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El vello se eriza sobre su nuca mientras callejea entre el gentío iluminado por el sol. La mayoría de estas personas jamás la mirarían dos veces. La ventaja de esta actividad diurna es que la gente está demasiado atareada con su vida como para preocuparse por una criatura como ella, aunque sus extravagantes movimientos despertaran alguna sospecha. En la noche iluminada por las oscilantes llamas de metano verde hay menos ojos, pero son ojos ociosos, cargados de yaba o lao-lao, ojos con tiempo de sobra para fijarse en ella.

Una vendedora de brochetas de papaya con el sello del Ministerio de Medio Ambiente la observa con suspicacia. Emiko se obliga a no sucumbir al pánico. Sigue caminando con pasitos cortos, intentando convencerse de que su apariencia es excéntrica, más que genéticamente transgresora. El corazón martillea contra sus costillas.

«Demasiado rápido. Aminora. Tienes tiempo. No tanto como te gustaría, pero aun así, suficiente para hacer algunas preguntas. Despacio. Con paciencia. No te delates. No te recalientes.»

El sudor le empapa las palmas de las manos, la única parte de su cuerpo que parece estar realmente fresca a veces. Las mantiene extendidas como abanicos abiertos, intentando absorber la brisa. Se detiene junto a una bomba pública de agua para salpicarse la piel y beber a grandes sorbos, alegrándose de que los neoseres tengan poco que temer en cuestión de infecciones bacterianas o parasitarias. Su cuerpo constituye un huésped inhóspito. Al menos tiene esa ventaja.

Si no fuera un neoser, se limitaría a entrar tranquilamente en la estación de ferrocarril de Hualamphong, compraría el billete que le permitiría montar en un tren de muelles percutores y viajaría en él hasta los páramos de Chiang Mai, desde donde se adentraría en la espesura. Sería lo más fácil del mundo. En vez de eso, debe recurrir a la astucia. Las carreteras estarán vigiladas. Cualquier ruta que conduzca al nordeste y al Mekong estará atestada de soldados en tránsito entre la frontera oriental y la capital. Un neoser llamaría la atención, sobre todo porque algunos de ellos son modelos militares que a veces combaten a favor de los vietnamitas.

Pero hay otra manera. De su época con Gendo-sama recuerda que gran parte de las mercancías del reino viajan por el río.

Emiko camina por Thanon Mongkut, en dirección a los muelles y los diques, cuando se detiene en seco. Camisas blancas. Se pega a una pared mientras la pareja pasa de largo. Ni siquiera reparan en ella (su aspecto no tiene nada de extraordinario cuando no se mueve), pero aun así, en cuanto se pierden de vista, la asalta el impulso de correr a refugiarse en la torre. Allí, casi todos los camisas blancas están sobornados. Aquí… Se estremece.

Por fin se elevan frente a ella los almacenes y las plataformas de operaciones gaijin, los bloques comerciales de reciente construcción. Asciende por el rompeolas. Una vez en lo alto, el océano se extiende ante ella, un hervidero de clíperes que están siendo descargados, estibadores y culis cargados de cajas, mahouts que azuzan a sus megodontes para que redoblen sus esfuerzos mientras los palés que salen de los veleros se cargan en los enormes vagones con neumáticos de Laos que habrán de llevarlos a los almacenes. La escena está cuajada de recordatorios de la antigua vida de Emiko.

Una mancha en el horizonte señala la zona de cuarentena de Koh Angrit, donde los comerciantes gaijin y los empresarios agricultores se acuclillan entre montañas de calorías, todos ellos aguardando pacientemente a que se malogre alguna cosecha o surja alguna plaga para arrollar las barreras comerciales del reino. Gendo-sama la llevó una vez a esa isla flotante de balsas y almacenes de bambú. De pie en las cubiertas que se mecían suavemente le pidió a Emiko que tradujera mientras él enumeraba confiadamente para los extranjeros las virtudes de las nuevas tecnologías marítimas que habrían de acelerar la distribución de SoyPRO patentada alrededor del mundo.

