Estos son sus pensamientos mientras gira la tarjeta de Pracha, con el corazón en un puño, encogido como un trozo de piedra vuelto del revés, como si el mismo centro de su ser estuviera precipitándose al vacío, llevándose todas sus entrañas con él, dejándole vacío.
Chaya.
Aovillada contra una pared, con los ojos vendados, las manos atadas a la espalda, los tobillos inmovilizados frente a ella. En la pared, alguien ha escrito «con el mayor de los respetos al Ministerio de Medio Ambiente» en caracteres marrones que deben de estar pintados con sangre. Chaya tiene un morado en la mejilla. Luce el mismo pha sin de color azul que llevaba puesto cuando le preparó gaeng kiew wan para desayunar y se despidió de él con una sonrisa esa misma mañana.
Jaidee contempla fijamente la foto, aturdido.
Sus hijos son luchadores, pero no conocen esta guerra. Ni siquiera él sabe cómo responder a este asalto. Un enemigo sin rostro que estira el brazo para tocarle la garganta, que le acaricia la barbilla con una garra demoníaca y susurra «puedo hacerte daño» sin ni siquiera dar la cara, sin presentarse en ningún momento como su rival.
Al principio, la voz de Jaidee se niega a funcionar.
– ¿Está viva? -consigue murmurar por fin, con voz ronca.
Pracha exhala un suspiro.
– No lo sabemos.
– ¿Quién ha hecho esto?
– No lo sé.
– ¡Seguro que sí!
– ¡Si lo supiéramos, ya estaría a salvo! -Pracha se restriega la cara, furioso, y fulmina a Jaidee con la mirada-. ¡Hemos recibido tantas quejas de ti, de tantos frentes distintos, que no tenemos ni idea! Podría tratarse de cualquiera.
Un nuevo terror atenaza a Jaidee.
– ¿Y mis hijos? -Se pone en pie de un salto-. Tengo que…
– ¡Siéntate! -Pracha se abalanza sobre el escritorio y lo sujeta-. Hemos enviado hombres a la escuela. Tus hombres. Leales a nadie más que ti. Los únicos en los que podíamos confiar. Están bien. Van a escoltarlos hasta el ministerio. Tienes que mantener la cabeza fría y reconsiderar tu postura. Te conviene mantener esto en secreto. No queremos que nadie tome ninguna decisión precipitada. Queremos que Chaya vuelva con nosotros sana y salva. Si el asunto trasciende, alguien podría sentirse desprestigiado y el cadáver de Chaya aparecerá en pedazos ensangrentados, dalo por hecho.
Jaidee contempla fijamente la fotografía que yace aún encima de la mesa. Se pone en pie y empieza a deambular de un lado para otro.
– Tiene que haber sido Comercio. -Rememora la noche en los amarraderos, recuerda al hombre que los observaba a él y a sus camisas blancas desde el otro lado de las pistas de aterrizaje. Indiferente. Despreciativo. Escupiendo un chorro de areca como si fuera sangre antes de perderse de vista entre las sombras-. Ha sido Comercio.
– Podrían haber sido los farang, o el Señor del Estiércol; nunca le hizo gracia que te negaras a amañar los combates. Quizá haya sido otro padrino, algún jao por que haya perdido dinero en una operación de contrabando.
– Ninguno de ellos se rebajaría hasta este punto. Ha sido Comercio. Había un hombre…
– ¡Silencio! -Pracha descarga un manotazo sobre la mesa-. ¡Cualquiera se rebajaría hasta este punto! Has hecho un montón de enemigos muy deprisa. Hasta un colega chaopraya del palacio ha venido a quejarse. Podría haber sido cualquiera.
– ¿Me culpas de esto?
Pracha suspira.
– Buscar culpables no sirve de nada. Lo hecho, hecho está. Tú te has buscado enemigos, y yo te lo he permitido. -Apoya la cabeza en las manos-. Necesitamos que te disculpes en público. Algo para apaciguarlos.
– No.
