¿Sería mejor para él que Mai, Kit y Srimuang fueran pasto de los plaa de aletas rojas en las turbias aguas del río Chao Phraya? ¿Estaría más a salvo si no fueran más que una colección de apéndices anónimos flotando entre las chapoteantes carpas voraces?
Cuatro. Sz. Muerte.
La proximidad de la enfermedad le pone la piel de gallina. Sin darse cuenta, frota las manos contra los pantalones. Tendrá que bañarse. Restregarse con un cepillo empapado en disolvente de cloro y rezar para que dé resultado. El conductor del rickshaw se pierde de vista con su cargamento de apestados. Hock Seng regresa al interior, a la planta de la fábrica donde traquetean las cadenas mientras dan vueltas de prueba y continúan resonando los saludos.
«Por favor, que sea algo fortuito. Por favor, que no sea la línea», implora.
17
¿Cuántas noches hace que no duerme? ¿Una? ¿Diez? ¿Diez mil? Jaidee ya ha perdido la cuenta. Las lunas se han sucedido en vela y los soles parecen un sueño mientras todo se añade al recuento, a las cifras que se aglomeran en un sucesión imparable de días y esperanzas marchitas. Ruegos y ofrendas sin respuesta. Los adivinos con sus predicciones. Los generales con sus promesas. Mañana. Dentro de tres días, seguro. Hay indicios de ablandamiento, circulan rumores sobre el paradero de una mujer.
Paciencia.
Jai yen.
Corazón frío.
Nada.
Disculpas y humillaciones en los periódicos. Una autocrítica, de su puño y letra. Más admisiones falsas de codicia y corrupción. doscientos mil baht que no puede restituir. Editoriales y censuras en las circulares. Historias propagadas por sus detractores, según los cuales se gastó el dinero en putas, en hacer acopio para su uso particular del arroz U-Tex destinado a combatir las hambrunas, requisado en provecho propio. El Tigre no era más que otro camisa blanca corrupto.
Se imponen las multas. Se confiscan los restos de sus propiedades. El hogar de su familia es incendiado, una pira funeraria, mientras su suegra aúlla de dolor y sus hijos, despojados ya de su apellido, son somnolientos testigos de todo.
Se ha decidido que no cumplirá la pena en ningún monasterio cercano. En vez de eso será exiliado a los bosques de Phra Kritipong, donde el cerambicido ha convertido la tierra en un páramo y las mutaciones de la roya cruzan la frontera procedentes de Birmania. Desterrado al desierto para contemplar el damma. Le han afeitado las cejas, igual que el resto de la cabeza. Si quiere el destino que vuelva con vida de su penitencia, le espera una vida de vigilar tarjetas amarillas en los internados del sur: la más vil de las tareas, para el camisa blanca más vil.
Y a pesar de todo, sigue sin tener noticias de Chaya.
¿Está viva? ¿Muerta? ¿Fue Comercio? ¿Fue otro? ¿Un jao por, espoleado por la audacia de Jaidee? ¿Alguien dentro del Ministerio de Medio Ambiente? ¿Bhirombhakdi, irritado por la falta de protocolo de Jaidee? ¿Se pretendía que fuera un secuestro, o un asesinato? ¿Falleció luchando por escapar? ¿Continúa encerrada en la habitación de cemento de la fotografía, en algún rincón de la ciudad, sudando en alguna torre abandonada, esperando que él la rescate? ¿Alimenta su cadáver a los cheshires en cualquier callejón? ¿O flota acaso Chao Phraya abajo, pasto de las carpas boddhi rev 2.3 que con tanto éxito ha criado el ministerio? Solo tiene preguntas. Se asoma al abismo y grita, pero no obtiene ni siquiera la respuesta del eco.
De modo que ahora está sentado en un estéril kuti monacal, sito en los jardines del templo de Wat Bowonniwet, esperando a oír si el monasterio de Phra Kritipong piensa aceptar la tarea de redimirlo. Luce el blanco propio de los novicios. No puede vestirse de naranja. Ni ahora ni nunca. Él no es ningún monje. Cumple una penitencia especial. Sus ojos se fijan en las manchas de humedad rojizas de la pared, en los indicios de moho y podredumbre.
En una pared hay un árbol bo pintado. Sentado a su sombra, Buda busca la sabiduría.
Sufrimiento. Todo es sufrimiento. Jaidee contempla fijamente el árbol bo. Otra reliquia histórica. El ministerio ha preservado unos pocos por medios artificiales, los que no quedaron reducidos a astillas por la presión de los cerambicidos que procreaban en su interior; los escarabajos se entierran y eclosionan en los retorcidos troncos del bo hasta que surgen en desbandada, volando, y saltan a su siguiente víctima, y después a otra, y a otra…
Todo es transitorio. Ni siquiera los árboles bo son para siempre.
Jaidee se acaricia las cejas, tantea las pálidas medialunas sobre sus ojos, allí donde una vez tuvo pelo. Todavía no se ha acostumbrado a llevarlas rasuradas. Todo cambia. Levanta la cabeza hacia el bo y Buda.
«Estaba dormido. Todo este tiempo. Estaba dormido y no sabía nada.»
Pero ahora, mientras contempla la reliquia del árbol bo, algo cambia.
Nada dura eternamente. Un kuti es una celda. Esta celda es una prisión. Está sentado en la cárcel mientras los que se llevaron a Chaya continúan viviendo, bebiendo, riendo y acostándose con prostitutas. Nada es permanente. Esta es la principal enseñanza de Buda. Ni una carrera, ni una institución, ni una esposa, ni un árbol… Todo cambia; el cambio es la única verdad.
Alarga una mano hacia el dibujo y acaricia la pintura desportillada, preguntándose si el artista se habría valido de un árbol bo auténtico como modelo, si habría tenido la suerte de vivir cuando aún existían, o si habría tenido que recurrir a alguna foto. La copia de una copia.
Dentro de mil años, ¿sabrán siquiera que alguna vez hubo árboles bo? ¿Sabrán los bisnietos de Niwat y Surat que había otras higueras, todas ellas ya extintas? ¿Sabrán que había muchos, muchísimos árboles, de distintas variedades? No solo la teca de Gates o el plátano modificado de PurCal, sino también muchos otros.
«¿Entenderán que no fuimos lo bastante rápidos ni lo bastante inteligentes para salvarlos a todos? ¿Que tuvimos que elegir?»
Los grahamitas que predican en las calles de Bangkok hablan de la Santa Biblia y de las historias de salvación contenidas en ella. La historia del bodhisattva Noé, que salvó a todos los animales, árboles y flores en su gigantesca balsa de bambú y les ayudó a cruzar las aguas, con todos los restos del mundo apilados en su embarcación mientras buscaba una orilla. Pero ahora no hay ningún bodhisattva Noé. Solo está Phra Seub, que siente el dolor de la pérdida pero no puede hacer nada por detenerla, y los budas de barro blancos del Ministerio de Medio Ambiente, que contienen el crecimiento de las aguas por puro milagro.
El árbol bo se desdibuja. Jaidee nota las mejillas empapadas de lágrimas. Continúa mirándolo fijamente, igual que a Buda, en su postura de meditación. ¿Quién se iba a imaginar que los fabricantes de calorías atacarían a las higueras? ¿Quién se iba a imaginar que los árboles bo también sucumbirían? Los farang solo respetan el dinero. Se seca la cara. Pensar que algo puede durar eternamente es una estupidez. Quizá incluso el budismo sea transitorio.
Se pone en pie y se arrebuja en su hábito blanco de novicio. Hace un wai frente a la pintura desconchada de Buda bajo su árbol desaparecido.