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– Ghghhaha.

Jaidee sopesa la respuesta. Sacude la cabeza, abatido.

– No. Me parece que no podemos consentir que esto continúe. Así lo decretó el rey Rama XII, y también Su Majestad la Reina Niña es partidaria de no abandonar Krung Thep a la invasión de las olas. No vamos a huir de la Ciudad de los Seres Divinos como huyeron de los birmanos los cobardes de Ayutthaya. El océano no es un ejército movilizado. Cuando accedamos a las aguas, jamás volveremos a expulsarlas. -Contempla al chino empapado de sudor-. Por eso todos debemos representar el papel que nos ha tocado. Debemos combatir unidos, como los aldeanos de Bang Rajan, para mantener al invasor lejos de nuestras calles, ¿no te parece?

– Gghhghghhghhhh…

– Bien. -Jaidee sonríe-. Me alegra ver que estamos avanzando.

Alguien carraspea.

Jaidee levanta la cabeza, disimulando su irritación.

– ¿Sí?

Un joven soldado de flamante uniforme blanco aguarda respetuosamente en posición de firmes.

– Khun Jaidee. -Hace un wai, bajando la cabeza hasta las palmas unidas, y se queda en esa postura-. Siento mucho interrumpirle.

– ¿Sí?

– El chao khun general Pracha solicita su presencia.

– Estoy ocupado -responde Jaidee-. Aquí, nuestro amigo, por fin parece que está dispuesto a dialogar con el corazón frío y una conducta razonable. -Dedica una sonrisa benévola al empresario.

– Debo comunicarle… -insiste el muchacho-. Me han pedido que le diga que, que…

– Adelante.

– Que será mejor que… con permiso… que mueva el «puñetero culo»… lo siento… y regrese al ministerio. Inmediatamente, si no antes. -Hace una mueca ante el vocabulario empleado-. Si no dispone de ninguna bicicleta, puede llevarse la mía.

Jaidee tuerce el gesto.

– Ah. Ya. En fin. -Se levanta de encima del empresario. Hace una seña a Kanya-. ¿Teniente? Tal vez tú puedas razonar con nuestro amigo.

Kanya pone cara de perplejidad.

– ¿Ocurre algo?

– Al parecer Pracha por fin está listo para leerme la cartilla y ponerme verde.

– ¿Quieres que te acompañe? -Kanya mira de reojo al empresario-. Esta sabandija puede esperar a mañana.

Su preocupación logra que Jaidee sonría.

– No te preocupes por mí. Termina esto. Cuando vuelvas te avisaré si pretenden exiliarnos en el sur y dejarnos vigilando los internados de tarjetas amarillas hasta el fin de nuestras carreras.

Mientras se dirigen a la puerta, el empresario se arma de valor para exclamar:

– ¡Esto te costará la cabeza, heeya!

El sonido del impacto de la porra de Kanya y un gañido es lo último que oye Jaidee antes de salir de la fábrica.

En la calle, el sol cae a plomo. Está sudando a causa del esfuerzo físico de lidiar con el empresario, y el calor le produce un picor incómodo. Se queda a la sombra de un cocotero mientras el mensajero va a buscar la bicicleta.

El muchacho observa el rostro acalorado de Jaidee con preocupación.

– ¿Le apetece un descanso?

Jaidee se ríe.

– No te preocupes por mí; me hago viejo, nada más. Ese heeya era rebelde, y ya no soy el mismo luchador de antaño. En la estación fría no sudaría de esta forma.

– Ganó un montón de combates.

– Algunos. -Jaidee sonríe-. Y entrenaba con mucho más calor del que hace ahora.

– Su teniente podría encargarse de esas tareas -sugiere el muchacho-. No hace falta que usted se esfuerce tanto.

Jaidee se enjuga la frente y menea la cabeza.

– ¿Y qué pensarían entonces mis hombres? Que soy un holgazán.

El muchacho contiene el aliento.

– Nadie pensaría algo así de usted. ¡Nunca!

– Cuando seas capitán, lo entenderás mejor. -Jaidee sonríe con indulgencia-. Los hombres son leales a quien dirige desde el frente. No quiero que nadie pierda el tiempo accionando un ventilador de manivela para mí, o abanicándome con una hoja de palma para que me sienta tan cómodo como esos heeya del Ministerio de Comercio. Aunque yo sea el líder, todos somos hermanos. Cuando seas capitán, prométeme que harás lo mismo.