– ¿Que no? -Pracha suelta una amarga carcajada-. Olvídate de tu ridículo orgullo. -Acaricia la fotografía de Chaya-. ¿Qué crees que harán a continuación? No veíamos heeya así desde la Expansión. Dinero a toda costa. Riqueza a cualquier precio. -Hace una mueca-. En estos momentos, todavía estamos a tiempo de recuperarla. Pero si continúas… -Sacude la cabeza-. La ejecutarán, que no te quepa la menor duda. Son unos animales.
»Te disculparás públicamente por lo que hiciste en los amarraderos y serás degradado. Te transferirán, probablemente al sur, para controlar a los tarjetas amarillas y supervisar los internados. -Suspira y vuelve a contemplar la foto-. Si actuamos con muchísimo cuidado, y nos sonríe la suerte, puede que recuperes a Chaya.
»No me mires así, Jaidee. Si todavía estuvieras en el ring de muay thai, apostaría hasta el último baht por ti. Pero este combate es distinto. -Pracha se inclina hacia delante, implorando casi-. Por favor. Hazme caso. Deja que estos vientos te doblen.
12
¿Cómo iba a saber Hock Seng que los tamade amarraderos estarían cerrados? ¿Cómo iba a saber que todos sus sobornos habrían sido en vano por culpa del Tigre de Bangkok?
Hock Seng tuerce el gesto al recordar la reunión con el señor Lake. Encogido ante ese monstruo pálido como si se tratara de un dios, rindiendo pleitesía al tiempo que la criatura gritaba, maldecía y descargaba un diluvio de periódicos sobre su cabeza, todos ellos con Jaidee Rojjanasukchai en primera plana. El Tigre de Bangkok, otra plaga, peor que cualquiera de los demonios de los thais.
– Khun… -intentó protestar Hock Seng, pero el señor Lake lo atajó.
– ¡Me dijiste que todo estaba arreglado! ¡Dame un motivo para que no te despida!
Hock Seng soportaba el asalto con estoicismo, obligándose a no contraatacar. Intentando mostrarse razonable.
– Khun, todo el mundo ha perdido materiales. Esto es obra de Carlyle e Hijos. El señor Carlyle está demasiado vinculado al ministro de Comercio Akkarat. Siempre está provocando a los camisas blancas. Insultándoles constantemente…
– ¡No cambies de tema! Los tanques de algas deberían haber salido de aduanas la semana pasada. Me aseguraste que habías pagado los sobornos. Y ahora descubro que estabas quedándote con el dinero. El responsable no es Carlyle, sino tú. Tú tienes la culpa.
– Khun, fue el Tigre de Bangkok. Es una catástrofe natural. Un terremoto, un tsunami. No puede criticarme por no saber…
– Estoy harto de mentiras. ¿Crees que porque sea farang también soy imbécil? ¿Que no veo cómo manipulas los libros? ¿Tus tejemanejes, tus mentiras, tus artimañas…?
– No soy un embustero.
– ¡Me traen sin cuidado tus explicaciones y tus excusas! ¡Tus palabras me importan una mierda! Me da igual lo que digas. Lo que digas, lo que pienses y lo que sientas. Solo me importan los resultados. Tienes un mes para aumentar la productividad de la línea en un cuarenta por ciento si no quieres volver a las torres de los tarjetas amarillas. Tú eliges. Un mes antes de que te ponga de patitas en la calle de una patada en el culo y me busque otro gerente.
– Khun…
– ¿Está claro?
Hock Seng fijó la mirada glacial en el suelo, alegrándose de que la criatura no pudiera ver su expresión.
– Por supuesto, xiansheng Lake, entendido. Haré lo que dice.
Antes incluso de que terminara de hablar, el demonio extranjero salió del despacho, dejando atrás a Hock Seng. El insulto era tan flagrante que Hock Seng contempló la posibilidad de derramar ácido en la enorme caja fuerte y robar sin más los planos de la fábrica. Presa de una rabia incontenible, llegó hasta los armarios de suministros antes de que la sensatez lo frenara.