Kit se encoge de hombros, reticente a comprometerse.
– Podría intentarse, khun, pero Banyat dijo que no podríamos empezar completamente de cero a menos que contáramos con cultivos de nutrientes nuevos. De lo contrario nos veríamos obligados a reutilizar los cultivos surgidos de estos mismos tanques, y el problema probablemente se repetiría.
– ¿No podemos colar la espuma? ¿Filtrarla de alguna manera?
– Es imposible sanear por completo los tanques y los cultivos. Tarde o temprano se formará un vector. Y el resto de los tanques se contaminarán.
– ¿Tarde o temprano? ¿Eso es todo? ¿Tarde o temprano? -Hock Seng frunce el ceño-. «Tarde o temprano» me trae sin cuidado. Lo que me interesa es este mes. Si la fábrica no produce, no tendremos ocasión de preocuparnos por este «tarde o temprano» tuyo. Habrás vuelto a Thonburi y estarás escarbando entre tripas de pollo, esperando no contraer la gripe, y yo estaré otra vez en una de las torres de tarjetas amarillas. No te preocupes por lo que pueda ocurrir mañana. Preocúpate de que el señor Lake no nos eche a la calle hoy. Pon imaginación. Averigua la manera de conseguir que estas tamade algas se reproduzcan.
No por primera vez, maldice el tener que trabajar con thais. Sencillamente carecen del espíritu emprendedor con que cualquier chino se volcaría en su trabajo.
– ¿Khun?
Otra vez Mai, que no se había ido. Se encoge ante la mirada con que la fulmina Hock Seng.
– El hombre ha dicho que esta es su última oportunidad.
– ¿Mi última oportunidad? Enséñame a ese heeya. -Hock Seng se dirige a la planta principal hecho una furia, apartando a empujones las cortinas de las salas de troquelado. En la habitación principal, donde los megodontes empujan las ruedas de transmisión quemando unas calorías que sencillamente no tienen, Hock Seng frena en seco, quitándose hebras de algas de las manos, sintiéndose como un idiota aterrado.
En el centro de la fábrica, como un brote de cibiscosis en pleno Festival de la Primavera, se yergue Follaperros, absorto en los chirridos y los traqueteos de la línea de Control de Calidad, donde se suceden los ensayos. Huesos Viejos, Ma Caracaballo y Follaperros. Todos ellos ahí plantados, con total confianza. Follaperros, con su pelusa de fa’gan y su nariz ausente, y sus colegas matones, nak leng sin escrúpulos, sin la menor simpatía hacia los tarjetas amarillas y sin el menor respeto hacia la policía.
Es por pura casualidad que el señor Lake está arriba, revisando los libros; por pura casualidad que la pequeña Mai ha acudido directamente a él y no al demonio extranjero. Mai corre frente a él, conduciéndolo a su futuro.
Hock Seng indica por señas a Follaperros que se reúna con él lejos de las ventanas de observación de la planta alta, pero Follaperros afianza los pies, obstinado, y continúa estudiando la línea traqueteante y el pesado deambular de los megodontes.
– Impresionante -comenta-. ¿Aquí es donde producís vuestros fabulosos muelles percutores?
Hock Seng le lanza una mirada iracunda y le indica que salga de la fábrica.
– No deberíamos tener esta conversación aquí.
Follaperros hace oídos sordos. Sus ojos están puestos en las oficinas y en las ventanas de observación. Las contempla atentamente.
– ¿Y ahí es donde trabajas? ¿Ahí arriba?
– No por mucho tiempo, como te vea un farang que yo me sé. -Hock Seng se obliga a esbozar una sonrisa complaciente-. Por favor. Sería mejor que saliéramos. Tu presencia levanta sospechas.
Follaperros se queda inmóvil durante largo rato, sin dejar de mirar las oficinas. Hock Seng tiene la enervante impresión de que es capaz de ver a través de las paredes, de que ha encontrado la gran caja fuerte que contiene sus valiosos secretos.
– Por favor -musita Hock Seng-. Los trabajadores ya tienen más que de sobra para hablar de esto.
