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El Señor del Estiércol observa con atención.

– Conocía a alguien que trabajaba para tu fábrica de muelles. Hace unos años. No alardeaba de su riqueza como haces tú. No gozaba del favor de tantos de sus camaradas tarjetas amarillas. -Hace una pausa-. Tengo entendido que los camisas blancas le asesinaron para robarle el reloj. Le dieron una paliza y dejaron que muriera desangrado en plena calle, y todo por saltarse el toque de queda.

Hock Seng se encoge de hombros y reprime los recuerdos de un hombre tendido sobre el empedrado, un amasijo ensangrentado, desahuciado, implorando ayuda…

La expresión del Señor del Estiércol es pensativa.

– Y ahora resulta que tú también trabajas en la misma firma. Demasiada casualidad.

Hock Seng no dice nada.

– Follaperros tendría que haberte prestado más atención -continúa el Señor del Estiércol-. Eres peligroso.

Hock Seng sacude la cabeza con énfasis.

– Lo único que quiero es restablecerme.

El criado sigue pedaleando, imprimiendo más julios al muelle, introduciendo más energía en la cajita. El Señor del Estiércol observa, intentando disimular su asombro mientras el proceso continúa, pero aun así, sus ojos se han abierto desmesuradamente. El criado ya ha metido en la caja más energía de la que cualquier otro muelle de su tamaño debería ser capaz de contener. La bicicleta chirría.

– Una persona tardaría toda la noche en darle cuerda -dice Hock Seng-. Lo ideal sería emplear un megodonte.

– ¿Cómo funciona?

Hock Seng se encoge de hombros.

– Hay un lubricante nuevo que posibilita que los muelles se tensen más de lo normal sin romperse ni atascarse.

El joven sigue cargando el muelle. Los criados y los guardaespaldas comienzan a congregarse a su alrededor, observando asombrados mientras el muchacho pone todo su empeño en llenar la caja.

– Impresionante -musita el Señor del Estiércol.

– Si se encadena un animal más eficiente, como un megodonte o un buey, la tasa de transferencia de calorías a julios carece prácticamente de pérdidas -informa Hock Seng.

El Señor del Estiércol contempla el muelle mientras el hombre sigue dándole cuerda. Sonríe.

– Probaremos tu muelle percutor, Hock Seng. Si rinde igual de bien que se tensa, tendrás tu barco. Trae las especificaciones y los planos. Con gente como tú se puede hacer tratos. -Llama por señas a un criado y encarga licor-. Un brindis. Por mi nuevo socio.

Una oleada de alivio baña a Hock Seng. Por primera vez desde que se manchara las manos de sangre en aquel callejón hace tanto tiempo, desde que aquel hombre implorara clemencia sin recibirla, el alcohol vuelve a fluir por sus venas, y se siente feliz.

13

Jaidee piensa en cuando conoció a Chaya. Acababa de terminar uno de sus primeros combates de muay thai; ni siquiera recuerda a quién se había enfrentado, pero sí cómo salió del ring rodeado de felicitaciones, todo el mundo decía que se movía mejor incluso que Nai Khanom Tom. Aquella noche bebió lao-lao y recorrió las calles en compañía de sus amigos, riendo, intentando controlar una pelota de takraw con los pies, borrachos, ridículos, ebrios de victoria y vitalidad.

Y allí estaba Chaya, cerrando la tienda de sus padres, colocando los paneles de madera que protegían el escaparate donde se ofrecían a la venta margaritas y jazmines recién diseñados para ofrendar en los templos. Cuando él le dirigió una sonrisa, sus amigos y él obtuvieron una mirada de repugnancia por toda respuesta. Pero aun así Jaidee sintió una punzada de familiaridad, como si se hubieran conocido en una vida anterior y por fin volvieran a encontrarse de nuevo, amantes predestinados.

Se había quedado mirándola fijamente, y sus amigos habían reparado en su expresión (Suttipong, Jaiporn y el resto, todos ellos desaparecidos cuando se desató la epidemia de la cresta violeta y acudieron al frente para incendiar las aldeas afectadas, todos ellos muertos). Recuerda que le habían pillado absorto, embobado de admiración, y que se habían burlado de él. Chaya le miró con calculado desprecio y le mandó a paseo.

