– Heechy-keechy -murmura.
Emiko no aminora el paso ni se vuelve ante las palabras, pero un hormigueo recorre toda su piel.
El hombre empieza a seguirla.
– Heechy-keechy -repite.
Emiko mira de reojo por encima del hombro. El hombre tiene cara de pocos amigos. Además, descubre horrorizada que le falta una mano. El hombre estira el brazo y le toca el hombro con el muñón. Emiko lo evita con un movimiento brusco, una reacción espasmódica que traiciona su naturaleza. El hombre sonríe y revela unos dientes ennegrecidos por la nuez de areca.
Emiko se adentra en un soi con la esperanza de despistarlo. Pero el hombre insiste a su espalda:
– Heechy-keechy.
Emiko se cuela en otro callejón sinuoso y aprieta el paso. Su cuerpo se calienta. Sus manos se tornan viscosas a causa del sudor. Jadea rápidamente, intentando eliminar el exceso de temperatura. El hombre todavía la sigue. No ha vuelto a decir nada, pero Emiko puede oír sus pasos. Dobla otro recodo. Un grupo de cheshires se desbanda ante ella, destellos parpadeantes que se escabullen como cucarachas. Ojalá ella pudiera evaporarse de la misma manera, atravesar las paredes y dejar atrás a su perseguidor.
– ¿Adónde vas, chica mecánica? -pregunta el hombre-. Solo quiero verte mejor.
Si estuviera todavía con Gendo-sama, se encararía con este hombre. Se erguiría con confianza, amparada por sellos importantes, permisos de propiedad, consulados y la temible amenaza de la venganza de su amo. Una posesión, cierto, pero no menos respetable por ello. Podría acudir incluso a los camisas blancas o a la policía en busca de protección. Con los sellos y un pasaporte, no era una transgresión contra el nicho y la naturaleza, sino un objeto exquisito y preciado.
El callejón desemboca en otra calle repleta de almacenes y escaparates gaijin, pero el hombre le agarra un brazo antes de que pueda llegar hasta ella. Emiko tiene calor. El pánico creciente le sonrosa las mejillas. Contempla la calle con anhelo, pero solo hay chabolas, tiendas de ropa y unos pocos gaijin que no le serán de ninguna ayuda. Lo que menos desea es encontrarse con un grupo de grahamitas.
El hombre la arrastra de nuevo al interior del callejón.
– ¿Adónde crees que vas, chica mecánica?
Un brillo cruel le ilumina los ojos. Está masticando algo, una rama de anfetaminas. Yaba. Los culis las consumen para seguir trabajando, para quemar las calorías que no tienen. Sus ojos relampaguean mientras le sujeta la muñeca. Se adentra aún más en el callejón, lejos de miradas indiscretas. Emiko tiene demasiado calor para correr. Aunque huyera, no tendría a donde ir.
– Contra la pared -dice el hombre-. No. -Le da la vuelta-. No me mires.
– Por favor.
Un cuchillo aparece en la mano sana del hombre, destellante.
– Cállate. No te muevas.
Su voz restalla con autoridad, y contra su voluntad, Emiko se descubre obedeciendo.
– Por favor. Suéltame -susurra.
– Me he enfrentado a los de tu calaña. En las selvas del norte. Había seres mecánicos por todas partes. Soldados heechy-keechy.
– Yo no soy así -jadea Emiko-. No pertenezco al ejército.
– Japoneses, como tú. Perdí una mano por culpa de los tuyos. Y un montón de buenos amigos. -Esgrime el muñón y lo aplasta contra la cara de Emiko. Su aliento le acaricia la nuca en ardientes vaharadas mientras pasa el brazo alrededor de su cuello, presionando el cuchillo contra la yugular. Lacerando la piel.
– Por favor. Suéltame. -Emiko empuja contra la entrepierna del hombre-. Haré todo lo que me pidas.
– ¿Crees que sería capaz de ensuciarme así? -La lanza contra la pared, arrancándole un chillido-. ¿Con un animal como tú? -Una pausa, y luego-: Ponte de rodillas.
En la calle, las ruedas de los rickshaws resuenan en el empedrado. La gente grita, preguntando el precio de la cuerda de cáñamo y si alguien sabe a qué hora empieza el combate de muay thai en el Lumphini. El cuchillo vuelve a acercarse a su cuello, encuentra su pulso con la punta.
