– Déjate de «generales» y pamplinas. Nos conocemos desde hace demasiado tiempo para eso. Pasa adentro.
– Sí, señor.
Pracha hace una mueca y apremia a Jaidee con un ademán.
– ¡Adentro!
Pracha cierra la puerta y va a sentarse tras la enorme mesa de caoba. Sobre sus cabezas, un ventilador de manivela agita el aire sin mucho entusiasmo. La habitación, espaciosa, cuenta con unas ventanas con postigos abiertas a la luz sin exponerse directamente al sol. Las rendijas de las ventanas dan a los descuidados jardines del ministerio. En una pared se aprecian varios cuadros y fotografías, entre ellas una con la promoción de cadetes ministeriales de Pracha junto a otra de Chaiyanuchit, fundador del ministerio actual. También hay un retrato de Su Majestad la Reina Niña, diminuta y tremendamente vulnerable sentada en el trono, y en un rincón, un pequeño altar en honor de Buda, Phra Pikanet y Seub Nakhasathien, rodeado de incienso y margaritas.
Jaidee hace un wai ante el altar y se acomoda en una butaca de mimbre enfrente de Pracha.
– ¿Dónde has conseguido esa foto de la clase?
– ¿Qué? -Pracha mira hacia atrás-. Ah. Qué jóvenes éramos entonces, ¿verdad? Apareció entre las pertenencias de mi madre. La tuvo guardada todos estos años, metida en un armario. ¿Quién se iba a imaginar que la buena señora era tan romántica?
– Es agradable verla.
– Se te fue la mano en los amarraderos.
Jaidee vuelve a concentrarse en Pracha. Los boletines que cubren la mesa aletean con la brisa del ventilador de manivela: Thai Rath. Kom Chad Luek. Phuchatkan Rai Wan. Muchos de ellos muestran fotos de Jaidee en la portada.
– Los periódicos no opinan lo mismo.
Pracha frunce el ceño. Tira los papeles a un bidón de compostaje.
– A los periódicos les encantan los héroes. Venden ejemplares. No creas a los que te llaman tigre por enfrentarte a los farang. Los farang son la clave de nuestro futuro.
Jaidee indica con la cabeza el retrato de su mentor, Chaiyanuchit, colgado debajo de la imagen de la reina.
– No sé yo si él estaría de acuerdo.
– Los tiempos cambian, viejo amigo. Algunas personas están pidiendo tu cabeza a gritos.
– ¿Y se la vas a dar?
Pracha suspira.
– Jaidee, te conozco desde hace demasiado tiempo para esto. Sé que eres un luchador. Como también sé que tienes el corazón caliente. -Levanta una mano para atajar el intento de protesta de Jaidee-. Sí, tu corazón también es bueno, como tu nombre, pero aun así, jai rawn. No tienes ni una pizca de jai yen. Te encantan los conflictos. -Frunce los labios-. Por eso sé que si te amarro en corto, te rebelarás. Y si te castigo, también.
– Pues deja que siga comportándome como hasta ahora. Al ministerio le benefician los balas perdidas como yo.
– Tus acciones han ofendido a muchas personas. Y no solo a farang estúpidos. Hoy en día, los farang no son los únicos que transportan mercancías en dirigible. Nuestros intereses se extienden en todas direcciones. Los intereses de Tailandia.
Jaidee fija la mirada en el escritorio del general.
– No sabía que el Ministerio de Medio Ambiente necesitara el beneplácito de terceros para efectuar sus registros.
– Estoy intentando razonar contigo. Tengo un montón de tigres entre manos: la roya, el gorgojo, la guerra del carbón, los espías del Ministerio de Comercio, los tarjetas amarillas, las cuotas de invernadero, los brotes de fa’gan… Y tú te empeñas en añadir otro.
Jaidee levanta la cabeza.
– ¿Quién es?
– ¿A qué te refieres?
– ¿Quién está tan enfadado que ha conseguido que te mees en los pantalones de esta manera? Pedirme que deje la lucha… Se trata de Comercio, ¿verdad? Alguien del Ministerio de Comercio te tiene cogido por las pelotas.
Pracha guarda silencio un instante.
– No sé quién es. Lo mejor será que tú tampoco lo sepas. No se puede combatir a un enemigo sin rostro. -Desliza una tarjeta por encima de la mesa-. Esto ha llegado hoy, por debajo de la puerta. -Sus ojos hacen presa en Jaidee y le impiden apartar la mirada-. Aquí mismo, en mi oficina. Dentro del complejo, ¿lo entiendes? Estamos infiltrados por completo.