Para Jaidee siempre había sido fácil conseguir novia, las chicas se sentían atraídas por el muay thai o por el uniforme blanco. Pero Chaya le había mirado como si no existiera y le había dado la espalda.

Tardó un mes en reunir el valor necesario para volver. Aquella primera vez, se vistió con esmero, compró ofrendas para el templo, aceptó el cambio y salió de la tienda sin decir nada. A lo largo de varias semanas siguió dejándose caer por la tienda, hablando cada vez más con ella, estableciendo una conexión. Al principio, pensó que Chaya lo tomaba por un idiota borracho que solo intentaba disculparse, pero con el paso del tiempo quedó claro que el borracho arrogante que iba dando tumbos por las calles aquella noche había quedado relegado por completo al olvido.

Jaidee no le contó nunca cómo se habían conocido, ni siquiera después de casados. Era demasiado humillante reconocer que ella ya le había visto aquella noche en la calle. Admitir que el hombre que amaba también era aquel idiota.

Pero ahora se dispone a hacer algo peor. Se pone el uniforme blanco ante la atenta mirada de Niwat y Surat. Los niños se muestran solemnes mientras su padre se prepara para rebajarse delante de ellos. Se arrodilla.

– Veáis lo que veáis hoy, que no os dé vergüenza.

Los chicos asienten con la cabeza, pero Jaidee sabe que no lo entienden. Son demasiado jóvenes para comprender la presión y la necesidad. Los abraza con fuerza y sale a la cegadora luz del sol.

Kanya lo espera en una bicicleta con rickshaw, con la mirada llena de compasión, como si el decoro le impidiera expresar con palabras lo que anida en su corazón.

Recorren las calles en silencio. El ministerio aparece frente a ellos y cruzan las puertas de hierro. Los criados, los conductores de rickshaws y los carros se agolpan ante la entrada, aguardando el regreso de sus clientes y señores. Así pues, ya han empezado a llegar los testigos.

Su bicicleta se abre paso hasta el templo. Wat Phra Seub se erigió dentro del ministerio en honor del mártir de la biodiversidad. Es el lugar donde los camisas blancas hacen sus votos y son nombrados oficialmente protectores del reino, antes de recibir sus primeros galones. Es aquí donde se ordenan, y es aquí…

Jaidee se sobresalta y está a punto de ponerse en pie, enfurecido. Un enjambre de farang merodea alrededor de la escalinata del templo. Extranjeros en el complejo del ministerio. Mercaderes, empresarios y japoneses, criaturas pestilentes y sudorosas, quemadas por el sol, invadiendo el lugar más sagrado del ministerio.

– Jai yen yen -murmura Kanya-. Es obra de Akkarat. Parte del trato.

Jaidee no logra disimular la repugnancia que siente. Peor aún, Akkarat está junto al somdet chaopraya, diciéndole algo, contándole un chiste, quizá. Los dos han intimado mucho más de lo recomendable. Jaidee aparta la mirada y ve al general Pracha esperando en lo alto de la escalera del templo, inexpresivo. A su alrededor, los hermanos con los que Jaidee ha trabajado y luchado entran en tropel en el templo. Allí está Bhirombhakdi, sonriendo de oreja a oreja, alegrándose de obtener su venganza por los ingresos perdidos.

La gente repara en la llegada de Jaidee. El silencio se extiende por toda la multitud.

– Jai yen yen -repite Kanya. A continuación, desmontan, y Jaidee es escoltado adentro.

Las estatuas doradas de Buda y Phra Seub observan a los reunidos desde las alturas, serenas. Los paneles de las paredes del templo muestran imágenes de la caída de la antigua Tailandia: los farang liberando sus plagas sobre la tierra, los animales y las plantas sucumbiendo ante el desmadejamiento de sus cadenas alimenticias; Su Majestad el rey Rama XII agrupando los restos de su contingente, flanqueado por Hanuman y sus monos guerreros. Imágenes de Krut y Kirimukha enfrentándose a las olas y a las plagas junto a un ejército de kala semihumanos. Jaidee pasea la mirada por los paneles, recordando el orgullo con que acudió a su nombramiento.