– Vi morir a todos mis amigos en la espesura por culpa de los seres mecánicos japoneses.
Emiko traga saliva.
– Yo no soy como ellos -repite con un hilo de voz.
El hombre se ríe.
– Claro que no. Tú eres distinta. Otro de sus demonios, como los que tienen en los muelles al otro lado del río. Nuestro pueblo se muere de hambre, y los tuyos les roban el arroz.
La hoja presiona contra la garganta de Emiko. Va a matarla. Está segura de eso. Su odio es inmenso, ella no es más que basura. El hombre está colocado y furioso, es peligroso, y ella no es nada. Ni siquiera Gendo-sama podría haberla protegido de esto. Vuelve a tragar saliva, siente el filo de la hoja en la nuez.
«¿Es así como vas a morir? ¿Este es tu destino? ¿Desangrarte como un cerdo?»
Una chispa de rabia parpadea, un antídoto contra la desesperación.
«¿Ni siquiera vas a intentar sobrevivir? ¿Acaso los científicos te diseñaron demasiado estúpida como para contemplar la posibilidad de luchar por tu vida?»
Emiko cierra los ojos y reza a Mizuko Jizo Bodhisattva, primero, y después al espíritu cheshire bakeneko, por si acaso. Respira hondo y, con todas sus fuerzas, proyecta la mano contra el cuchillo. La hoja se aleja de su cuello, dejando un rastro abrasador.
– ¡¿Arai wa?! -exclama el hombre.
Emiko empuja violentamente contra él y se agacha bajo el cuchillo descontrolado. A su espalda, oye un gruñido y un golpe seco mientras corre hacia la calle. No mira atrás. Irrumpe en la avenida sin aminorar el paso, sin preocuparle que la vean como una chica mecánica, sin preocuparle que pueda recalentarse y morir. Corre, decidida tan solo a escapar del demonio que está a su espalda. Aunque arda, no piensa morir pasivamente, como un cerdo conducido al matadero.
Vuela calle abajo, esquivando pirámides de durios y saltando por encima de rollos de cuerda de cáñamo. Esta huida suicida es una locura, pero no se detiene. Aparta de un empujón a un gaijin que regatea el precio de unos sacos de arpillera de arroz U-Tex autóctono. El hombre da un respingo y chilla alarmado cuando Emiko pasa de largo como una exhalación.
A su alrededor, el tráfico de la calle parece haberse ralentizado hasta arrastrarse. Emiko zigzaguea bajo los andamios de bambú de una obra. Correr es extrañamente fácil. La gente se comporta como si estuviera sumergida en un tarro de miel. Solo ella se mueve. Cuando mira de reojo por encima del hombro, ve que su perseguidor se ha quedado muy rezagado. Es asombrosamente lento. Cuesta creer que pudiera tener miedo de él. Se ríe de lo absurdo de este mundo en suspensión…
Choca contra un albañil y se desploma de bruces, arrastrándolo en su caída.
– ¡Arai wa! ¡Mira por dónde vas! -grita el hombre.
Emiko se obliga a ponerse de rodillas, con las manos entumecidas por la abrasión. Intenta erguirse pero el mundo se tambalea, borroso. Se cae. Vuelve a incorporarse, ebria, abrumada por el horno que ruge en su interior. El suelo gira y se balancea, pero ella consigue mantenerse erguida. Se apoya en una pared cocida por el sol mientras el hombre con el que ha tropezado le lanza una retahíla de improperios. Su enfado resbala sobre ella como una lluvia carente de sentido. El calor y las tinieblas estrechan su cerco. Está ardiendo.
En la calle, en medio de la maraña de carros tirados por mulís y bicicletas, distingue un rostro gaijin. Pestañea para ahuyentar la oscuridad que se cierne sobre ella, da un paso titubeante. ¿Se habrá vuelto loca? ¿Acaso está jugando con ella el cheshire bakeneko? Se aferra al hombre que no deja de gritar, con la mirada fija en el tráfico, aguardando la confirmación de que su cerebro derretido está alucinando. El albañil chilla y se suelta su mano, pero ella apenas si se da cuenta.