El corazón de Anderson reanuda sus latidos.
La chica mecánica sonríe educadamente ante cualquiera que sea la historia que le está contando Akkarat. Se vuelve para presentar a un hombre que Anderson reconoce por las fotos de espionaje, un director general de Mishimoto. Su jefe le dice algo y la chica inclina la cabeza antes de dirigirse aprisa a los rickshaws, exótica y grácil.
Cuánto se parece a Emiko. Tan estilizada, tan comedida. Todo lo que rodea al neoser que tiene delante le recuerda al otro, mucho más desesperado. Traga saliva al recordar a Emiko en su cama, pequeña y sola. Ávida de información sobre las aldeas de los neoseres. «¿Cómo son? ¿Quién vive en ellas? ¿Es verdad que no tienen jefes?» Tan hambrienta de esperanza. Tan distinta de esta rutilante chica mecánica que se pasea ágilmente entre los camisas blancas y los oficiales.
– No creo que le permitieran entrar en el templo -dice por fin Anderson-. Jamás llegarían a ese extremo. Los camisas blancas le habrán pedido que espere fuera.
– Aun así, deben de estar que trinan. -Carlyle ladea la cabeza, observando a la delegación japonesa-. ¿Sabes?, Raleigh también tiene una de esas. La usa para un espectáculo exótico en la trastienda de su local.
Anderson traga saliva.
– ¿Sí? No había oído nada.
– Pues sí. Se lo folla todo. Tendrías que verlo. De lo más extravagante. -Carlyle se ríe por lo bajo-. Mira, está llamando la atención. Creo que el protector de la reina bebe los vientos por ella.
El somdet chaopraya está mirando fijamente al neoser, con los ojos bien abiertos, como una vaca golpeada en la cabeza antes de entrar en el matadero.
Anderson frunce el ceño, sorprendido a su pesar.
– No pondría su reputación en juego de esa manera. No por un neoser.
– ¿Quién sabe? Su reputación tampoco es que sea precisamente intachable. Es un auténtico pervertido, según tengo entendido. Le iba mejor cuando aún vivía el antiguo monarca. Se comedía más. Pero ahora… -Carlyle deja la frase a medias. Apunta a la chica mecánica con la barbilla-. No me extrañaría que los japoneses terminaran haciéndole un regalo de buena voluntad en el futuro. Nadie le niega nada al somdet chaopraya.
– Más sobornos.
– Siempre. Pero el somdet chaopraya valdría la pena. Todos los rumores apuntan a que ha asumido la mayoría de las funciones dentro del palacio. Ha acumulado poder a manos llenas. Y eso te proporcionaría mucha tranquilidad cuando se produzca el próximo golpe de Estado. -Carlyle observa a los asistentes-. Todo el mundo parece tranquilo, pero la cosa está que arde bajo la superficie. Pracha y Akkarat no pueden seguir así. Llevan dando vueltas el uno alrededor del otro desde el golpe del doce de diciembre. -Hace una pausa-. Si aplicamos la presión adecuada, ayudaremos a decidir quién saldrá victorioso.
– Suena caro.
– Para tu gente no. Un poco de oro y de jade. Un poco de opio. -Baja la voz-. Podría saliros hasta barato, para lo que estáis acostumbrados a pagar.
– Deja de venderme la moto. ¿Voy a entrevistarme con Akkarat o no?
Carlyle le da una palmada en la espalda y se ríe.
– Dios, me encanta hacer negocios con los farang. Por lo menos vas directo al grano. No te preocupes. Dalo por hecho. -Dicho esto, se dirige a la delegación japonesa con paso vivo, llamando a Akkarat por señas. Akkarat mira a Anderson con ojos brillantes y calculadores. Anderson saluda con un wai. Akkarat, como corresponde a su rango, responde con un cabeceo prácticamente imperceptible.
Frente a la puerta de hierro del Ministerio de Medio Ambiente, cuando Anderson se dispone a llamar a Lao Gu para pedirle que lo lleve de regreso a la fábrica, dos thais aparecen de la nada y le flanquean.
– Por aquí, khun.
Agarran a Anderson por los codos y lo conducen calle abajo. Por un momento, Anderson cree que quienes le han aprehendido son camisas blancas, hasta que ve una limusina de diésel de carbón. Se esfuerza por combatir un ataque de paranoia mientras lo guían al interior.