Jaidee da la vuelta a la tarjeta.
Niwat y Surat son buenos chicos. Cuatro años y seis. Jovencitos. Luchadores. Niwat llegó a casa una vez con la nariz ensangrentada y los ojos iluminados, y le contó a Jaidee que había peleado con honor y que había sufrido una derrota contundente, pero pensaba entrenar y la próxima vez le daría su merecido a ese heeya.
Chaya se desespera con estas cosas. Acusa a Jaidee de llenarles la cabeza de quimeras. Surat sigue a Niwat y le anima, le dice que es imbatible. Le asegura que es un tigre. El mejor de todos. Que algún día será el rey de Krung Thep y les reportará honor a todos. Surat se considera entrenador y le sugiere a Niwat que pegue con más fuerza la próxima vez. A Niwat no le asustan los golpes. No le asusta nada. Tiene cuatro años.
Es en momentos así cuando a Jaidee se le parte el corazón. Solo una vez tuvo miedo cuando estaba en el ring de muay thai, pero en muchas ocasiones, trabajando, ha sentido pavor. El miedo forma parte de él. El miedo forma parte del ministerio. ¿Qué otra cosa sería capaz de cerrar fronteras, incendiar ciudades, sacrificar cincuenta mil gallinas y enterrarlas todas juntas bajo tierra limpia y una gruesa capa de sosa cáustica? Cuando se desató el virus de Thonburi, sus hombres y él recibieron unas mascarillas de papel de arroz que no constituían la menor protección y, armados con palas, llenaron fosas comunes de cadáveres aviarios mientras sus temores se arremolinaban a su alrededor como phii. ¿Era posible que el virus hubiese llegado tan lejos en tan poco tiempo? ¿Seguiría extendiéndose? ¿Continuaría acelerando? ¿Era ese el virus que habría de acabar con todos ellos? Sus hombres y él permanecieron treinta días en observación mientras esperaban a la muerte, con el miedo por toda compañía. Jaidee trabaja para un ministerio incapaz de derrotar a todas las amenazas a las que se enfrenta; tiene miedo a todas horas.
No es luchar lo que le asusta, ni la muerte, sino la espera y la incertidumbre, y a Jaidee le parte el corazón que Niwat no sepa nada de los terrores que están al acecho, ahora que estos les rodean por completo. Hay tantas cosas que solo se pueden combatir esperando… Jaidee es una persona de acción. En el ring, combatía. Se ponía los amuletos de Seub bendecidos personalmente por Ajahn Nopadon en el Templo Blanco, y salía a la lona. Armado tan solo con su porra negra, le bastó con zambullirse en la multitud para sofocar los disturbios nam de Katchanaburi.
Y pese a todo, las únicas batallas que cuentan se libran esperando: cuando sus padres sucumbieron a la cibiscosis y escupieron la carne de los pulmones entre los dientes; cuando su hermana y la de Chaya vieron cómo se les hinchaban y agrietaban las manos con las protuberancias bulbosas del fa’gan antes de que el ministerio les robara el mapa genético a los chinos y produjera un remedio parcial. Todos los días rezaban a Buda, practicaban el desapego y esperaban que sus dos hermanas encontraran un renacimiento mejor que este, que convertía sus dedos en garrotes y les roía las articulaciones. Rezaban. Y esperaban.
A Jaidee le parte el corazón que Niwat no sepa lo que es el miedo, y que Surat le dé ánimos. Le parte el corazón ser incapaz de intervenir, y se maldice por ello. ¿Por qué tendría que destruir las fantasías de invencibilidad de un chiquillo? ¿Por qué él? Detesta el papel que le ha tocado en suerte.
En vez de eso, deja que sus hijos se le echen encima y ruge: «¡Ah, sois los hijos de un tigre! ¡Qué ferocidad! ¡Qué bravura!». Y los niños se crecen, ríen y vuelven a abalanzarse sobre él, y Jaidee les deja ganar y les enseña trucos aprendidos después del ring, los trucos que debe conocer un luchador de las calles, donde no hay rituales que rijan los combates y donde incluso los campeones tienen cosas que aprender. Les enseña a luchar, porque eso es lo único que sabe hacer. Y de todas formas lo otro, la espera, es algo para lo que jamás podría prepararles.