– Insinúas que después de colocar al mundo el yugo de vuestros cereales y semillas patentadas, después de esclavizarnos a todos… por fin os habéis percatado de que nos estáis arrastrando al infierno.
– Eso es lo que les gusta decir a los grahamitas. -Anderson se encoge de hombros-. Lo cierto es que los gorgojos y la roya no esperan a nadie. Y nosotros somos los únicos que disponemos de los recursos científicos necesarios para salir de este embrollo, aunque sea abriéndonos paso a machetazos. Esperamos encontrar alguna pista en vuestros bancos de semillas.
– ¿Y de lo contrario?
– De lo contrario, poco importará quién dirige el reino, porque la próxima mutación de la cibiscosis nos dejará a todos escupiendo sangre.
– Eso es imposible. El Ministerio de Medio Ambiente regula la utilización de las semillas.
– Creía que se avecinaba un cambio en la administración.
Akkarat frunce el ceño.
– ¿Solo quieres muestras? Ofreces armas, equipo, sobornos… ¿y eso es lo único que pides?
Anderson asiente con la cabeza.
– Y una cosa más. Un hombre. Gibbons. -Observa atentamente la reacción de Akkarat.
– ¿Gibbons? -Akkarat se encoge de hombros-. Es la primera vez que oigo ese nombre.
– Se trata de un farang. Uno de los nuestros. Nos gustaría recuperarlo. Ha estado aprovechándose indebidamente de nuestra propiedad intelectual.
– Y eso os saca de quicio, estoy seguro. -Akkarat se carcajea-. Qué interesante es hablar en persona con uno de vosotros. Claro que circulan rumores sobre los fabricantes de calorías agazapados al acecho en Koh Angrit, como demonios o phii krasue, conspirando para devorar el reino, pero tú… -Estudia a Anderson-. Podría ordenar que te ejecutaran si lo deseara, descuartizado por megodontes y convertido en pasto de milanos y cuervos. Nadie movería ni un dedo. En el pasado, bastaba con murmurar que había un fabricante de calorías escondido entre nosotros para que los manifestantes y los alborotadores tomaran las calles. Y ahora mírate, ahí plantado. Tan tranquilo.
– Los tiempos han cambiado.
– No tanto como pretendes dar a entender. ¿De verdad eres tan valiente, o sencillamente eres estúpido?
– Podría hacerle la misma pregunta -replica Anderson-. Pocas personas contradicen a los camisas blancas y esperan salir indemnes.
Akkarat sonríe.
– Si hubieras acudido a mí la semana pasada con tus ofertas de dinero y equipo, me habría mostrado agradecido en grado sumo. -Se encoge de hombros-. Esta semana, a tenor de las presentes circunstancias y de los éxitos cosechados recientemente, me limitaré a tener en consideración tu propuesta.
Da unos golpecitos en la ventanilla para indicarle al chófer que aparque.
– Tienes suerte de que esté de tan buen humor. Cualquier otro día, nada me complacería más que ver a un fabricante de calorías convertido en un montón de despojos sanguinolentos. -Por señas ordena a Anderson que baje del vehículo-. Pensaré en lo que me has dicho.
15
Hay un lugar para los neoseres.
La esperanza que entrañan esas palabras resuena en la cabeza de Emiko cada día, cada minuto, cada segundo. El recuerdo del gaijin Anderson, y su convicción de que ese lugar existe realmente. Sus manos sobre ella en la oscuridad, los ojos solemnes mientras asentía con la cabeza, confirmándolo.
Ahora Emiko observa atentamente a Raleigh todas las noches, preguntándose cuánto sabe, y si se atreverá a preguntarle acerca de lo que ha visto en el norte. Acerca de la ruta hasta el santuario. En tres ocasiones se ha acercado a él, y todas ellas le ha fallado la voz, dejando la pregunta sin formular. Todas las noches vuelve a casa, agotada tras los abusos infligidos por Kannika, y se sume en sus sueños sobre un lugar donde los neoseres viven a salvo, sin jefes ni dueños.
Emiko piensa en Mizumi-sensei, en el estudio kaizen donde adiestraba a todos los jóvenes neoseres, arrodillados en quimono, atentos a la lección.
«¿Qué sois?»
«Neoseres.»
«¿Qué os honra?»
«Nos honra servir.»
«¿A quién honráis?»
«Honramos a nuestro señor.»
