
– ¡Así se habla! -Carlyle se ríe-. Eso es pensar como un thai. Pero también eso lo tengo previsto.
– ¿Qué? ¿Con el Ministerio de Comercio? -Anderson hace una mueca-. Akkarat carece de los recursos necesarios para protegerte.
– Pero tiene algo mejor: generales.
– Estás borracho. El general Pracha tiene amigos en todos los escalafones del ejército. Si los camisas blancas no dirigen el país todavía es porque el antiguo monarca intervino antes de que Pracha pudiera aplastar a Akkarat la última vez.
– Los tiempos cambian. Los camisas blancas de Pracha y sus sobornos han enfadado a mucha gente. El pueblo exige un cambio.
– ¿Ahora me hablas de revolución?
– ¿Querría una revolución el palacio? -Con toda tranquilidad, Carlyle estira el brazo por encima del mostrador para agarrar la botella de whisky, la empina y consigue llenar algo menos de medio vaso. Arquea una ceja en dirección a Anderson-. Ah. Ahora me estás escuchando. -Señala el vaso de Anderson-. ¿Te vas a beber eso?
– ¿Qué alcance tiene esto?
– ¿Quieres formar parte del trato?
– ¿Por qué ibas a ofrecerme algo así?
– ¿Hace falta que lo preguntes? -Carlyle se encoge de hombros-. Cuando Yates montó la fábrica, triplicó el precio de los julios que pedía el Sindicato de Megodontes. Tiró el dinero a manos llenas. Era difícil que esa clase de recursos pasaran inadvertidos.
Indica con la cabeza a los demás expatriados, que ahora están echando una partida de póquer sin mucho entusiasmo, mientras esperan a que se reduzca el bochorno para poder seguir con su trabajo, o ir de putas, o aguardar aletargadamente a que llegue otro día.
– Los demás son todos unos chiquillos. Niños vestidos con ropas de adulto. Tú eres distinto.
– ¿Crees que somos ricos?
– Venga, deja de hacerte el tonto. Mis dirigibles transportan tus cargamentos. -Carlyle lo observa fijamente-. He visto de dónde salen los envíos -lanza una mirada elocuente a Anderson- antes de llegar a Calcuta.
Anderson aparenta indiferencia.
– ¿Y qué?
– Un montón de material procede de Des Moines.
– ¿Crees que vale la pena hablar conmigo porque tengo inversores en el Medio Oeste? ¿Acaso no buscan todos a sus inversores donde está el dinero? ¿Y qué si una viuda adinerada quiere experimentar con muelles percutores? Das demasiada importancia a los detalles más insignificantes.
– ¿Sí? -Carlyle mira alrededor del bar y se arrima a Anderson-. La gente habla de ti.
– ¿Y qué dice?
– Que te interesan mucho las semillas. -Echa un significativo vistazo de reojo a las cáscaras de ngaw que yacen entre ellos-. Hoy en día, todos somos ojeadores de genes. Pero tú eres el único que paga por la información. El único que pregunta por camisas blancas y piratas genéticos.
Anderson esboza una sonrisa glacial.
– Has hablado con Raleigh.
Carlyle inclina la cabeza.
– Si te sirve de consuelo, no fue fácil. No quería hablar de ti. En absoluto.
– Tendría que haberse esforzado un poco más.
– Sin mí no puede obtener sus tratamientos antienvejecimiento. -Carlyle se encoge de hombros-. Contamos con distribuidores en Japón. Tú no puedes ofrecerle otra década de vida fácil.
Anderson suelta una risa forzada.
– Por supuesto. -Sonríe, aunque hierva por dentro. Tendrá que ocuparse de Raleigh. Y ahora puede que también de Carlyle. Ha sido descuidado. Contempla los ngaw con repugnancia. Ha estado pregonando el último objeto de su interés a los cuatro vientos. Delante incluso de los grahamitas, y ahora esto. Resulta demasiado fácil acomodarse. Olvidar todos los frentes abiertos. Hasta que un buen día, en un bar cualquiera, alguien te cruza la cara de un guantazo.
Carlyle está hablando.
– Si pudiera hablar con ciertas personas. Discutir ciertas propuestas… -Deja la frase en el aire mientras sus ojos castaños escudriñan la expresión de Anderson en busca de cualquier indicio de acuerdo-. Me da igual para qué empresa trabajes. Si entiendo correctamente cuáles son tus intereses, podríamos descubrir que nuestros objetivos apuntan en direcciones parecidas.
Anderson tamborilea con los dedos encima de la barra, pensativo. Si Carlyle desapareciera del mapa, ¿levantaría alguna sospecha? A lo mejor podría culpar incluso al exceso de celo de los camisas blancas…
– ¿Crees que tienes alguna posibilidad? -pregunta Anderson.
– No sería la primera vez que los thais reforman su gobierno por la fuerza. El hotel Victoria no existiría si el primer ministro Surawong no hubiera perdido la cabeza y su mansión en el golpe del doce de diciembre. La historia de Tailandia está infestada de cambios en la administración.
– Me preocupa un poco que, igual que estás hablando conmigo, estés hablando con otros. Con demasiados, quizá.
– ¿Con quién quieres que hable? -Carlyle apunta con la cabeza al resto de la Falange Farang-. No son nadie. No les dedicaría ni un segundo de atención. Tu gente, en cambio… -Carlyle no termina la frase, calculando sus palabras, y se inclina hacia delante-. Mira, Akkarat tiene experiencia en esta clase de asuntos. Los camisas blancas se han creado muchos enemigos. Y no solo farang. Lo único que necesita nuestro proyecto es un empujoncito para ganar impulso.
Bebe un sorbo de whisky y lo paladea durante un momento antes de volver a posar el vaso.
– Las consecuencias serían sumamente favorables para nosotros si saliera bien. -Sostiene la mirada de Anderson-. Sumamente favorables para ti. Y para tus amigos del Medio Oeste.
– ¿Qué saldrías ganando tú?
– Comercio, naturalmente. -Carlyle sonríe-. Si los thais miran al mundo en vez de vivir en este ridículo ostracismo defensivo suyo, mi empresa se expandirá. Será bueno para el negocio. No creo que a tu gente le haga gracia pelarse de frío en Koh Angrit, suplicando para poder vender unas pocas toneladas de U-Tex o SoyPRO al reino cuando se malogran las cosechas. Podríais disfrutar del libre comercio, en vez de moriros de asco en esa isla de la cuarentena. Creo que debe de parecerte atractivo. A mí me beneficiaría, sin duda.
Anderson estudia a Carlyle, intentando decidir hasta dónde llega la confianza que le inspira ese hombre. Llevan dos años emborrachándose juntos, visitando prostíbulos ocasionalmente, han cerrado contratos mercantiles con un simple apretón de manos, pero Anderson sabe muy poco acerca de él. En la sede hay un portafolio, aunque delgado. Anderson reflexiona. El banco de semillas está ahí fuera, esperando. Con un gobierno maleable…
– ¿Qué generales te respaldan?