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Carlyle se ríe.

– Si te lo dijera, me tomarías por un imbécil incapaz de guardar secretos.

Anderson decide que no es más que mera palabrería. Tendrá que asegurarse de que Carlyle desaparezca y pronto, discretamente, antes de que su tapadera salte por los aires.

– Parece interesante. Quizá deberíamos reunirnos para hablar un poco más de nuestros objetivos en común.

Carlyle abre la boca para responder pero se detiene, observando a Anderson. Sonríe y niega con la cabeza.

– No. No me crees. -Se encoge de hombros-. Pues nada. Espera y verás. Dentro de dos días, creo que te quedarás asombrado. Hablaremos entonces. -Lanza una mirada cargada de intención a Anderson-. Y lo haremos donde yo elija. -Apura el vaso.

– ¿Por qué esperar? ¿Qué va a cambiar desde ahora hasta entonces?

Carlyle se pone el sombrero y sonríe.

– Todo, mi querido farang. Todo.

9

Emiko despierta inmersa en el bochorno del atardecer. Se despereza, respirando entrecortadamente en el horno de su ratonera.

Hay un lugar para los neoseres. La certeza cosquillea en su interior. Una razón para vivir.

Aprieta una mano hacia arriba, contra las tablas de WeatherAll que separan el cajón que le sirve de dormitorio del que queda encima. Tocando los nudos. Pensando en la última vez que se sintió así de contenta. Acordándose de Japón y de los lujos con que la colmaba Gendo-sama: su propio piso; aparatos de aire acondicionado que llenaban de frescor los húmedos días de verano; peces dangan que brillaban y cambiaban de color como camaleones, tonos iridiscentes y mutables en función de su velocidad, azul para los más lentos, rojo para los más veloces. Le gustaba dar golpecitos en el cristal de su tanque y ver cómo dejaban estelas carmesí en las aguas oscuras, exhibiendo su naturaleza mecánica en todo su esplendor.

Ella también brillaba antes. Estaba bien construida. Bien adiestrada. Estaba versada en las artes de la compañera de almohada, la secretaria, la traductora y la observadora, servicios que había desempeñado tan admirablemente para su amo que este la mimaba como a una paloma, soltándola al resplandeciente arco azul del cielo. Tal era el honor que le dispensaba.

Los nudos de WeatherAll la contemplan fijamente, la única decoración del panel que separa su dormitorio del de arriba e impide que la lluvia de desperdicios de sus vecinos caiga encima de ella. El hedor a linaza que emana de la madera resulta nauseabundo en los sofocantes confines de la ratonera. En Japón había leyes que regulaban el uso de ese tipo de madera en las viviendas. Aquí, en las torres del arrabal, eso a nadie le importa.

Emiko siente los pulmones en llamas. Respira entrecortadamente, escuchando los gruñidos y los ronquidos de los otros cuerpos. Ningún sonido se filtra desde la ratonera de arriba. Puenthai no habrá vuelto todavía. De lo contrario, ya habría sufrido, ya habría sido golpeada o follada. Raro es el día que pasa sin recibir algún tipo de abuso. Puenthai aún no está en casa. Quizá esté muerto. La pelusa de fa’gan de su cuello sin duda era tupida la última vez que lo vio.

Sale contorsionándose del cajón y se endereza en el angosto espacio que media entre la ratonera y la puerta. Vuelve a estirarse, alarga una mano y tantea en busca de su botella de agua, amarillenta y rancia. Bebe el líquido, cálido como la sangre. Traga convulsivamente, deseando que fuera hielo.

Dos plantas más arriba, una puerta astillada cede y Emiko sale al tejado. La luz y el calor la envuelven. A pesar del sol implacable, hace más fresco que en la ratonera.

A su alrededor, los tendales repletos de pha sin y pantalones susurrantes se mecen con la brisa marina. El sol, que ya ha iniciado el descenso, arranca destellos de las puntas de wats y chedi. El agua de los khlongs y del Chao Phraya rutila. Los esquifes de muelles percutores y los catamaranes de vela se deslizan sobre espejos escarlatas.