El gángster se vuelve de repente e indica con la cabeza a sus hombres que le sigan. Hock Seng reprime una oleada de alivio mientras aprieta el paso detrás de ellos.
– Alguien quiere verte -dice Follaperros, con un ademán en dirección a las puertas exteriores.
El Señor del Estiércol. Precisamente ahora. Hock Seng echa un vistazo de reojo a la ventana de observación. El señor Lake se enfadará con él si se marcha.
– Sí. Por supuesto. -Hock Seng hace un movimiento en dirección al despacho-. Tengo que ordenar unos papeles, no tardo nada.
– Ahora -replica Follaperros-. Nadie le hace esperar. -Le indica a Hock Seng que le siga-. Ahora o nunca.
Hock Seng titubea, indeciso, antes de llamar por señas a Mai. La niña se acerca corriendo mientras Follaperros encabeza la comitiva en dirección a las puertas. Hock Seng se agacha y susurra:
– Dile a khun Anderson que no volveré… que se me ha ocurrido dónde conseguir un nuevo tambor de bobinado. -Asiente bruscamente-. Sí. Dile eso. Un tambor de bobinado.
Mai inclina la cabeza y empieza a darse la vuelta, pero Hock Seng la sujeta y la acerca hacia él.
– Acuérdate de hablar despacio y de usar palabras sencillas. No quiero que el farang me ponga de patitas en la calle por no haberte entendido bien. Como me quede sin trabajo yo, tú también. No lo olvides.
En los labios de Mai se dibuja una sonrisa.
– Mai pen rai. Le pondré muy contento diciéndole cuánto trabaja usted. -Regresa corriendo al interior de la fábrica.
Follaperros sonríe por encima del hombro.
– Y yo que pensaba que solo eras el rey de los tarjetas amarillas. Por si fuera poco, también tienes a una encantadora chiquilla tailandesa haciendo cuanto le pides. No está mal para un Rey de los Tarjetas Amarillas.
Hock Seng pone cara larga.
– Rey de los Tarjetas Amarillas no es un título precisamente apetecible.
– Señor del Estiércol tampoco -responde Follaperros-. Los nombres son muy engañosos. -Pasea la mirada por el complejo-. No había estado nunca en una fábrica farang. Impresionante. Aquí hay un montón de dinero.
Hock Seng esboza una sonrisa forzada.
– Los farang despilfarran como posesos.
La atención de los trabajadores que están observándolo le provoca un hormigueo en la nuca. Se pregunta cuántos de ellos deben de conocer a Follaperros. Por una vez se alegra de que no haya más tarjetas amarillas chinos empleados en la fábrica. Se darían cuenta inmediatamente de con quién está hablando. Hock Seng se obliga a reprimir la rabia y el temor que le produce sentirse expuesto. Es de esperar que Follaperros quiera hacerle sentir incómodo. Forma parte del proceso de negociación.
«Eres Tan Hock Seng, líder de las Nuevas Tres Velas. No te dejes impresionar por unas tretas tan pueriles.»
Este mantra de confianza en sí mismo dura hasta que llegan a las rejas. Hock Seng se detiene en seco.
Follaperros se ríe mientras le abre la puerta.
– ¿Qué pasa? ¿Es la primera vez que ves un coche?
Hock Seng contiene el impulso de abofetear al matón por su arrogancia y su estupidez.
– Eres un imbécil -masculla-. ¿Sabes de qué manera me expone esto? ¿Cómo hablará la gente de una extravagancia así, aparcada delante de la fábrica?
Se agacha para subir al vehículo. Follaperros monta detrás de él, sin dejar de sonreír. El resto de sus hombres se apelotonan a continuación. Huesos Viejos da una orden al chófer. El motor del vehículo se enciende con un retumbo. Empiezan a rodar.
– ¿Funciona con gasóleo? -pregunta Hock Seng, susurrando sin poder evitarlo.
Follaperros sonríe.
– El jefe hace tanto por la industria del carbón… -Se encoge de hombros-. Es un capricho sin importancia.