¿Y si el señor Lake desapareciera directamente? Gracias a un cuchillo anónimo en las tripas mientras pasea por la calle, quizá. Sería fácil. Incluso barato. Chan el Risueño estaría dispuesto a hacerlo por quince baht, y el demonio extranjero dejaría de molestar a Hock Seng de una vez por todas.
Se sobresalta cuando alguien llama a la puerta con los nudillos. Hock Seng se endereza y guarda el libro de cuentas recién amañado debajo del escritorio.
– ¿Sí?
En el umbral aparece Mai, la escuálida chiquilla de la cadena de producción. Hock Seng se tranquiliza ligeramente mientras la niña hace un wai.
– Khun. Hay un problema.
Hock Seng usa un trapo para limpiarse las manos manchadas de tinta.
– ¿Sí? ¿De qué se trata?
La mirada de la pequeña revolotea por toda la estancia.
– Sería mejor que viniera. En persona.
El miedo que exuda la niña es algo palpable. A Hock Seng se le eriza el vello en la nuca. Es prácticamente una mocosa. Quizá por eso él le ha hecho no pocos favores. Se ha ganado incluso alguna que otra bonificación arrastrándose por los estrechos túneles de los trenes de alimentación, inspeccionando los eslabones mientras esperaban a que la fábrica volviera a ponerse en marcha… y sin embargo, hay algo en su actitud que le recuerda a los malayos que se volvieron contra su pueblo. Cuando sus empleados, siempre tan leales y agradecidos, de pronto no podían mirarle a la cara. Si hubiera sido más perspicaz, habría anticipado el cambio. Habría visto que los chinos malayos tenían los días contados. Que incluso la cabeza de alguien de su talla, que contribuía generosamente a la beneficencia y ayudaba a los hijos de sus empleados como si fueran de él, era candidata a adornar cualquiera de las picas plantadas en la cuneta.
Y aquí está Mai ahora, visiblemente nerviosa. ¿Será así como piensan venir a por él? ¿De manera furtiva? ¿Utilizando como señuelo a una chiquilla de aspecto inofensivo? ¿Será este el final de los tarjetas amarillas? ¿Por fin habrá decidido actuar contra él el Señor del Estiércol? Aparentando una despreocupación que dista de sentir, Hock Seng se reclina ligeramente en la silla mientras observa a la pequeña.
– Si tienes algo que decir -murmura-, hazlo ahora. Aquí.
Mai titubea. Salta a la vista que está asustada.
– ¿Anda por aquí el farang?
Hock Seng consulta de reojo el reloj de la pared. Las seis.
– No creo que llegue hasta dentro de una o dos horas. Rara vez llega temprano.
– Por favor, le agradecería que me acompañara.
Así que la suerte está echada. Hock Seng asiente con la cabeza, sucinto.
– Sí, cómo no.
Se levanta y cruza la habitación hasta ella. Qué niña más guapa. Elegida a conciencia, sin duda. Por su aspecto inocuo. Se rasca la espalda, levantando el dobladillo suelto de la camisa y sacando el cuchillo, que empuña disimuladamente mientras se acerca. Espera hasta el último momento…
Agarra a Mai por el pelo y tira de ella. Aprieta el cuchillo contra su garganta.
– ¿Quién te envía? ¿El Señor del Estiércol? ¿Los camisas blancas? ¿Quién?
Mai emite un jadeo, incapaz de liberarse sin cortarse.
– ¡Nadie!
– ¿Te crees que soy tonto? -Hock Seng presiona, rasgando la piel-. ¿De quién se trata?
– ¡De nadie! ¡Lo juro! -Mai tiembla de miedo, pero Hock Seng sigue sin soltarla.
– ¿No tienes nada que decir? ¿Algún secreto que te han pedido que guardes? Habla ahora mismo.
La presión de la hoja contra su cuello acelera la respiración de la muchacha.
– ¡No! ¡Khun! ¡Lo juro! ¡No tengo secretos! Pero… Pero…
– ¿Sí?
El cuerpo de Mai se encoge contra él, sin fuerza.
– Los camisas blancas -susurra-. Si los camisas blancas se enteran…
– Yo no soy ningún camisa blanca.