Mizumi-sensei era rápida con la fusta, centenaria y aterradora. Era uno de los primeros neoseres y su piel permanecía prácticamente inalterada. Quién sabía a cuántos jóvenes habría aleccionado en su estudio. Mizumi-sensei, omnipresente, siempre dispuesta a dar consejo. Brutal cuando se enfurecía, y no obstante justa en sus castigos. Y siempre la instrucción, la fe en que, si servían bien a su amo, alcanzarían el estado más sublime que les estaba reservado.
Mizumi-sensei les presentó a todos a Mizuko Jizo Bodhisattva, cuya compasión se extendía incluso a los neoseres, quien los escondería en sus mangas cuando murieran y los rescataría del infierno de los juguetes modificados genéticamente para introducirlos en el verdadero ciclo de la vida. Su deber era servir, ese era su único honor, y recibirían su recompensa en la otra vida, cuando se volvieran completamente humanos. La servidumbre les reportaría las recompensas más asombrosas.
Cómo había odiado Emiko a Mizumi-sensei cuando la abandonó Gendo-sama.
Pero su corazón late ahora al pensar en un nuevo amo: un hombre sabio, su guía en un mundo distinto, capaz de proporcionarle lo que Gendo-sama no pudo.
«¿Otro que te miente? ¿Que te traicionará?»
Acalla esa idea. Pertenece a la otra Emiko. No a su yo más noble, como si no fuera nada más que un cheshire obsesionado con atiborrarse de comida, ajeno por completo al nicho que le corresponde, devorándolo todo. Es un pensamiento indigno de un neoser.
Mizumi-sensei le enseñó que la naturaleza de los neoseres es dual. El lado impío, gobernado por los apetitos bestiales de sus genes, por las innumerables combinaciones y adiciones que los transformaron en lo que son. Y como contrapunto, su cara civilizada, la que sabe distinguir entre el nicho y el instinto animal. La que comprende su lugar en las jerarquías de su país y su pueblo y aprecia el regalo que les hicieron sus amos al dotarlos de vida. La oscuridad y la luz. In-Yo. Dos caras de una misma moneda, las dos facetas del alma. Mizumi-sensei les ayudó con sus almas. Los preparó para el honor de la servidumbre.
Lo cierto es que la falta de consideración de Gendo-sama es lo único que rebaja la opinión que Emiko tiene de él. Era un hombre débil. O, en honor a la verdad, quizá fuera ella la que no desarrolló todo su potencial. No puso suficiente empeño en servir. Esa es la amarga realidad. Una verdad bochornosa con la que debe aprender a vivir, al mismo tiempo que se esfuerza por salir adelante sin el afecto de un dueño. Aunque quizá este extraño gaijin… quizá… Esta noche se niega a permitir que la bestia cínica anide en su mente; esta noche quiere soñar.
Emiko sale de su torre en los suburbios al frescor nocturno de Bangkok. Un aire festivo impregna las calles teñidas de verde, woks humeantes repletos de fideos, platos sencillos para los campesinos del mercado antes de que regresen a sus lejanas plantaciones para pasar la noche. Emiko deambula por el mercado nocturno con un ojo puesto en la posible presencia de camisas blancas y el otro en la cena.
Encuentra un puesto de calamares a la parrilla y pide uno con salsa picante. La luz de las velas y las sombras le proporcionan un remedo de cobertura. El pha sin disimula el movimiento de sus piernas. Solo debe preocuparse de sus brazos, y si tiene cuidado y los mantiene pegados a los costados, sus ademanes pueden pasar por recatados.
Una mujer y su hija le venden una hoja de plátano doblada que contiene un montoncito de padh seeu U-Tex frito. La mujer cocina los fideos con metano azul, ilegal, pero no imposible de obtener. Emiko se sienta junto a un mostrador improvisado para engullirlos rápidamente, con la boca encendida por las especias. Recibe miradas de curiosidad, unas pocas de repugnancia, pero nadie hace nada. Algunas de estas personas ya están familiarizadas con ella. Las demás tienen problemas de sobra aun sin haberse enredado en asuntos de neoseres y camisas blancas. Es paradójico pero ventajoso para ella, supone Emiko. Los camisas blancas despiertan tanta aversión que nadie recurre a ellos a menos que sea absolutamente necesario. Se llena la boca de pasta y vuelve a pensar en las palabras del gaijin.