«Si quisieran matarte, podrían elegir mil ocasiones más propicias.»
La puerta se cierra de un portazo. El ministro de Comercio Akkarat está sentado frente a él.
– Khun Anderson. -Akkarat sonríe-. Gracias por reunirse conmigo.
Anderson pasea la mirada por el vehículo, preguntándose si podría escapar o si las cerraduras estarán operadas desde la cabina. La peor parte de todos los trabajos es el momento de la exposición, cuando de repente hay demasiadas personas que saben demasiado. Eso fue lo que ocurrió en Finlandia: Peters y Lei, con la soga al cuello y dando patadas al aire mientras los izaban sobre las cabezas del gentío.
– Khun Richard me ha dicho que quería usted proponerme algo -dice Akkarat sin rodeos.
Anderson titubea.
– Creo que tenemos intereses en común.
– No. -Akkarat niega con la cabeza-. Su pueblo lleva quinientos años intentando destruir al mío. No tenemos nada en común.
Anderson esboza una sonrisa vacilante.
– Es normal que nuestros puntos de vista difieran.
El coche se pone en movimiento.
– No es cuestión de perspectiva -dice Akkarat-. Desde que sus misionarios desembarcaron por primera vez en nuestras costas, siempre han querido destruirnos. Durante la antigua Expansión, los suyos intentaron descuartizarnos. Amputar los brazos y las piernas de nuestro país. Si evitamos lo peor fue solo gracias a la sabiduría y el liderazgo de nuestro monarca. Sin embargo, siguen sin dejarnos en paz. Con la Contracción, su adorada economía global nos dejó muertos de hambre y con un exceso de especialización. -Acusa a Anderson con la mirada-. Y luego llegaron sus plagas calóricas. Prácticamente nos dejaron sin arroz.
– No sabía que el ministro de Comercio fuera un teórico de la conspiración.
– ¿Para quién trabaja? -Akkarat lo estudia-. ¿AgriGen? ¿PurCal? ¿Total Nutrient Holdings?
Anderson extiende las manos.
– Tengo entendido que no le vendría mal una mano para organizar un gobierno más estable. Puedo ofrecerle recursos, siempre y cuando consigamos llegar a un acuerdo.
– ¿Qué quiere?
Anderson se pone serio y le mira a los ojos.
– Acceso a su banco de semillas.
Akkarat se echa atrás de golpe.
– Imposible. -El vehículo gira y empieza a acelerar por Thanon Rama XII. Bangkok se desliza por las ventanillas, convertido en un torrente de imágenes, mientras la escolta de Akkarat despeja la avenida ante ellos.
– No lo quiero todo. -Anderson levanta una mano con gesto conciliador-. Tan solo una muestra.
– El banco de semillas es lo único que garantiza nuestra independencia. Cuando la roya y el gorgojo pirata barrieron el planeta, tan solo gracias al banco de semillas conseguimos sobrevivir a lo peor de las plagas, y aun así nuestros compatriotas murieron en masa. Cuando la India, Birmania y Vietnam sucumbieron por su culpa, nosotros resistimos. Y ahora tienes la desfachatez de pedirme que te entreguemos nuestra mejor arma. -Akkarat se ríe-. Reconozco que no me importaría ver al general Pracha con la cabeza y las cejas afeitadas, recluido en un monasterio en el bosque y repudiado por todos, pero al menos en esto estamos de acuerdo. Ningún farang debería llegar nunca hasta nuestro corazón. Podéis arrancarle los brazos y las piernas a nuestro país, pero no la cabeza, y mucho menos el corazón.
– Necesitamos material genético nuevo -insiste Anderson-. Hemos agotado casi todas las opciones y las plagas siguen mutando. No nos importaría compartir el resultado de nuestras investigaciones. O los beneficios, incluso.
– Seguro que les hicisteis la misma oferta a los finlandeses.
Anderson se inclina hacia delante.
– Lo que ocurrió en Finlandia fue una catástrofe, y no solo para nosotros. Si queremos que el mundo siga teniendo algo que llevarse a la boca, será preciso que nos adelantemos a la cibiscosis, a la roya y al gorgojo modificado nipón. Es la única solución.