– Se trata de Kit. Kit se ha puesto malo. Y Srimuang. Los dos. Por favor. No sé qué hacer. No quiero perder el trabajo. No sé qué hacer. Por favor, no se lo diga al farang. Todos saben que el farang cerraría la fábrica. Mi familia necesita… Por favor. Por favor. -Está sollozando, apoyándose en él, implorándole como si de su salvador se tratara, con cuchillo o sin él.
Hock Seng hace una mueca y guarda el arma, sintiéndose viejo de repente. Esto es lo que significa vivir con miedo. Recelar de crías de trece años, pensar que tu propia hija podría estar conspirando contra ti. Se siente enfermo. No es capaz de mirarla a la cara.
– Tendrías que haberlo dicho antes -refunfuña-. Mentecata. Con estas cosas no se juega. -Se levanta la camisa y devuelve el cuchillo a su funda-. Llévame con tus amigos.
Despacio, Mai se enjuga las lágrimas. No le guarda rencor. Es adaptable, como suelen serlo los jóvenes. Una vez superado el mal trago, lo conduce obedientemente fuera del despacho.
Los trabajadores empiezan a congregarse en la planta de producción. Las grandes puertas se abren de par en par con estrépito y el sol entra a raudales en la inmensa estancia. Las motas de estiércol y polvo se arremolinan en los rayos de luz. Mai lo guía por la sala de refinado, pisando entre pálidos montoncitos de virutas, y entra en el cuarto de las fresadoras.
Sobre sus cabezas, las pantallas de algas inundan la habitación con el penetrante olor salobre del proceso de secado. Mai deja atrás las fresadoras y se agacha para pasar por debajo de la cadena. Al otro lado, los tanques de algas se yerguen en silenciosas hileras, repletos de vida y salitre. Más de la mitad de ellos presentan indicios de haber reducido la producción. Las algas apenas si cubren su superficie, a pesar de que el espesor de la espuma debería superar los diez centímetros después de toda una noche sin recogerse.
– Ahí -susurra Mai, señalando con el dedo. Kit y Srimuang están recostados contra una pared. Los dos miran a Hock Seng con ojos vidriosos. Hock Seng se acerca y se arrodilla frente a ellos, sin tocarlos.
– ¿Han comido juntos?
– Me parece que no. No son amigos.
– ¿No podría tratarse de cibiscosis? ¿O de roya? No. -Menea la cabeza-. La edad me embota los sentidos. No es ninguna de las dos. No tienen manchas de sangre en los labios.
Kit gime e intenta incorporarse. Hock Seng da un respingo y reprime el impulso de limpiarse las manos en la camisa. El otro, Srimuang, ofrece un aspecto todavía más deplorable.
– ¿De qué se encargaba este?
Mai titubea.
– Creo que alimentaba los tanques. Vertía sacos de comida para peces para las algas.
Hock Seng siente un cosquilleo por toda la piel. Dos cuerpos. Tendidos junto a los tanques cuya productividad se había encargado él mismo de restaurar al máximo para complacer al señor Anderson, desviviéndose por complacerlo. ¿Casualidad? Se estremece, ve la habitación desde una nueva perspectiva. El contenido que rebosa de los tanques moja el suelo y forma charcos junto a las oxidadas rejillas de desagüe. Brotes de algas decoran la superficie líquida, alimentándose de los restos de nutrientes. Si hay algún problema con los tanques, los vectores serán innumerables.
Por instinto, Hock Seng empieza a secarse las manos, pero se detiene en seco, con la piel hormigueando de nuevo. El polvillo gris de la sala de refinado se adhiere a sus palmas, indicando el lugar donde apartó las cortinas al pasar. Está rodeado de vectores en potencia. Sobre su cabeza, las pantallas de secado cuelgan en suspensión, inundando la penumbra del almacén con sus hileras, una fila tras otra, recubiertas de espuma negruzca. De una de ellas cae una gota de agua. Se rompe en el suelo junto a su pie. Y con ella llega la percepción de otro sonido. No había reparado en él nunca cuando la fábrica estaba llena de personas. Pero ahora, en el silencio de esta mañana, está por todas partes: el tenue golpeteo de la lluvia que se desprende de las pantallas.