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La chica mecánica repite la pregunta:

– ¿Por qué?

Anderson se encoge de hombros y se alegra de que las tinieblas oculten su expresión. No tiene ninguna respuesta satisfactoria. Si el agresor del neoser denuncia a un farang acompañado de una chica mecánica, levantará sospechas y conducirá a los camisas blancas hasta él. Un riesgo innecesario, habida cuenta de lo delicado de su situación actual. Es demasiado fácil de describir; además, el lugar donde encontró a la chica mecánica no está lejos del local de sir Francis, y una vez allí será fácil hacer más preguntas incómodas.

Se obliga a refrenar su paranoia. Es peor que Hock Seng. Saltaba a la vista que el nak leng estaba colocado de yaba. No acudirá a los camisas blancas. Se arrastrará hasta su madriguera y se lamerá las heridas.

Aun así, ha sido una temeridad.

Estaba seguro de que el neoser iba a morir cuando se desmayó en el rickshaw, y una parte de él se alegró, aliviado por poder borrar el momento en que la había reconocido y, en contra de todas sus enseñanzas, ligado su destino al de ella.

La observa de reojo. Su piel ha perdido ya ese rubor sobrecogedor y el calor más propio de un horno. Se aferra a los harapos desgarrados que la rodean, defendiendo su pudor. Es lastimoso que una criatura diseñada para ser poseída exhiba semejante modestia.

– ¿Por qué? -pregunta de nuevo.

Anderson vuelve a encogerse de hombros.

– Necesitabas ayuda.

– Nadie ayuda a los neoseres. -Su voz suena carente de emoción-. Eres un idiota. -Se aparta el pelo mojado de la cara. Un movimiento espasmódico, surrealista, un estiramiento marcado por su herencia genética. La piel lustrosa brilla entre los bordes de la blusa desgarrada, insinuando sus senos. ¿Qué se debe de sentir al tocarla? La piel resplandece, suave y tentadora.

El neoser repara en la dirección de su mirada.

– ¿Quieres usarme?

– No. -Anderson gira la cabeza, nervioso-. No hace falta.

– No me opondría.

La aquiescencia que rezuma esa voz repugna a Anderson. Otro día, en otro momento, probablemente la hubiera poseído por probar una novedad. No le hubiera dado mayor importancia. Pero el hecho de que espere tan poco le inspira aversión. Se obliga a sonreír.

– Gracias. No.

El neoser asiente sucintamente con la cabeza. Vuelve a contemplar la noche húmeda y el verde fulgor de las farolas. Resulta imposible saber si se siente agradecida o sorprendida, o si le importa algo la decisión de él. Aunque se le hubiera caído la máscara en el frenesí del terror y el alivio de la huida, ahora sus pensamientos vuelven a estar escrupulosamente guardados bajo llave.

– ¿Quieres que te lleve a algún sitio?

La chica mecánica se encoge de hombros.

– Raleigh. Es el único que me dará cobijo.

– Pero no es el primero, ¿verdad? No siempre has sido un… -Anderson deja la frase flotando en el aire. No se le ocurre ningún eufemismo, y con el aspecto que ofrece la muchacha, no tiene valor para llamarla «juguete».

El neoser fija la mirada en él un instante antes de volver a contemplar la ciudad que se desliza por su lado. Las lámparas de gas salpican la noche de verdes bolsas de fósforo bajas, separadas por hondos cañones de sombras. Al pasar bajo una de las farolas, Anderson repara en sus rasgos, tenuemente iluminados, pensativos y recubiertos de una pátina de humedad, antes de que la oscuridad vuelva a ocultarlos.

– No. No ha sido así siempre. No… -Le faltan las palabras-. Así no. -Se queda callada, pensativa-. Trabajaba en Mishimoto. Tenía… -Se encoge de hombros-. Un propietario. Un propietario en la empresa. Era una propiedad. Gen… mi propietario adquirió un permiso de exención temporal alegando negocios en el extranjero para traerme al reino. Un permiso de noventa días. Prorrogable por decreto real gracias al tratado de amistad con Japón. Era su secretaria personaclass="underline" traducción, gestión burocrática y… compañía. -Otro encogimiento de hombros, más intuido que visible-. Pero volver a Japón es caro. Los billetes de dirigible cuestan lo mismo para los neoseres que para los de tu especie. Mi propietario llegó a la conclusión de que dejar a su secretaria en Bangkok salía más económico. Cuando su misión aquí terminó, decidió conseguir una nueva en Osaka.