Al chico se le ilumina la mirada. Hace otro wai.

– Sí, khun. No lo olvidaré. ¡Gracias!

– Así me gusta. -Jaidee pasa una pierna por encima de la bicicleta del muchacho-. Cuando la teniente Kanya haya terminado aquí, te llevará en nuestro tándem.

Se adentra en el tráfico. Durante la estación cálida, sin lluvia, pocas personas aparte de los locos o los fanáticos se exponen directamente al calor, pero los arcos y las calles entoldadas contienen mercados repletos de hortalizas, utensilios de cocina y prendas de vestir.

En Thanon Na Phralan, Jaidee suelta el manillar para hacer un wai a la Sagrada Columna de la Ciudad al pasar ante ella, susurrando una plegaria por la seguridad del corazón espiritual de Bangkok. Aquí es donde el rey Rama XII anunció por primera vez que no abandonarían la ciudad a la crecida del mar. Ahora, el sonido de los monjes que rezan por la supervivencia de la ciudad se filtra a la calle, y una sensación de paz embarga a Jaidee. Se lleva las manos a la frente tres veces, uno más entre la miríada de ciclistas que hacen lo mismo.

Quince minutos más tarde aparece el Ministerio de Medio Ambiente, una serie de edificios con empinados tejados de tejas rojas que sobresalen entre los macizos de bambú, las tecas y los tamarindos. Vigilan el perímetro del ministerio unos altos muros blancos y representaciones de Garuda y Singha surcadas de viejas marcas de lluvia y ribeteadas de musgo y helechos.

Jaidee ha visto el complejo desde el aire, una foto entre un puñado de las realizadas por un dirigible que sobrevoló la ciudad cuando Chaiyanuchit aún dirigía el ministerio y la influencia de los camisas blancas era absoluta, cuando las plagas que asolaron la tierra barrían los cultivos a una velocidad tan asombrosa que nadie sabía si habría supervivientes.

Chaiyanuchit recordaba el nacimiento de las plagas. Pocas personas podían decir lo mismo. Cuando Jaidee era un joven recluta, había tenido la suerte de trabajar en el despacho del hombre, llevando comunicados.

Chaiyanuchit comprendía lo que estaba en juego, y lo que había que hacer. Cuando las fronteras debían cerrarse, cuando los ministerios debían aislarse, cuando Phuket y Chiang Mai debían saquearse, no vaciló. Cuando los brotes selváticos estallaron en el norte, quemó y quemó y quemó, y cuando despegó a bordo del dirigible de Su Majestad el Rey, Jaidee disfrutó del privilegio de viajar con él.

Llegados a aquellas alturas, su misión se reducía a recoger los cristales rotos. AgriGen, PurCal y los demás habían empezado a exportar semillas inmunes a las plagas y exigían unos precios exorbitantes, al tiempo que los piratas genéticos nacionales intentaban descifrar el código de los productos de las fábricas de calorías y se esforzaban por dar de comer al reino mientras Birmania, los vietnamitas y los jemeres sucumbían. AgriGen y los suyos amenazaban con el embargo alegando un incumplimiento de la ley de la propiedad intelectual, pero el reino de Tailandia seguía con vida. Contra todo pronóstico, seguían con vida. Mientras otros perecían aplastados bajo los talones de las fábricas de calorías, el reino conservaba su fortaleza.

«¡Embargo!», se reía Chaiyanuchit. «¡Eso es precisamente lo que necesitamos! No queremos tener nada que ver con el mundo exterior.»

De modo que se habían erigido las murallas (aquellas que la crisis del petróleo no hubiera levantado todavía, aquellas que no se hubieran creado ya frente a la guerra civil y los refugiados hambrientos), un último juego de barreras para proteger al reino de los asaltos del mundo exterior.

Como joven recluta, a Jaidee le había impresionado el hervidero de actividad que era el Ministerio de Medio Ambiente. Los camisas blancas corrían de la oficina a la calle mientras intentaban seguir la pista de miles de amenazas. En ningún otro ministerio se respiraba el mismo aire de urgencia. Las plagas no esperaban a nadie. Un solo gorgojo pirateado que se descubriera en cualquier distrito de la periferia significaba un tiempo de respuesta medido en horas, y los camisas blancas se apresurarían a cruzar el campo a bordo de un tren de muelles percutores hasta el epicentro.