Al norte, la distancia se pierde en medio de la neblina anaranjada del estiércol quemado y la humedad, pero en alguna parte, si el farang de la cicatriz es de fiar, habitan los neoseres. En algún lugar más allá de las guerras por los beneficios del carbón, el jade y el opio, la aguarda su tribu perdida. Jamás fue japonesa; lo único que ha sido siempre es una chica mecánica. Y ahora sus verdaderos congéneres la esperan; solo tiene que encontrar el camino que la conduzca hasta ellos.

Se queda mirando fijamente hacia el norte un instante más, anhelante, y a continuación se dirige al cubo que escondió la noche anterior. No hay agua en los pisos altos, no hay presión que la lleve tan arriba, y no puede correr el riesgo de lavarse en las bombas públicas; así que todas las noches sube trabajosamente la escalera con su cubo de agua y lo deja aquí para utilizarlo por la mañana.

En la intimidad del aire libre y el sol poniente, se baña. Se trata de un proceso de purificación ritual y escrupuloso. El cubo de agua, un trocito de jabón. Se acuclilla junto al cubo y se echa el agua recalentada por encima con ayuda de un cazo. Es algo preciso, un acto escrito de antemano, meticuloso como el jo no mai, donde todos los movimientos están coreografiados, un tributo a la carestía.

Vierte un cazo sobre su cabeza. El agua se escurre por su rostro, se derrama sobre sus pechos, sus costillas y sus muslos, forma regueros en el cemento caliente. Otro cazo, empapando su cabello negro, bañándole el espinazo y enroscándose en sus nalgas. Más agua, recubriéndole la piel como una pátina de mercurio. Y después el jabón, que restriega primero en su pelo y después en su piel, purgándose de las afrentas de la noche anterior hasta producir una fina película de espuma. De nuevo el cubo y el cazo, aclarándose con tanto cuidado como al principio.

El agua arrastra el jabón y la suciedad, incluso una parte de la vergüenza. Aunque restregara durante mil años seguiría sin estar limpia, pero está demasiado cansada como para que eso le importe y ya se ha acostumbrado a las cicatrices que no puede borrar. El sudor, el alcohol, la salobre viscosidad del semen y la degradación son cosas que puede limpiar. Con eso le basta. Está demasiado cansada como para frotar con más brío. El agotamiento y el calor son excesivos.

Cuando termina de aclararse le alegra ver que queda un poco de agua en el cubo. Hunde el cazo y bebe de él, con ansia. A continuación, en un irrefrenable gesto de despilfarro, vuelca el cubo sobre su cabeza para recibir una ducha gloriosa y catártica. En ese momento, acariciada por el agua que salpica y se acumula en charcos a sus pies, se siente limpia.

Una vez en la calle, intenta mimetizarse con el ajetreo de la vida diurna. Mizumi-sensei le enseñó a caminar de una forma especial para acentuar y embellecer los sincopados movimientos de su cuerpo. Pero si Emiko pone mucho cuidado y se rebela contra su naturaleza y su adiestramiento, si se pone pha sin y no balancea los brazos, casi consigue pasar inadvertida.

En las aceras, las costureras matan el tiempo junto a sus máquinas de coser, esperando a la clientela nocturna. Los vendedores de comida para llevar amontonan el resto de su mercancía en pilas ordenadas, a la espera de los últimos clientes de la jornada. Los puestos ambulantes del mercado nocturno empiezan a colocar pequeños taburetes y mesas de bambú en la calle, el asentamiento ritual en las avenidas que señala el final del día y el comienzo de la vida en cualquier ciudad tropical.

Emiko procura no mirar con demasiada fijeza; hace mucho tiempo desde la última vez que se atrevió a transitar las aceras a la luz del día. Cuando Raleigh adquirió su ratonera, le dio instrucciones exactas. No podía alojarla en Ploenchit (hasta las putas, los chulos y los drogadictos tienen sus límites), de modo que la instaló en un arrabal donde los sobornos eran más baratos y los vecinos menos remilgados con la escoria vecina. Pero sus instrucciones fueron estrictas: pasea solo de noche, atente a las sombras, acude directamente al club, y vuelve directamente a casa. El menor cambio en esa rutina reduciría sus ya de por sí escasas esperanzas de sobrevivir.