– Jesús y Noé.

La chica mecánica se encoge de hombros.

– Me pagó el finiquito en los amarraderos y se fue. Volando.

– ¿Y ahora Raleigh?

De nuevo el mismo gesto con los hombros.

– Ningún tailandés quiere un neoser como secretaria, ni como intérprete. En Japón es aceptable. Corriente, incluso. Nacen muy pocos bebés y hay demasiado trabajo. Aquí… -Sacude la cabeza-. Los mercados de calorías están controlados. Todo el mundo siente celos de U-Tex. Todo el mundo protege su arroz. A Raleigh le da igual. A Raleigh… le gustan las novedades.

El olor velado del pescado frito les baña como una ola grasienta y viscosa. Un mercado nocturno, repleto de personas que cenan a la luz de las velas, encorvadas sobre fideos, brochetas de pulpo y bandejas de larb. Anderson reprime el impulso de levantar la capota del rickshaw y correr la cortina para ocultar la prueba de su compañía. Los woks llamean con las inconfundibles chispas verdes del metano aprobado por el Ministerio de Medio Ambiente, iluminando tenuemente la pátina de sudor que recubre las pieles atezadas. A sus pies, los cheshires rondan atentos a cualquier bocado que puedan mendigar o robar.

La sombra de uno de ellos relampaguea en la oscuridad, provocando que Lao Gu gire bruscamente. Maldice entre dientes en su idioma. Emiko se ríe, una discreta manifestación de sorpresa mientras enlaza las manos con deleite. Lao Gu la fulmina con la mirada por encima del hombro.

– ¿Te gustan los cheshires? -pregunta Anderson.

Emiko lo observa, sorprendida.

– ¿A ti no?

– En casa los matamos sin perder tiempo. Hasta los grahamitas ofrecen billetes azules por sus pieles. Debe de ser lo único en lo que estoy de acuerdo con ellos.

– Mmm, ya. -Emiko frunce el ceño, pensativa-. Supongo que son demasiado avanzados para este mundo. Ahora las aves naturales tienen muy pocas posibilidades.

Esboza una ligera sonrisa.

– Imagínate si hubieran creado antes a los neoseres.

¿Es malicia lo que relumbra en sus ojos? ¿O melancolía?

– ¿Qué crees que hubiera ocurrido? -se interesa Anderson.

Emiko evita mirarle a los ojos y contempla a los gatos que merodean entre los comensales.

– Los piratas genéticos aprendieron demasiadas cosas gracias a los cheshires.

Aunque no añade nada más, Anderson puede intuir lo que está pensando. Si su especie hubiera surgido primero, antes de que los piratas genéticos supieran lo que saben ahora, Emiko no sería estéril. Sus movimientos carecerían del característico tictac que hacen que sea tan llamativa físicamente. Su diseño podría parecerse incluso al de los neoseres militares que operan ahora en Vietnam, mortíferos y suicidas. Sin la lección de los cheshires, Emiko podría haber tenido la oportunidad de suplantar por completo a la especie humana con su versión mejorada. En vez de eso, es un callejón sin salida genético. Condenada a un ciclo vital de sentido único, igual que la SoyPRO y el trigo de TotalNutrient.

Otra sombra felina cruza la calle como una exhalación, titilante, confundiéndose con las tinieblas. Un homenaje de tecnología punta a Lewis Carroll, un par de viajes en dirigible y en clíper, y en un abrir y cerrar de ojos desaparecen clases enteras de animales, indefensas ante esta amenaza invisible.

– Nos hubiéramos dado cuenta de nuestro error -observa Anderson.

– Sí. Desde luego. Pero quizá no a tiempo. -Emiko cambia bruscamente de tema. Señala con la cabeza un templo que se recorta contra el firmamento nocturno-. Es muy bonito, ¿verdad? ¿Te gustan sus templos?