Emiko suspira y se agacha para esquivar las cuerdas envueltas de saisin que coronan el rompeolas. El hilo sagrado se extiende sobre el muro en ambas direcciones, hasta perderse de vista en la distancia. Todas las mañanas, los monjes de un templo distinto bendicen el hilo, añadiendo apoyo espiritual a las defensas físicas que contienen la voracidad del mar.

En su vida anterior, cuando Gendo-sama le proporcionaba los permisos y las autorizaciones necesarias para ir de un lado a otro de la ciudad con impunidad, Emiko tuvo ocasión de presenciar las ceremonias de bendición anuales de los diques, las bombas y el saisin que lo conecta todo. Mientras las primeras lluvias del monzón caían a cántaros sobre los asistentes, Emiko vio cómo Su Venerable Majestad la Reina Niña accionaba las palancas que animaron las bombas divinas con un rugido, empequeñecida su delicada figura por la maquinaria que habían creado sus antepasados. Los monjes cantaron y extendieron un nuevo saisin desde la columna de la ciudad, el corazón espiritual de Krung Thep, hasta las doce bombas de carbón que rodeaban la ciudad, y a continuación todos oraron por la perpetuación de su frágil ciudad.

Ahora, en la estación seca, el saisin ofrece un aspecto raído y las bombas guardan silencio la mayor parte del tiempo. Los muelles flotantes, las barcazas y los esquifes se mecen suavemente bajo el sol anaranjado.

Emiko desciende y se adentra en el bullicio de personas, atenta a los rostros, esperando distinguir a alguien con aspecto caritativo. Ve pasar a la gente, imponiendo inmovilidad a su cuerpo para que este no traicione su naturaleza. Al cabo, se arma de valor y se dirige a un trabajador que pasa junto a ella:

– Kathorh kha. Por favor, khun. ¿Puedes decirme dónde podría conseguir un billete de transbordador para el norte?

El hombre está cubierto del polvo y el sudor propios de su profesión, pero su sonrisa es cordial.

– ¿Hasta dónde?

Emiko aventura el nombre de una ciudad sin saber cuán cerca estará del lugar descrito por el gaijin.

– ¿Phitsanulok?

El hombre hace una mueca.

– Ningún transbordador llega tan lejos. Hay pocos destinos más allá de Ayutthaya. Los ríos tienen muy poco calado. Algunos usan tiros de mulís para dirigirse al norte, pero eso es todo. Algunos, esquifes de muelles percutores. Y la guerra… -Se encoge de hombros-. Si tienes que ir al norte, las carreteras seguirán estando secas una temporada.

Emiko enmascara su desilusión y se despide con un atento wai. Así que el río queda descartado. Por carretera o nada. Si pudiera viajar por el río, dispondría también de una forma de refrescarse. Por carretera… Se imagina el largo trayecto en medio del calor tropical de la estación seca. Tal vez lo mejor sería esperar a la estación lluviosa. Con el monzón, las temperaturas bajarán y crecerán los ríos…

Emiko emprende el regreso por el rompeolas y los arrabales donde moran las familias de los trabajadores portuarios y los marineros de permiso que han superado la cuarentena. Así que por carretera. No tendría que haberse molestado en ir hasta allí para preguntar. Si pudiera subir a bordo de un tren de muelles percutores… pero para eso harían falta permisos. Muchos, muchísimos permisos, tan solo para conseguir una plaza. Pero si pudiera sobornar a alguien, viajar de polizón… Tuerce el gesto. Todos los caminos conducen a Raleigh. Tendrá que hablar con él. Implorar al viejo cuervo por cosas que no tiene por qué concederle.

Un hombre con dragones tatuados en el estómago y una bola de takraw tatuada en el hombro se queda mirándola fijamente, boquiabierto, cuando Emiko pasa ante él.